Al margen de la crónica
La importancia de un cajero

En las ciudades de Santa Fe y Rosario, como en otras, un cajero automático más o menos quizá pase desapercibido. Pero hay pueblos que no tienen ninguno y que creen que la instalación de un equipamiento de este tipo podría significar un vuelco fundamental en sus propias economías reducidas.

La ruta provincial número 2 es un claro ejemplo, en ese tramo que casi se queda sin agricultura entre San Cristóbal y Logroño.

Hay pueblos, como Huanqueros, que realizan casi toda su operatoria comercial en San Cristóbal, así como Logroño, por ejemplo, se dirige a Tostado.

En esos pueblos no sólo razonan que el cajero sería una solución a los costos de traslado y al fastidio de tener que ir a pagar impuestos. Están convencidos, además, que sus propios comercios mejorarían mucho su facturación de tener un cajero allí.

Es que hasta el personal de las estancias hoy cobra sus salarios a través de esta vía, porque sus empresas están bancarizadas.

El jefe comunal de Logroño estima que, de los salarios que se cobran en su comunidad, casi el 80 % se consume o utiliza en negocios de Tostado y ésa es plata que no vuelve.

Encima, muchos de esos pueblos, cuyas comunas cobran una tasa por hectárea, no tienen en sus ejidos urbanos afincados a los dueños de los campos. Por lo tanto, la renta empresaria no se vuelca allí y, con un cajero en ciudades más fuertes, tampoco lo hace el grueso de la renta del trabajador.

Los bancos se las han ingeniado para tener un fuerte despliegue de sucursales por toda la provincia y muchos pueblos pequeños hoy tienen hasta un edificio destinado a la intermediación entre el ahorro y la inversión.

Pero de todas formas, es común escuchar a los presidentes comunales de estos pueblos reducidos que la gestión por un cajero automático, el que todavía no tienen, ocupa un lugar preponderante.