Al margen de la crónica
Lo cortés no quita lo valiente

En Argentina el fútbol es omnipresente. Resulta muy difícil encontrar una actividad, cualquiera, la que usted elija, que no tenga algún tipo de relación, un contacto mínimo, con el deporte más popular de la Argentina, al decir de los periodistas deportivos, que por estas horas desembarcaron en Alemania.

Por esa razón debe haber pocas cosas que nos muestren tan fielmente como somos. Y da gusto ver que hoy no somos lo que mostramos en los mundiales de Francia 1998 y Corea-Japón 2002, comportamientos desgraciados productos de un técnico por entonces paranoico, con una tragedia personal que no se le desea ni al peor enemigo, en el primero de los casos, y otro desequilibrado emocional que se hacía el loco para pasarla bien y cuyo resultado es uno de los fracasos más estruendosos de la historia del fútbol argentino.

Da gusto, entonces, ver a la selección de Peckerman entrenando con 4.000 personas en un pueblo alemán, sin problemas de ningún tipo para atender al ejército de periodistas, sin misterios, con una amabilidad propia de personas educadas, con jugadores que demuestran su agradecimiento a cada paso, hablando bien, firmando autógrafos, sin necesidad de concentraciones monacales ni coberturas negras para tapar misterios que el fútbol no tiene.

Más allá de cómo le vaya a la selección en el mundial, los resultados a veces son injustos, Riquelme, Messi y compañía seguro que nos habrán hecho quedar bien, como un pueblo educado, y no en una banda de mercaderes prósperos sin alma.

No es que uno pida que lean al Quijote en la concentración, aunque podrían hacerlo sin problemas porque es un libro hermoso y, en estos tiempos, son muchos los jugadores de fútbol, sobre todo europeos, que en los últimos tiempos han pasado por distintas universidades después de retirarse.

Lo único que pedimos es que más allá de que salga o no una pared los jugadores nos hagan quedar como un pueblo educado, amable, respetuosos de las costumbres propias y ajenas, aunque desde hace años nuestros dirigentes estén empeñados en destruir la educación. Pero ese es motivo de otra columna.