Rogelio Alaniz
Es muy probable que las autoridades electorales confirmen la victoria de Felipe Calderón. Es muy probable que después de algunas movilizaciones y protestas Manuel López Obrador termine aceptando el veredicto de la Justicia. En México hace rato que las elecciones se desarrollan bajo un manto de sospecha y a esta verdad López Obrador la conoce mejor que nadie, porque en su momento fue testigo del fraude perpetrado contra Cuauhtémoc Cárdenas en 1998 y del fraude contra él en el Estado de Tabasco.
Puede que en estos comicios no haya habido fraude o que no hayan sido escandalosos, pero atendiendo los antecedentes históricos y al comportamiento del oficialismo en las últimas semanas, debemos admitir que la oposición tiene derecho a desconfiar del resultado.
Tal vez una metáfora ayude a pensar mejor esta realidad: en términos pugilísticos, se sabe que el desafiante debe ganar por nocaut, ya que si gana por puntos la corona queda en manos del viejo campeón. Algo parecido puede haberle pasado a López Obrador: en el mejor de los casos pudo haber ganado por puntos, con lo cual la corona queda en manos de Calderón.
Un analista político decía que en sus tiempos, Ernesto Zedillo había admitido que las elecciones que lo llevaron al poder habían sido legales pero no habían sido justas. Con esto quería decir que, si bien no se había violado el principio de prescindencia del Estado, el caballo del comisario había ganado gracias a una multimillonaria campaña electoral.
Se dice que hace seis años Vicente Fox le ganó al PRI en elecciones que habían sido libres y legales, ya que por primera vez en setenta años la oposición pudo llegar al poder, desplazando a la formidable maquinaria electoral del oficialismo. Siguiendo la lógica de este razonamiento, podría decirse que estos comicios no fueron justos porque la campaña de miedo desatada por el PAN contra López Obrador fue financiada con los recursos del Estado: tampoco fueron libres porque el asistencialismo oficial superó con creces a las maniobras del PRI en sus mejores momentos y, por último, tampoco fueron legales porque se recurrió al fraude.
En esas condiciones, la única posibilidad de López Obrador era ganar por nocaut. Como no lo logró, hoy es muy probable que el presidente de México sea Calderón. Todas estas sospechas, por supuesto, hay que probarlas, pero las razones de la protesta del PRD se fundan en estos antecedentes y consideraciones.
Por lo pronto, daría la impresión de que la victoria de Calderón va a ser respaldada por los principales factores de poder. Por su lado, el tercer partido de esta contienda, el PRI, que en estas elecciones sacó el 22 por ciento de los votos, ha prometido apoyar a Calderón. En el orden internacional los presidentes George Bush, Alvaro Uribe y Rodríguez Zapatero lo han felicitado, un gesto que en el lenguaje diplomático debe leerse como un aval.
Más allá de una maniobra fraudulenta que a los opositores les será muy difícil de probar, lo que resulta evidente es que el equilibrio de fuerzas en México es el rasgo distintivo de la actual situación política. este equilibrio se manifiesta en el orden territorial ya que, de 32 Estados, el PRD y el PAN se reparten el control de 16 cada uno, con más influencia de los conservadores en el norte y más peso de los populistas en el sur atrasado y empobrecido.
En el populoso Distrito Federal, el PRD se impuso por un amplio margen y Marcelo Ebrad será el nuevo intendente. Por su lado el PRI retrocedió en todos los lugares, y si bien ese 22 por ciento de votos obtenidos no se debe despreciar, queda claro que el partido está muy lejos de ser esa mayoría abrumadora que durante setenta años decidió, para bien y para mal, los destinos de la nación.
A primer golpe de vista, podría decirse que el escenario político de México cambió a partir de la llegada de Fox al poder. Pero si se presta atención a ciertos comportamientos del oficialismo y a su insistencia en recurrir a los mismos instrumentos montados por el PRI, podría decirse que ese cambio se ha dado, pero sobre la base de metodologías que persisten. Pensar la realidad en estos términos, autoriza a postular que el PAN no derrotó al PRI, fue su heredero, en tanto su permanencia en el poder se legitima recurriendo a los mismos dispositivos que aseguraron la hegemonía del PRI.
Importa recordar que desde principios del siglo veinte uno de los grandes dilemas en México consistió en resolver las sucesiones presidenciales. En su momento el PRI fue una fórmula eficaz que aseguró estabilidad, continuidad institucional y un conjunto de reformas sociales y económicas fundadas en la sustitución de importaciones que permitió, por lo menos hasta mediados de los ochenta, un desarrollo y una integración social aceptables.
El llamado populismo mexicano, cuya expresión evidente fue el PRI, tuvo su momento de auge y su inevitable crisis. Setenta años de hegemonía política permiten decir que la fórmula fue eficaz: un Estado fuerte, una mayoría parlamentaria y una red de organizaciones corporativas que funcionaban como poleas de transmisión desde el llano hacia el vértice.
El PRI integraba a la derecha empresaria, a la izquierda social, a los grupos mafiosos, al matonaje sindical, a los buenos y a los malos, a los lindos y a los feos, todo ello acompañado de una política exterior independiente que durante la guerra fría fue un modelo de no alineamiento, por más que desde el punto de vista económico y financiero México siempre fuese dependiente de Estados Unidos.
Es por eso que a nadie le llamaba la atención que en el Zócalo los murales pintados por artistas comunistas integraran en un sólo texto tipo cambalache a los indios y los conquistadores, a Marx y Lenín, a Pancho Villa y Zapata, y que la nación abriera sus puertas a todos los perseguidos políticos de las dictaduras militares de América latina y de Europa (el gobierno de la República española se constituyó en el exilio mexicano), mientras consolidaba las relaciones carnales con los "gringos".
Este modelo empezó a agrietarse en los últimos veinte años. Con todo no fue la izquierda la que se benefició con la decadencia del PRI, sino la derecha liderada por Fox. Hoy en México, Villa, Zapata, Madero, Carranza y Obregón son héroes nacionales, más allá de que en vida muchos de ellos fueron enemigos a muerte, un dato que poco importa a la hora de constituir mitos y congelar un pasado revolucionario para hacerlo compatible con una realidad fundada en la lógica de hierro de la acumulación capitalista.
�Una victoria de López Obrador habría representado un cambio importante en México? Esta pregunta es posible contestarla si previamente nos ponemos de acuerdo respecto de lo que significa la palabra "cambio". Si alguien supone que la llegada de López Obrador al poder significa una alteración revolucionaria, una ruptura del actual orden económico, una nueva modalidad de acumulación capitalista, está muy equivocado y el primero que le advertiría sobre su error sería el propio López Obrador.
�Entonces da lo mismo un candidato que otro? No da lo mismo y es un error creer que las diferencias entre los candidatos son el producto de cínicas representaciones teatrales. López Obrador no sólo se diferencia de Calderón en el discurso respecto de las relaciones entre el Estado y la economía y el Estado y la sociedad, sino que -y esto es tan importante como lo anterior- la diferencia está planteada en la representación de diferentes sectores sociales y la construcción de diversos imaginarios políticos.
Si bien en las elecciones los principales candidatos son apoyados por coaliciones policlasistas, no se puede ignorar que en los extremos de ese abanico los empresarios y sectores más concentrados de la economía se sienten más identificados con Calderón, mientras que López Obrador representa otro tipo de coalición social, en donde también hay empresarios y burgueses, pero lo que gravita son las políticas orientadas a asegurar una mayor autonomía estatal, otro tipo de distribución de la riqueza y otra manera de pensar el mercado. Digamos que en el oficialismo predominan las ideologías afines al neoliberalismo y en la oposición gravita el populismo en su variante de centro izquierda, con todos sus méritos y todos sus vicios.