Rogelio Alaniz
Alan García es presidente gracias al voto del pueblo peruano, pero fundamentalmente gracias a la impericia de los familiares de Humala que dijeron al pie de la letra lo que García necesitaba que digan durante la campaña electoral. También debería darle las gracias a Hugo Chávez, quien con su habitual torpeza hizo todo lo posible para que los peruanos entiendan que votar por García era, más que una opción política, un tema de orgullo nacional. Por último debería reconocer a la derecha peruana que, espantada por una posible dictadura populista liderada por Humala, decidió votar por García, "tapándose la nariz".
A García no le fue fácil llegar por segunda vez al palacio de Miraflores, pero mucho menos fácil le será gobernar tensionado por las demandas de paz y orden social de los sectores moderados y conservadores y las exigencias distributivas que, seguramente, serán estimuladas por los seguidores del candidato derrotado este domingo.
García ha reiterado hasta el cansancio que aprendió de la experiencia de 1985 y que no quiere ser recordado en el futuro como el presidente que se equivocó dos veces. Como declaración de principios, el enunciado es correcto, pero en estos temas serán los datos de la realidad, y no las palabras cargadas de promesas, los que darán el veredicto definitivo.
El flamante presidente sabe que los problemas que resolvió mal en 1985 no son los que debe resolver bien ahora. Por lo tanto, su experiencia como presidente es valiosa, porque siempre una experiencia de ese tipo algo enseña, pero para gestionar bien este gobierno no alcanza con hacer exactamente lo contrario de lo que hizo en 1985.
Alan García fue el presidente más joven de Perú, el primer presidente que logra instalar en el poder el Apra, el partido fundado por el mítico Víctor Manuel Haya de la Torre y, junto con Belaúnde de Terry, fue elegido dos veces para la máxima responsabilidad a través de elecciones democráticas.
García tiene 56 años, está casado con una argentina y los que lo conocen dicen que es muy inteligente. Haya de la Torre lo designó en su momento como su delfín lo hizo estudiar en Europa y para 1978 ya era el líder indiscutido del Apra.
Ninguno de esos atributos personales le impidió gobernar mal. Algunos izquierdistas en la Argentina decían en 1986, para hacerlo enojar a Alfonsín: "Patria mía, dame un presidente como Alan García", ponderando la supuesta firmeza del mandatario para negociar la deuda externa. Un año más tarde la consigna desapareció porque Perú era un infierno asolado por la corrupción, la guerrilla y la corrupción. Y García el presidente más desprestigiado del continente.
Regresar a Miraflores no fue sencillo; gobernar en las actuales circunstancias tampoco lo será. Él sabe que ganó las elecciones porque un sector mayoritario de sus votantes decidió respaldarlo no por sus méritos sino por miedo a Humala. También sabe que en Perú la pobreza supera el cincuenta por ciento de la población y que las demandas por una mejor distribución de la riqueza es lo que explica que dos candidatos; un populista democrático y un populista autoritario compitan en una segunda vuelta postergando para un futuro impreciso las ambiciones de Lourdes Flores de instalar en Perú una economía de mercado o algo parecido.
El tema central en Perú, como en la gran mayoría de los países latinoamericanos, es la pobreza. El diagnóstico es aceptado por todos, hasta por Vargas Llosa, pero en donde las diferencias se hacen insalvables es a la hora de prescribir las soluciones. Alejandro Toledo, el presidente que le entregará los atributos del poder a García, deja una economía ordenada, con un buen nivel de reservas e índices mínimos de inflación. Todos aceptan que el "Indio" Toledo fue prolijo con las cuentas, pero la pobreza en cinco años sólo se redujo en dos puntos.
En este punto, los cálculos matemáticos no fallan: a ese ritmo de "derrame", Perú resolvería el tema social dentro de 125 años, siempre y cuando no haya nuevos tropiezos. Es por eso que se entiende que una amplia mayoría de peruanos crea que por camino del populismo pueda ser posible empezar a solucionar el drama del hambre, el analfabetismo y la desocupación. �Están equivocados? Es posible, pero para nadie será fácil sacarlos de ese error en nombre de la ciencia económica o invocando la paciencia.
Se sabe que han sido los fracasos de las políticas pretendidamente liberales las que han abierto las puertas del poder a Morales en Bolivia o a Chávez en Venezuela. Perú estuvo a punto de elegir a Ollanta Humala y su popularidad se explica por su condición de candidato extrasistema y sus promesas de nacionalizar la economía, enfrentar al establishment y repartir con más equidad la riqueza.
El precio a pagar por estos supuestos beneficios habría sido, por lo menos así parece que lo creyó la mayoría, perder las libertades, aislar a Perú del concierto internacional sin disponer, como Venezuela, del petróleo como factor de riqueza y de negociación con el imperio.
Con todo, Humala le ganó a García en la primera vuelta por casi un millón de votos. Perdió en la segunda vuelta, pero obtuvo el 43 por ciento de los votos, que son suyos, no prestados; dispone de la bancada parlamentaria más fuerte en el parlamento y se propone, para las próximas elecciones municipales ganar las principales ciudades.
Humala se prepara para ser el nuevo Evo Morales del Perú. Su estrategia apuntará a demostrar que García es incapaz de asegurar la gobernabilidad y dentro de cinco años, y tal vez antes, el poder le caerá en sus manos como una fruta madura. Humala está convencido de que García es un presidente de transición, un presidente que llega al poder con votos prestados que se evaporarán en la primera emergencia.
Alan García no desconoce estas especulaciones, es más, ha prometido privilegiar la cuestión social, pero, como decía un político argentino: "una cosa es prometer y otra realizar". Por último, se sabe que existe otro candidato para Perú, que también tuvo que abandonar el país desprestigiado como García, que estuvo preso y no puede volver a Perú por las causas judiciales abiertas y que, a pesar de tantas críticas, sigue despertando expectativas en el electorado. El caballero se llama Alberto Fujimori, está en Chile siguiendo con atención los acontecimientos y sigue creyendo que él puede ser la síntesis entre populismo y derecha liberal.