Antonio Tarcitar
Dejó como legado más de 150 cuentos y 36 novelas de ciencia ficción (con varios títulos ineludibles no sólo para la historia de ese género), 14 novelas realistas, 3 libros de ensayo y un extenso diario inédito. Lo tildaron de "visionario", de "metafísico naf", de loco mesiánico. Se llamó Philip Kindred Dick y su vida fue vertiginosa y breve; nació en 1928 y murió a los 54 años. Esa obra y esa vida están contadas magistralmente en "Idios Kosmos. Claves para una biografía de Philip K. Dick", que acaba de publicar Cántaro en versión completa y definitiva. Su autor es Pablo Capanna, un argentino (nacido en Italia) vanguardista en la difusión y crítica en nuestra lengua de la ciencia ficción de calidad.
Quizás la feliz versión cinematográfica de "Blade Runner", dirigida por R. Scott -y "Total Recall", de Verhoeven; "Minority Report", de Spielberg, y "Screamers", de Duguay-, sirvieron para llevar la fama de Dick más allá del círculo de iniciados que le era fiel desde hacía ya tiempo.
Estuvo directamente ligado al mundo contracultural de la década del '60, con su vitalidad exuberante y su inmersión sin rémoras en cualquier experiencia profunda que se le ofreciera a su radio de presencia. Sus autores más amados fueron los "realistas" franceses: Flaubert, Proust, Stendhal, y trató de unirse a esa hueste con sus primeras novelas, pero enseguida encontró un campo marginal en el que podría cultivar con más libertad todas sus inquietudes, la ciencia ficción. "Dos grandes preguntas lo persiguieron a lo largo de toda su vida: `¿Qué es real?' (¿hay una realidad objetiva fuera de la mente?) y `¿Qué significa ser humano?': ¿qué es lo que nos distingue de las máquinas y otros simulacros?", sintetiza Capanna.
Siempre había sido enfermizo, desde pequeño. Tuvo una hermana gemela, pero la madre no supo cuidarlos y, un mes y medio más tarde, los niños estaban raquíticos y a punto de expirar por inanición. Los llevaron al hospital para ponerlos en una incubadora; sin embargo, la hermanita murió a los pocos días. No tuvo buena relación ni con el padre (sus fans recordarán, sin duda, uno de sus más famosos cuentos, "The Father Thing", "El padre cosa") ni con la madre, ni encontró su lugar en la universidad, pero tuvo la suerte de dar con el escritor Anthony Boucher, que lo encaminó hacia la ciencia ficción. En 1948 se casó por primera vez (lo haría numerosas veces y algunas rupturas fueron violentas, hasta espeluznantes). Tomaba en forma habitual remedios para su taquicardia y alguien le recetó tempranamente anfetamina, suponiendo que le serviría para sus depresiones; lo ató así a una esclavitud que no lo abandonaría nunca y a la que sumaría más tarde el alcohol. "Entre 1964 y 1967, siguiendo la moda, tuvo algunas experiencias con alucinógenos, aunque en total llegó a a probar LSD apenas dos o tres veces. `Todas las cosas horribles que había escrito parecían hacerse realidad por obra del ácido -escribió luego-. Era un paisaje congelado, donde tras enormes peñascos se oía un sordo latido. Era el Día de la Ira, y Dios estaba juzgándome como un pecador"'.
Siempre se habló de él como de un escritor dominado por preocupaciones metafísicas y religiosas. Capanna aclara: "`Metafísicas', en cuanto especula sobre el fundamento último de la realidad, y `religiosas' porque aspira a comunicarse con la entidad que constituye ese fundamento".
Uno de los principios con el que Dick nutrió décadas de fantasías en la ciencia ficción fue el de entropía, un término proveniente de la segunda ley de la termodinámica, que ya Jung había utilizado para referirse a la degradación de la "energía psíquica". "Si el universo fuera un sistema cerrado, cabe suponer que funcionaría como una máquina que transforma energía en trabajo. En este proceso es físicamente inevitable que parte de la energía se pierda, disipándose en forma de calor. Más allá de todos los esfuerzos que hace la vida por vencer a la entropía, el fin de todos los procesos físicos sería, en definitiva, la `muerte térmica' del universo". Como todo escritor de ciencia ficción, Dick apelaba a un discurso seudocientífico y seudotecnológico; no decía "espíritu" ni "alma", sino "cerebro", y a la "corrupción" le dio el nombre de "entropía". Un término que le servirá para canalizar sus terrores, sus ataques psicóticos y sus delirios de hecatombes.
Capanna nos recuerda las recurrentes visiones infernales presentes en las narraciones de Dick. En "Gestarescala" se nos habla de un mundo sumergido que es "un lugar de cosas muertas, donde todo se pudre y cae en la ruina y la desesperanza. Es un mundo en sí mismo, totalmente diferente del nuestro, con sus propias leyes malditas, bajo las cuales todo debe transformarse en basura. Un mundo dominado por la fuerza inexorable de la degradación entrópica energética".
Dick se preguntaba a menudo: "Si Dios desapareciera, ¿de qué manera cambiaría mi experiencia de la realidad?". El libro de Capanna incluye un apéndice en el que figura "una breve sinopsis para una novela ambientada en un mundo alternativo, `Los hechos de Pablo"'. Pablo de Tarso no ha tenido su experiencia de conversión en el camino a Damasco; no se convierte, sigue persiguiendo al cristianismo y nunca escribe sus epístolas, sino que deja un canon de textos anticristianos. Ése genera un mundo alternativo en el que el cristianismo ha desaparecido. Pero el maniqueísmo que lo ha suplantado descubre en sí mismo un vacío que sólo los cristianos ocultos pueden llenar. El narrador ingresa en un ordenador el Cuarto Evangelio que ha logrado rescatar y pide al ordenador que lo imprima en sus terminales de todo el mundo.