Paradojas de la realidad latinoamericana
La historia suele presentar paradojas que merecen estudiarse con detenimiento. Tanto es así que no pocos historiadores postulan que la historia es el estudio de las paradojas que provocan el desarrollo de los acontecimientos. Estas consideraciones vienen a cuento porque en América latina se ha instalado, o se está instalando, una paradoja que los principales politólogos y analistas intentan explicar: se trata del crecimiento de la conflictividad entre naciones sudamericanas en una coyuntura histórica en la que la presencia de los Estados Unidos de Norteamérica es más débil.
Durante el siglo XX, las desgracias de América latina fueron atribuidas al imperio del norte. La llamada "política del garrote" fue la expresión de esa estrategia a través de la cual los gobiernos yanquis controlaban lo que se consideraba su "patio trasero".
Concluida la Segunda Guerra Mundial, afianzado el liderazgo norteamericano en el mundo y abierto el escenario de la Guerra Fría, esta tendencia a encontrar en los EE.UU. al gran responsable de las miserias latinoamericanas se profundizó, con el agravante de las luchas ideológicas y las intervenciones militares en nombre de la seguridad nacional o, lisa y llanamente, de la lucha contra el comunismo.
Está claro que las naciones de América latina tenían buenos argumentos para criticar las gestiones estadounidenses. Los esfuerzos de algunos presidentes -Frondizi, por ejemplo- por tratar de encontrar caminos de entendimiento que redujeran la beligerancia y favorecieran las condiciones del desarrollo fracasaron, asediadas por el militarismo, la ceguera política y cierta prepotencia imperial.
Ya se sabe, de todos modos, que una verdad a medias suele ser, en más de un caso, una mentira a medias. No es que no hubiese motivos para criticar la estrategia de gran potencia de las administraciones estadounidenses, pero el error fue creer que todas las desgracias que llovían sobre estas tierras provenían de factores externos.
Al diagnóstico equivocado, en este caso, se sumaban la irresponsabilidad y la impotencia de las clases dirigentes locales para asumir los desafíos internos o para establecer estrategias regionales que permitieran multiplicar las posibilidades de desarrollo.
Por razones históricas, EE.UU. no presiona hoy sobre los países latinoamericanos. Los problemas en el Golfo o en Oriente Medio han abierto una brecha respecto de América latina que ha reducido estos niveles de dependencia. Por otra parte, el fin de la Guerra Fría deslegitima cualquier descalificación a gobiernos de centro izquierda que se propongan cierto desarrollo nacional de signo populista.
En los últimos años, gobiernos de centro izquierda, en variante populista o moderna, han llegado al poder. Sin embargo, lo que debería haber fortalecido lo que viejos historiadores calificaban como el sueño bolivariano ha generado -y aquí esta la paradoja- una serie de conflictos regionales entre gobiernos que supuestamente deberían ser solidarios.
Es verdad que este proceso recién se inicia como para establecer conclusiones apresuradas. Pero los síntomas son inequívocos y habrá que seguir con atención el desarrollo de los acontecimientos.