ANOTACIONES AL MARGEN
En la hoguera de las vanidades
Por Estanislao Giménez Corte

"... sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita...." (Jorge Luis Borges) (*)

I

Allí, en la feria, como en el "cambalache discepoliano", como en el paseo nefasto de los comerciantes del templo, como en un parnaso (1) de varia especie donde abundan amateurs de escaso pudor y algunos pocos ilustres, se expone desvergonzadamente la industria, esa faceta de la economía en la que ha devenido en parte el objeto más determinante de nuestra cultura y de nuestra psicología, influencia de influencias de generaciones y generaciones sobre la forma en que nos educamos, hablamos e incluso entendemos el mundo (hasta la llegada de la TV y los medios electrónicos, al menos): el libro.

Miles, cientos de miles, recorrerán el antro enorme, ruidoso y multitudinario como quien visita un centro mercantil. La abrumadora mayoría desbordará los pasillos, conversará animadamente, comerá y beberá con fruición, hundirá sus manos -como nunca- entre solapas, sinopsis desafortunadas, rectángulos de tapas duras y blandas y mesas por rubro. Paseará ojos anodinos entre géneros devengados de extrañas construcciones, que quizás harían acelerar la respiración de los literatos de mitad de siglo, como "novela histórica", libros de "autoayuda", volúmenes dedicados a la compilación de "aforismos por temas" y consejos sobre "cómo ganar amigos". De los cientos de miles, muchos comprarán volúmenes; muchos menos los leerán; otros muchos harán lo propio pero sólo en partes o seleccionando aleatoriamente algunos fragmentos. Finalmente, habrá quienes apilarán lo adquirido en algún sitio y ya.

Una minoría silenciosa asistirá arrastrada por presencias de intelectuales y escribas; acaso sólo ellos habrán de notar que en ese evento magnánimo e hiperdifundido se puede hacer casi de todo, menos lo más importante, que es leer.

II

Si uno logra abstraerse en ese desfile incesante, que básicamente genera cansancio, podrá percibir, lejanamente, en el resoplar de las páginas que conforma una inalterable música de fondo, la convivencia algo forzada entre arribistas, compiladores, famosos seducidos por las editoriales para publicar, torpes muchachotes y hombres grandes que han llegado a la literatura por una serie de inconfesables accidentes, y los que -detrás de las luces, por fuera del centro del predio, últimos en la pila de ediciones, primeros en la de saldos-, a un lado de los autores canónicos, tímidamente asoman en ediciones independientes o esforzados impresos.

Son los que, desde un anonimato de momento, lentísimamente, palabra a palabra, a fuerza de madrugadas insomnes, estudios de estilo, trabajos de corrección interminables, hondísimo respeto por la letra de molde, construyen una carrera de escritor real. Ellos, los escritores que vienen detrás de los famosos de turno, de los autores consagrados, de los mimados de los medios, de las listas de los más vendidos, hurtan su pequeño sitio en los márgenes de las mesas y desde allí resisten el abismo del desconocimiento. Ellos no hacen la feria -esa gran hoguera de vanidades-, apenas literatura; ellos no son conocidos, sólo (nada menos) hacen literatura. Ellos, los inexistentes, se puede arriesgar, son los que van a pervivir y trascender y conmocionar a los lectores atentos, cuando se acallen las histéricas voces de la gran muestra, esas que pretenden impedirnos seguir creyendo que el hecho de la escritura debería concebirse casi como un acto sagrado.

(*) "La Biblioteca de Babel". En "Ficciones" (Emecé, Buenos Aires. 9° edición, 1968).(1) Templo de las Artes.[email protected]