Elecciones en Bolivia

El presidente de Bolivia, Evo Morales, se impuso en las elecciones destinadas a elegir diputados constituyentes, realizadas el fin de semana pasado. Según las informaciones, el oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), obtuvo alrededor del cincuenta por ciento de los votos, siendo el partido más votado.

En condiciones normales, en un país desarrollado y estable, estos resultados serían muy satisfactorios para el oficialismo, pero atendiendo a las condiciones sociales y políticas de Bolivia, es muy dudoso que el gobierno de Evo Morales esté satisfecho por el dictamen de las urnas. Por el contrario, y de acuerdo con las declaraciones de algunos dirigentes y las opiniones de los comunicadores sociales, los comicios demostraron que Morales es una primera minoría consolidada, pero está muy lejos de contar con un nivel de adhesión abrumadoramente mayoritario.

Operadores del oficialismo suponían que obtendrían más del setenta por ciento de los votos, un nivel de representación que le permitiría promover los cambios que Morales considera indispensables para seguir gobernando. En algunas regiones de mayoría quechua y aymará, esta adhesión fue lograda; pero en las provincias con otra composición étnica, que son las más ricas, como el caso de Santa Cruz, los que se impusieron fueron los sectores favorables a una mayor autonomía política del poder central y, en algunos casos, abiertamente secesionistas.

Con estos resultados, a Morales no le queda otra alternativa que negociar y anudar acuerdos con la oposición. Las fantasías hegemónicas se estrellaron contra los datos contundentes de una realidad heterogénea y plural. Mientras desde las economías regionales se consolidan centros de poder con capacidad para discutirle al presidente el proyecto de país que se quiere definir, los sectores izquierdistas, minoritarios pero activos, no vacilan en acusar a Morales de las peores capitulaciones porque no se decide a emprender el camino de la revolución social.

Sería de todos modos injusto reclamarle al presidente que en pocos meses resuelva los dramas de la pobreza y la miseria material y espiritual que Bolivia viene soportando desde hace dos siglos. Por otra parte, los opositores deberían hacerse cargo de su responsabilidad sin olvidar que la llegada de Morales al poder fue la consecuencia de los sucesivos fracasos de los gobiernos llamados "blancos".

En todo caso, lo que la realidad le está enseñando a unos y otros es que las estructuras del atraso no se corrigen a golpes de voluntarismo y, mucho menos, desde el exclusivo discurso indigenista. La nación boliviana es de todos y la posibilidad de superar la crisis debe nacer de los grandes acuerdos y no del sectarismo o la conspiración facciosa.

La situación en la actual coyuntura es compleja porque las aspiraciones secesionistas siguen creciendo, mientras desde el poder se consolida la ideología indigenista que expresa a los sectores del Altiplano, pero excluye a importantes capas sociales que, además de su número, son creadores de riqueza y no están dispuestos a seguir subsidiando con sus impuestos el atraso y la incompetencia.