"Y si no te gusta, andá a comer a la fonda", decía mi abuela, terminante (sinónimo de terminar antes), ante cualquier comentario o gesto suspicaz, hastiado o de despecho hacia su comida, por lo general, masiva, hipercalórica y contundente. Daba a entender a quien fuera, incluido el abuelo (que se llamaba a silencio y sorbía la sopa calladito), que acá, en esta mesa, en este "comedor" se comía "eso" y punto, y que si alguien pretendía otra cosa debía ir a la fonda (el nono después iba al fondo, pero eso es otra cosa) y pagar.
Se dejaba implícita, además, para "la fonda" la posibilidad de elegir que, obviamente, no permitía la monocarta de la abuela. Si era bacalao, era bacalao de entrada, de plato principal y de postre (no saben lo rico que es el flan de bacalao); si se mataba una gallina, gallina para todo el mundo.
La fonda famosa es, para el diccionario, un lugar de menor categoría que un hotel, donde de todas maneras se da hospedaje y comida.
Desde la fonda hasta el más caro y exclusivo de los restaurantes, hay una gama completa de propuestas. Muchos de los buenos restaurantes tienen cartas discriminadas: la de vinos, por un lado, entradas, platos principales, postres. No están en la mesa, sino que las trae, con pomposa ceremonia, el mozo.
En el interior, en los comedores de pueblo y en los paradores de la ruta, la carta o es un pizarrón a la entrada del local o es un rápido recitado del mozo-dueño-cocinero-carta (todo en uno), que te descerraja los tres o cuatro platos de la casa o del día y decidite rapidito hermano, que acá estamos laburando. Hay milanesa, hay pollo o hay ravioles, esto es, un grado más de oferta que la abuela, e igual contundencia general.
No sé si habrán visto que, conforme sube la categoría del comedor y de las exquisitas y hasta excéntricas comidas ofrecidas, disminuye el tamaño de la porción. En el campo, te debo la carta, pero el plato "elegido" es generoso y no tienen problemas en traerte un poco más si te quedaste con hambre.
En el caso del pizarrón, el mismo mozo-dueño-cocinero-carta escribe, incluso, a veces sin errores, que hay puchero y vale tanto; por lo general, bastante menos que en la ciudad. Es decir: no vas a comer cosas raras (ni vengas acá, agrandado, a pedir estupideces), pero vas a comer bien, y barato.
Como el mozo está también en la cocina (donde lo ayudan su mujer o sus hijos), el señor no está para sutilezas, y con una rejilla de dudosa limpieza te repasa el hule tirando las migas impiadosamente al piso, mientras te recita lo que podés comer. Acepta una variación: la carne al horno puede ir en efecto con puré o ensalada (no vas a pedir rúcula porque te doy un schiafo mirá) de lechuga y tomate en vez de papas fritas (esas papas grandotes cuyos bastones parecen troncos...), pero no vengás con muchas dudas o vacilaciones, porque acá se viene a comer.
Así que, en vez del armonioso oficio de un mozo de los buenos (esos que están en todos los detalles y que te llenan la copa sin que vos te des cuenta), vos tenés el rudimentario y primitivo accionar del dueño de la casa.
A la hora de los postres, en vez de crumble de peras con crema de cafloutis, tenés dulce de batata con queso, flan casero y budín de pan (se puede agregar dulce de leche), y también batata con queso, flan casero y budín de pan.
Quienes están en el rubro gastronómico dicen que es difícil a veces sostener una carta variada si no hay tanta demanda. Vos podés ofrecer ranas, pero, si en todo el mes te piden una sola ranita para probar... En los comedores de pueblo, no tenés cuarenta platos para elegir, pero los tres que te dan ese día son frescos, de buena calidad y abundantes raciones.
Y así llegamos a los postres, a la amable charla de sobremesa con el mozo-dueño-cocinero-carta más distendido; el tipo nos trae un palillero para que procedamos a la delicada tarea de escarbarnos los restos de uno de los tres platos de entre los dientes. Traiga la cuenta nomás, amigo. Y buen provecho para todo el mundo.