Una medición real para el desarrollo

En círculos oficiales nacionales se viene promocionando con singular empeño los indicadores del éxito económico. Basados fundamentalmente en el crecimiento promedio del 9 % anual -tras la crisis que tuvo su punto culminante en la devaluación- los índices sirven al gobierno para contrastarlos con las manifestaciones sociales y los apresurados recambios gubernamentales, que dieron cuenta del tremendo impacto de la crisis en los cimientos mismos del país.

No obstante, algunos académicos, economistas y políticos vienen advirtiendo sobre la necesidad de distinguir entre crecimiento y desarrollo. No es lo mismo una economía que crece con beneficios concentrados, mientras mantiene estratificadas las condiciones estructurales de pobreza; que otra que crece facilitando el acceso a servicios esenciales, como el agua o la educación, y que al mismo tiempo distribuye mejor su riqueza entre los ciudadanos.

Hace bien el gobierno en resaltar el crecimiento del empleo formal al lograr reducir el desempleo por debajo de los dos dígitos, y tiene razón el Ministerio de Economía, cuando celebra que, más allá de la recuperación productiva, gracias a la capacidad ociosa se sostiene el crecimiento. Pero no siempre el índice de evolución de la economía debe ser considerado exitoso por ser positivo. Al parecer, la economía marcha mejor que los indicadores laborales y de pobreza e indigencia.

Las mediciones fácticas permiten hacer distintas lecturas, pero el peso de la realidad es lo contundente, más allá de discursos o indicadores, y nadie la cambia por mucho que pueda manipular un titular periodístico.

En este contexto, la decisión del Indec de comenzar a publicar el coeficiente de Gini es un paso adelante en el camino de la información honesta, en lo que respecta a la realidad y a partir de la cual se pueden hacer lecturas valiosas y de distinta índole.

Este coeficiente varía entre cero y uno, en el que el cero es una situación en la que todos los ciudadanos reciben una parte igual de la riqueza del país, y uno es la concentración absoluta de la riqueza.

La Argentina de los años 70, orgullosa de su clase media, tenía un coeficiente de Gini de 0,367; el país de la década de los 90 llevó el indicador a 0,459, mientras el de la crisis se elevó en 2002 a 0,53. Según el informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, en 2004 Namibia mostraba un índice de 0,707, Estados Unidos un 0,408, y Hungría y Dinamarca un 0,247 y 0,244, respectivamente. Hoy la Argentina, según el Indec, muestra en el primer semestre de 2006 un coeficiente de Gini de 0,494.

En un país que necesita información seria, el dato que ofrece el Indec es un paso adelante. Sólo resta ahora esperar -como lo reclama el premio Nobel de Economía, Amatya Sen- que este indicador sirva además para medir la profundidad de la pobreza y las transferencias de recursos de la economía en la Argentina. Porque cuanto más clara sea esa información, más factible será proyectar las políticas oficiales a aplicar en el país para encarar la solución de sus problemas.