El chico más viejo
Por Jorge Bello

Murió de una forma espantosa, según parece, el niño más antiguo del cual se tiene noticia cierta. Se lo conoce como el Niño de Taung. Correteaba hace mucho tiempo por algún lugar forestal del sur de África, tal vez un bosque esponjado o una zona de vegetación baja y seca, con amplios espacios abiertos. Seguramente, vivía feliz y jugaba todo el día, y seguramente ya había aprendido a tener miedo de ciertos animales peligrosos. De pequeño, habrá crecido con la leche de su madre, rica y nutritiva, muchas noches habrá dormido acurrucado entre unos brazos peludos y confortables, acunado con la canción de un viento lejano, con el música familiar de los insectos. De mayorcito, habrá comido sobre todo vegetales y semillas, carne cruda de vez en cuando, un huevo si tenía suerte. No hablaba sino con sonidos guturales, pero con certeza que se hacía entender. Hasta que pasó lo que pasó.

Encontraron los restos del niño en la cantera de Taung, al sur de África, en 1924; el yacimiento sería destruido poco después, no encontraron más fósiles. Se dice que el Niño de Taung es el niño más antiguo porque sus restos son los fósiles que corresponden al homínido más joven que se ha encontrado, y porque era una criatura. Vivió hace unos dos millones y medio de años. Era un primate, un catarrino igual que usted y que yo, pero de un género que estaba destinado a desaparecer: Australopithecus africanus. En la escala de la evolución de las especies, los Australopithecus africanus y los primeros Homo compartieron un antecesor común, y de esta familia venimos todos nosotros; compartieron también un tiempo y una tierra africana, tal vez hostil. Algunos expertos reservan la categoría de homínido para el género Homo en sentido estricto, pero otros incluyen en esta categoría a todos los primates bípedos, tal el caso de los A. africanus. Es decir, que el Niño de Taung fue un homínido para unos, pero no lo fue para otros. Más bien bajo, como todos los A. africanus, de la medida de un chimpancé actual. Y de poco cerebro: el peso del encéfalo que tenían se ha calculado como un poco menos de la mitad del encéfalo del hombre actual. Pequeños y poco inteligentes, sí, pero ya caminaban erectos, igual que usted y que yo. Me lo puedo imaginar, por tanto, al Niño de Taung corriendo a ver si agarra aquella gallina (los dinosaurios ya habían desaparecido).

Dos especialistas, Lee Berger y Ron Clarke, consideran que el Niño de Taung murió víctima de una depredador poderoso y alado: un águila. Y al escribir estas líneas me imagino un chico bajito y peludo que corre en el claro de un bosque, y un ave rapaz que lo atrapa con sus garras poderosas por la espalda y con vuelo majestuoso se lo lleva hacia su nido, y el chico que llora, que grita, que se mueve desesperado, sin escapatoria. Y me imagino a su madre, alertada por los gritos infantiles, que mira impávida e impotente cómo el monstruo se lleva a su niño. Sabe que se lo comerá. No se sabe si el águila se lo comió, o si se lo dio de comer a sus pollitos. En los restos fósiles del Niño de Taung que se encontraron allí arriba, en lo que se supone fue aquel nido, se ve que le estaba saliendo la primera muela definitiva.

De esto hace mucho tiempo. Pero nadie se piense ingenuamente que la práctica de cazar niños está pasada de moda: todavía hoy, cuando el Homo sapiens presume de civilizado, de haber superado la barbarie y el primitivismo, hay águilas que atrapan niños para comérselos. O mejor, porque es más negocio, para dárselos de comer a los pollitos. De estas águilas hay dos especies.

Una especie son las águilas que atrapan niños con las garras de la prostitución o con las garras del trabajo infantil, garras crueles y despiadadas, explotación vil. Estas águilas atrapan niños y niñas pobres, pequeños y tal vez poco inteligentes, pero que caminan igual que usted y que yo. Los atrapan y se los dan de comer a ciertos empresarios sin escrúpulos. O a ciertos clientes ávidos de carne imberbe, y de éstos algunos son europeos, y dicen que pagan mejor y que no se preocupan si los ven rondar por allí porque, como están fuera de casa, en un país pobre... Otros son cantantes de rock, gente conocida, ejemplos para la juventud.

La otra especie de águila es igual de cruel, pero es elegante, anda siempre bien vestida, habla con argumentos que parecen verdaderos, argumenta con rigurosa corrección fonética y lingüística. Pero no admite contrarréplica, y si con el solo discurso no se sale con la suya, tiene otros recursos, éstos más expeditivos, violentos y torturadores, para doblegar la voluntad del adversario y conseguir que acabe diciendo que sí. Es un águila que mira de perfil, que luce blanca la cabeza y el cuello, azul el fondo, coronado de estrellas. Con garras poderosas, delicadamente cubiertas con guantes de terciopelo de fina factura, atrapa niños y niñas que viven lejos, que son pequeños y pobres, que tal vez son poco inteligentes o tal vez no se expresan con tanta elocuencia, pero caminan y corren igual que usted y que yo. Son las garras de la globalización, las garras de los cultivos subvencionados, de las vacas que producen leche a precios artificialmente bajos, las garras de los medicamentos que no se pueden comprar porque son demasiado caros. Del agua que no llega, y cuando llega está contaminada. Son las garras de la diarrea que mata y de la malaria que hace volar de fiebre, son las garras del sida y de la tuberculosis, las garras de la desnutrición y la deshidratación. Las garras del petróleo. Son las garras de la puerta cerrada, las garras de los derechos de propiedad intelectual y de las patentes. Son las garras que en inglés atrapan criaturas inocentes y se las dan de comer a sus pollitos para que éstos puedan mantener el estándar de vida, para que puedan seguir pensando, con ingenuidad de pollito, que con dinero o con poder se lo puede comprar todo.

También son garras santafesinas. Son las garras de la reclamación que no encuentra oídos, las de quien deja el expediente en un cajón y allí duerme meses y más meses. Son las garras del sueldo que no alcanza, son las garras del discurso político, vacío y oportunista. Pero además son las garras de quien todavía no se decide a ponerse las pilas, y ya tiene las águilas que le sobrevuelan la casa. Son las garras del que va lento, del perezoso, del que se cree dueño de la verdad y por tanto no sale a buscarla, y se la pierde. Queda visto, entonces, que igual que los Australopithecus africanus, ciertos niños y ciertas niñas (y ciertos hombres y ciertas mujeres) son homínidos para unos, pero no lo son para otros.