A los argentinos y en particular a los santafesinos nos gusta ir de banquina en banquina y pocas veces en la senda correcta. Los vaivenes son emocionantes pero tienen sus consecuencias sobre la vida cotidiana.
Ejemplos sobran todos los días. La tragedia de Cromagnon desató una persecución de inspectores de todo tipo por boliches y lugares dedicados al espectáculo, muchos de los cuales fueron clausurados, cerrados u obligados a cambiar medidas de seguridad para permitir su habilitación. Un año y varios meses después la vida en los boliches parece haberse normalizado.
En materia de tránsito, vamos a la cabeza en el número de muertos anuales, y tras cada accidente de magnitud escuchamos al coro de funcionarios prometer extremar los controles de velocidad, alcoholemia, condiciones de vehículos, etc., etc. Sin embargo, en la ciudad, los responsables de todo parecen ser los ciclistas, los que son detenidos durante varias horas por la Justicia. Al lado de las faltas de los ciclistas pasan autos sin chapas, sin luces, tres o cuatro personas subidas a un ciclomotor y patrulleros doblando en contramano, con la excusa de llegar en forma inmediata a un operativo.
La violencia en el fútbol también es motivo de estas contradicciones donde detrás de cada muerte un coro de dirigentes se rasga las vestiduras y asegura no tener nada que ver con los barrabravas que protagonizaron los hechos de violencia. Esos mismos son los que después ayudarán a ese dirigente a permanecer al frente de su querido club.
Y así los ejemplos siguen. La ley establece 180 días de clases como mínimo en todo el país, pero en aquellas provincias donde hubo muchos paros, autoridades y docentes dicen haber cumplido los objetivos y con la excusa del calor las clases se terminan en la fecha prevista a principios de año.
La Argentina y Santa Fe prometen, como éstas, emociones a granel; sólo habrá que esperar un hecho que nos sacuda y entonces iremos de banquina en banquina, como siempre, perdiendo la buena senda.