En dos días de estadía en Mar del Plata pudimos ver casi una decena de filmes y asistir a encuentros que -más allá del protocolo que preside a estos eventos, en donde mucho se perderá con el tiempo- lograron imponer para la discusión, temas muy actuales. Por ejemplo, en charla con el actual director del Incaa, Lic. Jorge Alvarez, además de los temas candentes del cine argentino -como por ejemplo organizar los concursos más efectivamente-, se trató por primera vez algo que ya está logrado en muchos países, como es incorporar la figura de los cineclubes y de las salas de arte y ensayo como parte de la disciplina cinematográfica nacional.
Esto implicaría la posibilidad de tener un presupuesto destinado a la creación y estímulo de estas entidades, de nuevos públicos y también de una red alternativa de salas para proyectar un sector cada vez amplio de la producción mundial, que en estos momentos no llega a las carteleras.
También estuvimos en una reunión en donde unieron sus esfuerzos las editoras de video y los videoclubes para combatir la piratería, por un lado, y consolidar planes de trabajo en todo el país, por otro. En ella tuvo una destacada participación el empresario santafesino Luciano Carli, vinculado a los video clubes Cine Box y a la Cámara Argentina.
De menor a mayor. Totalmente descartable la chilena "Ningún lugar en ninguna parte", de José Luis Torres Leiva, un documental que sólo es unión de tomas y que motivó el éxodo masivo de la sala. La portuguesa en competencia "Alice" trata el tema de la desaparición de una niña y la búsqueda obsesiva que hace su padre. Reiterada, monocorde y pasada de metraje, el filme de Marco Martins no justifica estar en la competencia oficial. "Thumbsucker" del norteamericano Mike Mills es una comedia apenas soportable y sólo algunos golpes de humor la rescatan de una medianía total.
Dos filmes originales y para meditarlos, son la australiana "Look both ways", de Sarah Wat, que se ocupa de una estructura coral en donde a raíz de un accidente ferroviario (que se muestra, como otras secuencias, en dibujos animados), se cuenta la historia de los habitantes de la zona, centrados en una historia de amor entre un enfermo terminal y una muchacha solitaria. Es un filme potente, muy bien realizado y con llamativa calidez para unir la vida a la muerte, sin ser pesimista.
El otro es la china "So much rice" de Li Hongki, filme narrado casi integralmente en planos fijos, que hablan a partir de sólo tres personajes, de la soledad, la mujer y la justicia, sin demasiadas esperanzas.
Entre los platos fuertes y que pueden considerarse películas imperdibles, podemos empezar con la de Singapur "Quedate conmigo", de Eric Khoo, en donde también a ritmo coral pueden seguirse la vida de seres totalmente despojados de las ganas de vivir. De cómo encuentran la solidaridad humana y hasta vestigios de amor, es una tarea de alta poesía, muy conmovedora por momentos y todo vertido en un lenguaje despojado de efectos y concesiones, a la manera de un Bresson oriental.
Otra es una obra del francés Philippe Garrel, "Los amantes regulares", son tres horas en blanco y negro con una narración extremadamente dura y austera. Con una fotografía que acentúa contrastes y penumbras y que es una suerte de reflexivo recuerdo -tal vez homenaje- de los días del Mayo Francés y de la nueva ola, con planos que evocan a filmes emblemáticos de la época como "Vivir su vida", por ejemplo. Su protagonista es un joven que se niega a hacer el servicio militar, que cree en la revolución y termina extraviado en el mundo actual. Es para cinéfilos, pero una obra importante y para ver con mucha atención.
Lo mejor de lo visto es "La batalla del cielo", del mexicano Carlos Reygadas (el de "Japón"). Puede decirse que su segundo filme demuestra no sólo ser el mejor cineasta de ese país, sino que está entre los más destacados del planeta. Es imposible decir lo que este filme transmite en pocas líneas. Digamos simplemente que es una de las mayores aproximaciones al poder que ha dado el cine, que demuestra su capacidad de destrucción y que apunta sus dardos a las religiones y fuerzas armadas. Pero no lo hace de forma contestataria ni agresiva. Todo surge de la relación entre un pobre empleado del ejército (su misión es cerrar y abrir puertas) y una muchacha que lo acosa sexualmente y es la hija de un acaudalado señor, al cual nuestro protagonista sirve en sus horas libres.
El filme es estremecedor, revulsivo y perturbador. Empieza y termina con una fellatio. La primera, filmada con una frialdad clínica, nos muestra al hombre sin goce, con la posición rígida del subordinado. El segundo es para derrumbarnos definitivamente, ya que los muestra a ambos en disposición para la vida, pero cuando ya están muertos. Es sólo una licencia que se toma Reygadas para terminar un filme que dejó congelados a mil espectadores en su butaca. Para el que esto escribe fue una experiencia alucinante: terminé caminando en la costanera frente al mar. Pocos filmes impactan de esta manera. Y no es mérito sólo de Reygadas; sus actores merecen un monumento: Marcos Hernández, Anapola Mushkadiz y Bertha Ruiz.
85 mil espectadores
Transcurrida una semana del 21� Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, ya visitaron sus doce salas 85.681 espectadores, según informó el departamento de prensa del Festival. La Sala Auditórium se destaca con un promedio de 3.300 asistentes diarios (3238 el lunes y 3486 el martes). Por otra parte, las funciones del lunes 13 de la Sala Ambassador 1, contaron con 2485 concurrentes, transformándose en la segunda más concurrida en lo que va del Festival.
Finalmente, las cifras generales cierran con una asistencia total de 1588 personas el lunes 12, mientras que el martes 14 contó 14.266 espectadores.
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