Una pregunta sobre algo que no terminaba de entender fue el comienzo de esta nota para De Raíces y Abuelos. Ocurrió luego de haber tomado contacto con Inés Kainer, una santafesina que desde hace más de 20 años vive en Cuneo, Italia (ciudad hermanada con Santa Fe), que actualmente se dedica de manera profesional a escribir libros y artículos periodísticos sobre Latinoamérica.
Luego de la entrevista que le realicé el año pasado para la sección Perfiles de Nosotros -cuando estuvo de visita en su ciudad natal-, nos mantuvimos en comunicación a través del e-mail. Su dirección electrónica hacía referencia a su apellido con C, cuando lo había visto escrito con K. Por eso, mi pregunta apuntó a dilucidar esa intriga, de manera de publicar correctamente su apellido.
"Es con C y tiene su historia. En realidad era con K, que pasó a ser una C, gracias a la dictadura de Mussolini. Como ves, te cuento también un poco de mis antepasados, que eran austríacos", aclaró. Por ese motivo, invité a la escritora a que contara con su pluma particular la historia de su familia.
Fue así como, tiempo después, Inés se comunicó nuevamente conmigo para enviarme el relato por e-mail y, gracias a la colaboración de sus familiares santafesinos, entre ellos, Ana Chinlato y Néstor Spagna, completamos su escrito con las fotografías que ellos conservaban.
En relación con el texto, Inés aclaró que "encontrarás algunos italianismos, lo que es normal para una que hace tiempo escribe en italiano. Pero puedo decirte que lo escribí con el corazón y me dio mucho placer hacerlo". Obviamente, su larga residencia en aquel país europeo hizo que esta santafesina hable y escriba el castellano con muchos modismos y cierto acento italiano.
A continuación, transcribo su texto: "Tengo una doble condición: inmigrante y emigrada. La primera, una infancia en la cual no terminas de entender qué cosa eres, si argentina o italiana. Con nuestros padres y nuestros abuelos que no te dejaban pertenecer a esa tierra, conservando sus dialectos, sus costumbres, sus comidas y sus innumerables recuerdos.
"Durante la segunda condición, emigrada, hubo dificultades de nuevo. Aquí, los italianos, que si bien te aceptan, te recuerdan siempre que eres argentina, a pesar de la presencia de tus documentos que dicen ciudadana italiana a todos los efectos.
"En mi patria era la `gringuita' y en Italia soy la argentina. Mis recuerdos de allí son muy nítidos: mi infancia y mi adolescencia en una calle del barrio Barranquitas, donde los argentinos brillaban por su ausencia. Una calle de tierra, poblada de italianos, los más numerosos eran los friulanos, algunos vénetos y, de tanto en tanto, alguna casita habitada con los del sur, como calabreses y sicilianos.
"Por parte de mi padre no teníamos parientes, pero sí muchos paisanos amigos, que era como si lo fueran. En cambio, por parte de mi madre eran muchos: una familia con 11 hijos, 3 fallecidos de pequeños, que habrían sumado 14.
"El `nonno' llegó en 1861 con un pasaporte a nombre de Pedro Bottazzi, que decía `Nacido en Borgo San Donino, Reino del Piemonte". Por entonces, el Piemonte era muy extenso, de modo que nunca supimos el lugar exacto."
"En cuanto al apellido Bottazzi, fue escrito para los once hijos de acuerdo con el criterio del empleado del Registro Civil en el cual el niño nacía. Algunos resultaron Botassi, otros Botazi o simplemente Botasi. Por este motivo, llegados a adultos tuvieron muchas dificultades para lograr tener un apellido igual.
"Todo esto como consecuencia de que el `nonno' fuera maquinista del ferrocarril, trabajo que lo llevó a vivir en diversos pueblos de la provincia de Santa Fe y en modo diverso se escribieron los apellidos.
"La `nonna' era también italiana, friulana, nacida en la provincia de Udine. Se llamaba Benita, de apellido Marani, pero siempre sentí llamarla `la Bottazzi', ni siquiera con el apelativo de señora. Era feliz cuando se encontraba con mi padre, también friulano, de Gorizia, y podía hacer una buena chiacchierata (charla) en su dialecto.
"Sus 11 hijos (7 mujeres y 4 varones), por respeto a las reglas de entonces, se unieron en matrimonio con italianos, italianas o sus descendientes. Sólo una de las muchachas se rebeló, esposando a un argentino, un `nero', como ellos llamaban a quienes no tenían sangre italiana. Al `nonno' le costó muchos años olvidar la afrenta de mi valiente tía, que se mantuvo por mucho tiempo alejada de la familia hasta purgar su pecado.
"En el mundo que hoy vivimos, lleno de dificultades, parece mentira que el `nonno' haya podido criar tantos hijos en una pobreza tan digna, alimentarlos, mandarlos a la escuela y construirse una casa en barrio Candioti, donde vivieron siempre.
"La `nonna' fue seguramente la `directora' en esa orquesta de la vida que fue su familia, criando hijos honestos, trabajadores, los cuales -a nosotros, sus 23 nietos- transmitieron valores que, a la vez, estamos pasando a nuestros hijos. Era una mujer que amasaba el pan para toda la familia, que incluía a los ancianos bisabuelos viviendo con ellos, y `la Bottazzi' cocinaba todos los días para 15 personas."
"La historia de mi padre comienza en Argentina en 1925, cuando llegó cargado con ideas anárquicas e ilusiones, además de dos violines que, al principio, le permitieron ganarse la vida en el cine `Esperancino', acompañando las entonces películas mudas.
"En realidad, no aceptaba ser italiano. Siendo adolescente, la tragedia de la Primera Guerra Mundial le trajo como consecuencia su nacionalidad y su apellido cambiados, que en realidad era Kainer. Fue un trauma que nunca superó y le molestaba cuando sus amigos lo llamaban "Sclav" (esclavo).
"Terminado su período de músico a poco sueldo, entró a trabajar en el molino de Lupotti. Pasó, luego, al molino Marconetti, donde pudo demostrar su inteligencia cubriendo un alto puesto.
"Recuerdo que terminada la Guerra del '45, llegaron muchos italianos, esta vez muy mezclados, del norte y del sur, que consiguieron trabajo inmediatamente en esos dos molinos. Muchos de ellos no pudieron superar la nostalgia y regresaron nuevamente a Italia."
"Italia debe mucho a la Argentina en la recuperación de su economía. Cuando terminaron las dos grandes guerras, familias enteras reconstruyeron sus casas destruidas y, además, se alimentaban con el dinero que mandaban los inmigrantes. Mientras tanto, en la Argentina permanecían unidos por regiones. Fue así como nacieron en la década del '50 centros como el Friulano y el Piemontés.
"Allí se realizaban fiestas con sus comidas típicas, se bailaba y generalmente las muchachas encontraban marido (no fue mi caso), para felicidad de los padres por cuanto se preservaba la "especie". Eran muy solidarios entre sí y la desgracia de uno tocaba el corazón de todos. Luego, su amor a la tierra abandonada traía una cierta tristeza, que cargaba el emigrado para siempre.
"Mi padre -entre otros recuerdos- decía todos los años al llegar mayo: "Allá de nosotros están floreciendo los muguet'. La historia indefectiblemente se repite: yo aquí, en Italia, a la llegada de octubre, les digo a mis hijos: "En Santa Fe estarán floreciendo los jazmines". Si hasta me parece que siento su perfume..."
Por último, Inés agregó desde Italia: "Mi condición de inmigrante aquí no fue fácil. A pesar de que desde mi llegada contaba con la ciudadanía, tuve que hacer el mismo recorrido para realizarme como si fuera una extra-comunitaria. Así se denomina a los ciudadanos que no pertenecen a la Comunidad Europea. Por consiguiente, tenemos dificultades para alquilar una casa o para conseguir un puesto de trabajo, como cualquier extranjero. No obtuve del Estado italiano ninguna consideración especial, aun entrando en Italia al final del oscuro período de los desaparecidos en la Argentina. No me canso de repetir que a mi llegada a Italia habría deseado haber encontrado las puertas abiertas como las encontró mi padre cuando llegó a la Argentina".