De la redacción de El Litoral
Se terminó el mundial de Alemania 2006, con una fiesta que estuvo a la altura de las circunstancias, no por el partido en sí, sino por todo lo que rodeó a la celebración, que se produjo antes, durante y después del encuentro que jugaron Francia e Italia, con la alegría desbordante de los "azzurros" y la tristeza inevitable de los "bleus".
Cada uno elige su forma de ganar y también la de perder, por eso, al final del partido no hubo reproches, cada uno con su libreto, cada público con su forma de ser.
Toda la locura que genera el fútbol no se puede explicar desde lo racional, sino que tiene que ver con lo emocional, con los sentimientos, con la pasión que genera este deporte, el más popular del mundo.
El mundial es la gran fiesta del fútbol. Y así se vivió durante todo el día de ayer en la ciudad de Berlín. Desde temprano, la gente ganó las calles, los italianos, los franceses, los alemanes festejando su tercer puesto y los privilegiados en poder observar en el estadio una final de una Copa del Mundo.
Poco después de las 19.30 -hora local-, comenzó la ceremonia de cierre, con el grupo musical "Il Divo", que hicieron un "play back" impresentable, con un sonido que dejaba mucho que desear, al menos para el público presente en el estadio.
Luego llegó la samba, el baile, la alegría con acento brasileño, buscando la "onda" africana, por el mundial que se viene en cuatro años en Sudáfrica.
La samba empezó bien pero luego decayó, por lo que hubo que tirar a la cancha a la colombiana Shakira, que moviendo sus caderas hizo delirar al público.
Con la salida de los equipos, la gente se levantó, y el fútbol fue la causa de los gritos, del miedo o de la alegría. Los italianos, que superaban a los franceses, se hicieron sentir durante gran parte del partido, pero como su equipo no transmitía mucho, los silencios también se hacían sentir.
"Zizou" era el grito de los franceses cada vez que Zinedine Zidane tomaba la pelota. Claro, buscaban que su ánimo fuera más que óptimo, porque en sus pies Francia tendría la llave para ganar el partido.
El calor sofocante calmó los ánimos y el estadio de Berlín no lució ni se hizo sentir como el viernes de la semana pasada, cuando Alemania superaba al seleccionado argentino por penales.
Está claro que los franceses no tienen la pasión de los italianos, pero a veces parece exagerada su tranquilidad mientras observan los partidos de fútbol, algo llamativo porque en este caso se trataba de una final.
Con la llegada del entretiempo, apareció lo mejor de la fiesta de cierre, en lo concerniente a nivel artístico, porque pese al mal sonido Plácido Domingo deleitó a los 69.000 espectadores presentes en el estadio Olímpico de Berlín.
Durante varios momentos del partido, se hizo muy complicado poder soportar los miles de flashes de las cámaras de fotos, que en forma constante se prendían y apagaban en todos los sectores del estadio.
Es que era el tiempo de sacar fotos, guardar un recuerdo, porque el espectáculo a nivel juego no aportaba mucho, pese a ser una de las finales más entretenidas de los últimos tiempos.
El segundo tiempo del partido pasó sin pena ni gloria, siendo un poco más Francia, eso dentro de la cancha, porque fuera de la misma, el color y la pasión eran puestos por la mayoría italiana.
Llegaba entonces el momento del alargue, del sufrimiento, de la angustia, se notaba la tensión, el miedo a perder, tanto de los jugadores como del público. Es que una final de un mundial no tiene desquite, hay que esperar cuatro años para soñar con llegar a una instancia así.
En los penales, fueron más los italianos, porque David Trezeguet marró su disparo y todo fue locura "azzurra".
Los fuegos artificiales del final, más los papeles brillantes que se arrojaron en forma de bombas, y las serpentinas, todo rodeó la vuelta olímpica del campeón del mundo. El final del partido encontró a unos festejando, a otros llorando y al resto disfrutando del espectáculo, de la música, del show que montaron los alemanes para despedir su mundial.
Ovación a Diego
El mejor jugador de todos los tiempos, Diego Armando Maradona, presenció la final del mundial de Alemania 2006, trabajando como comentarista para una cadena de televisión española y cuando la gente se dio cuenta de su presencia lo ovacionó, a lo que Diego respondió con alegría.