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"Sus primeros retratos, con ese aire provinciano que evocan largas siestas, charlas bohemias, sueños de lograr éxitos por medio del deporte o los desfiles de modas -se trate de su Santa Fe natal o de San Antonio de los Baños-, están teñidos de nostalgia e inocencia. Cuando comienza su desborde, influido por el pop, aparece su humor y de alguna manera muestra su auténtico conocimiento -por su real inserción- del mundo cultural que lo rodea e invade", observa Sara Facio, de la muestra fotográfica que se impone en el Museo Nacional de Bellas Artes. "Hoy no es ayer" se llama y confronta los primeros retratos del fotógrafo santafesino e internacional Marcos López realizados en blanco y negro, con las tomas actuales escenificadas a todo color.
A pesar de lo que dicen las imágenes, a la distancia surgen numerosas preguntas: �De qué se trata la muestra? �Confronta el blanco y negro con el color, el aficionado con el artista, el provinciano con el internacional? �Cómo mira el artista o protagonista esta confrontación? �Cuál sería la foto de Marcos López que sintetiza la muestra? �Qué es lo que desde siempre dice Marcos López?
El artista resuelve contestarlas con las palabras de la fotógrafa internacional Sara Facio, curadora de la muestra:
"La obra de Marcos López nos lleva a reflexionar sobre el tema candente de la fotografía actual. La oposición entre fotografía directa y fotografía escenificada. Así como la primera definición es un registro de algo que ha sucedido, en la segunda se pone en escena y se recrea una situación tomando elementos de otras disciplinas, en este caso, del cine...
"Marcos López hizo el trayecto correcto. Su obra es paradigmática por cuanto ha realizado en pocos años con una capacidad de adaptación notable, el tránsito de una forma a la otra, sin perder su esencia. Su vinculación real con los medios contemporáneos, como la publicidad, la moda, el diseño, el cómic, la televisión, hizo que esa adaptación fuera natural. No una exigencia trabajosa por estar a la moda, sino una transición dentro de su estilo único".
Facio acentúa también los cambios en lo técnico: "adaptación al nuevo status fotográfico -por el que accedió a galerías de arte y museos- de los tamaños desmesurados, el uso de las cámaras de gran formato y lenta ejecución, o las copias digitales. La técnica de Marcos López se va transformando en meticulosa y cuidada en los aspectos formales.
"Una nueva faceta de la creación de ML es la apropiación de situaciones de las artes visuales o de la literatura clásica de diferentes tiempos. De Rembrandt a Álvarez Bravo; de Frida Kahlo a Hans Christian Andersen, son muchos los artistas que caen bajo su lupa y son revitalizados por medio de valores de una sociedad actual, decididamente kitsch.
"Hoy como ayer, sus imágenes son retratos y, si bien hoy no es ayer -como dice la poeta- la sonrisa que nos provoca esa aparente inocencia no deja de molestarnos. Nos señala, más allá de la superficie, que algo no está del todo bien. O que algo huele mal en Dinamarca".
Ya en el '93 la creadora había hablado del autor y su obra "Retratos", resaltando su timidez, frescura y fantasía, y también el temperamento alejado de toda premura: "Está acostumbrado a meditar, a elaborar. Se toma su tiempo. Construye la imagen mucho antes que la toma", decía.
"Hoy no es ayer" sirvió de marco para presentar la segunda edición del libro de autor "Retratos", que recorre -precisamente- los primeros retratos en blanco y negro (por Azotea Editorial Fotográfica, con selección y prólogo de Sara Facio).
"La rigidez de la pose y la expresión de las miradas constituyen un hilo conductor en toda la obra. Las imágenes guardan una serenidad pueblerina, carecen de la menor carga agresiva", sostiene Facio en el prólogo del primer libro.
Las fotografías actuales están plagadas de color, absurdo e ironía. Ahí, "en los ensayos sociopolíticos de la realidad" que se exponen, hay humor... y también dolor.
por Marcos López (*)
Es inevitable caer en la melancolía cuando reflexiono acerca de mi relación con la fotografía. Me confundo si estos sentimientos pertenecen a mi estructura emocional básica (yo mismo, digamos) o tienen que ver con la fotografía. Algo así como ese dicho de la gallina y el huevo. Hay un estereotipo, frases hechas que se dicen cuando se trata de definir las particularidades del hecho fotográfico. Llego a la conclusión de que los lugares comunes son ciertos: el paso del tiempo, la imagen que vale mil palabras, lo casual, la estética del hallazgo, la realidad como fuente poética, los recuerdos. La ausencia como una de las caras de la muerte.
Me invade una sucesión de paisajes brumosos. Todo transcurre en Santa Fe y siempre es invierno. Mucha humedad. Frío. La calle San Martín. La laguna, que en días de tormenta se parece al mar. Saca valor de no sé dónde, y golpea contra el murallón de la costanera con olas enormes que explotan y se mezclan con la llovizna. El puente nuevo, el que va a Paraná. Tan horrible y tan impersonal. Tan suicida.
�Dónde estaban estos sentimientos en mi adolescencia, en mi juventud, cuando trataba de bailar en las discotecas, de hacer deportes, de estudiar? �Trataba de adaptarme o disimular?
Entonces, en ese ir y venir entre la nada y el kiosco de la esquina, un domingo a la tarde, medio atontado de tanta siesta y programas de preguntas y respuestas por la televisión, apareció por suerte la fotografía. Me agarré a la cámara como huérfano a la pollera de una monja. No la solté más.
Ahora, la verdad, estoy un poco saturado del exceso digital, de la presión que implica estar inserto en el "circuito" del arte contemporáneo, y más escéptico que de costumbre. Me dan ganas de retirarme a tiempo, como los boxeadores.
No sé por qué, pero siempre que veo un músico por la calle que lleva un instrumento grande, pesado, me pregunto por qué eligió ése y no otro. Un clarinete, un violín, algo más cómodo. Lo asocio a por qué elegí yo la fotografía y no tengo respuesta. Tal vez por eso del hobbie, de lo técnico...
El arte no entraba en los planes de mi entorno familiar, ni en mis supuestos objetivos de entonces.
Pero resultó que lo que hice desde el primer día, desde el primer rollo, fue de una total intención expresiva. Tengo un cajón donde están las hojas de contacto de esas fotos. Basta con echarles un vistazo rápido. Escenas documentales (fiestas populares, retratos de niños pobres, trenes abandonados...) y puestas en escena medio surrealistas -como se dice vulgarmente cuando aparecen pies descalzos con gran angular y en primer plano-, máscaras, puertas en los médanos que se recortan en el horizonte, situaciones que se pueden atribuir a los sueños. Todo junto. Tan ingenuas que por ahora resulta impensable publicarlas. Blanco y negro, por supuesto. Cielos barrocos, contrastados, saturados en el trabajo de noches enteras en el laboratorio. La aparición de la imagen. Lo artesanal. La luz roja. Lo prohibido. Uno de los recuerdos más felices de esa época: animarme a la transgresión de generar imágenes, y llevarlas al papel amparado en el refugio solitario de la madrugada.
Hace muchos años que no piso un laboratorio. Desde que comencé a tomar fotos en colores no pude volver más al blanco y negro. Imagino puestas en escena, hago retratos, ciertas cosas se repiten, pero desde entonces sólo puedo concebir situaciones en color.
Todavía me queda el acto reflejo de desacelerar cuando voy por la ruta. La luz de la tarde se pone intensa y veo, por ejemplo, un motel que se llama "Tú y Yo", rosado, con un caballo blanco y un chevy violeta estacionados en la puerta. Imagino la foto, pero no me detengo. Disfruto la obviedad, me da placer, pero me gana la sensación de "total �para qué?". Aun en las fotos que no hago, todo lo imagino en colores.
Y otra cosa: cada vez estoy más convencido de que la forma de armar el cuadro, de componer, el modo de resolver la relación figura-fondo, la cuestión del "contenido", es la misma en las fotos del principio que en las de ahora. Por eso en las muestras me gusta mezclarlas con las actuales, que son más sofisticadas, con mucha producción. Para demostrar que en lo central no hay cambios. Que desde siempre uno sabe lo que tiene para decir. De quién vengarse. De qué quejarse. Quién es el destinatario de la ofrenda. A quién va dirigida la plegaria. Contrario a lo que se dice, uno nace sabiendo.
Para terminar, vuelvo al comienzo y aparecen dos recuerdos: uno fue el partido de fútbol del Mundial 78, en Rosario, donde, en una forma más que dudosa, Argentina le ganó a Perú superando la diferencia de cuatro goles que necesitaba para llegar a la final. La gente gritaba como loca. Algo dantesco. Recién ahora me animo a definirlo como siniestro. Yo creo que gritaba los goles para disimular. Para no quedar mal como argentino. Pero lo que más me interesaba -y creo que fue un descubrimiento, casi una escena iniciática-, fue mirar a los fotógrafos. Cómo trabajaban los profesionales en serio. Sus cámaras. Sus camperas inflables llenas de stickers, sus credenciales colgando. Cierto desdén para tratar sus equipos último modelo. La rapidez con que cambiaban las lentes. Una relación directa con el ideal masculino. Algo así como querer ser el rubio que aparece en los afiches de los cigarrillos Camel. Como mi ubicación era una platea baja atrás del arco, los tenía al alcance de la mano.
Al año siguiente, en el '79 (o quizás era el '80) vi la película "Stalker, la zona", de Andrei Tarkovsky. La habían puesto, casi en simultáneo de su estreno mundial, en el Cine Club Santa Fe, en plena dictadura militar. Fue la primera película "artística" que vi. Más gris, más invierno, y más blanco y negro que eso, imposible. La sensación de estar poseído, levitando, de haber hecho algo prohibido me duró como una semana. En paralelo, durante cinco años, estuve sufriendo, actuando, "calentando un banco" en la Universidad de Ingeniería, hasta que tuve fuerzas para irme y decir que quería "ser" fotógrafo.
Finalmente no pasa nada, y todo recuerdo termina siendo un juego de palabras. En cuanto al blanco y negro, confieso que en estos últimos dos meses traté de volver a hacer unos retratos en este estilo, los de este libro, para actualizar la reedición, pero no me gustó cómo quedaron. Como dije antes, parece que sólo puedo pensar en color. Lo que está en este libro es prácticamente todo lo que hay. El cajón de negativos, donde está todo mi trabajo en blanco y negro, ni siquiera está ordenado por fechas, ni por lugares, ni por nada. Seis por seis y treinta y cinco milímetros. Del ochenta al dos mil. No son muchas fotos, pero cada vez que busco un fotograma, tengo que revisar veinte años de fotografía. Mirar mi vida en miniatura con lupa sobre el acrílico traslúcido del negatoscopio. Conectarme un rato con los recuerdos. Con el placer de la melancolía.
(*) Setiembre 2005, de la obra "Retratos"