Itinerario de vida y obra de un talento

Virtú Maragno en Creadores Santafesinos


Se presentó recientemente, el nuevo número de la serie de fascículos de Domingo Sahda, escrito en la oportunidad por el maestro Jorge Edgard Molina, donde se homenajea la destacada figura del músico santafesino.

Jorge Edgard Molina

En la casa natal de Santa Fe, la niñez y adolescencia de Virtú Maragno transcurrieron en un ambiente impregnado de música. Sus más tempranas influencias las recibe de su abuelo y de su padre, ambos músicos, quienes inician al futuro compositor en la práctica vocal e instrumental, ejercidas en diversos templos de la capital provinciana, junto a su hermano Francisco, quien luego fuera pionero y principal animador de la actividad coral en la ciudad.

En forma paralela completa un ciclo formativo inicial en el Liceo Municipal de Santa Fe, donde se destaca en las clases de Armonía del profesor Juan Carlos Spreafico y en las de piano, dictadas por Angélica Mora de Paraván. En la primera mitad de la década del 40 participa en el movimiento joven que eclosiona en la ciudad y que tiene como principal referente a Fernando Birri. Ese clima engendrará un poderoso estímulo para el posterior desarrollo del cine, la literatura, el teatro y la música. Allí nacerá el Coro Juvenil, fundado por Francisco Maragno, con el apoyo técnico y artístico de Virtú.

El contacto con el compositor italiano Emilio Piselli, por entonces residente en Paraná, significa para Virtú un sustancial aporte formativo, a partir del cual realiza sus primeros intentos compositivos, ninguno de los cuales figura en su catálogo, debido, quizás, a su celo autocrítico. Sin embargo ha subsistido la "Marcha del Normalista", que compusiera mientras era alumno de la Escuela Normal Mixta General San Martín y que fue la divisa musical del establecimiento durante muchos años.

Completados sus estudios en el Liceo Municipal, Maragno se encontró con que en aquel entonces Santa Fe no le ofrecía posibilidades de obtener una educación de nivel superior. Debe recordarse a este respecto que el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional del Litoral recién comenzó sus actividades con el ciclo lectivo en 1948. Por tanto, en 1946, luego de obtener una beca del Gobierno de Santa Fe, se establece en Buenos Aires, donde prosigue sus estudios con Vicente Scaramuzza en piano y Luis Gianneo en composición.

Primer período creativo

El contacto con Gianneo deparó a Maragno una visión argentina, no exenta de universalidad y alejada de pintoresquismos superficiales, que lo acompañó en su primera etapa creativa (1947-1957). Obras como Triste y Danza (1947), Sonata para piano N° 1 (1948), Tres piezas para arcos (1952) o Concertino para piano y 14 instrumentos (1954), no obstante moverse con un neoclasicismo con acentos stravinskianos y un sublimado manejo del dato folclórico develan un sello personal, donde a un actualizado manejo tonal se le suma una extrema sensibilidad por el intervalo, cuyos valores expresivos son premonitorios de otras estéticas que estaban eclosionando en la Europa de la segunda posguerra.

La primera producción de Maragno encuentra en la crítica especializada una elogiosa y cálida recepción. Este primer período es también pródigo en distinciones y reconocimientos, entre los que se destacan el Primer Premio de la Asociación Amigos de la Música (1952), el Primer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires (1954) y el Primer Premio del Festival Latinoamericano de Música del SODRE de Montevideo (1952).

Segunda etapa creativa

Un segundo período creativo podría establecerse entre 1958 y 1978, etapa en la que Maragno incorpora a su lenguaje las técnicas más avanzadas de su tiempo, requeridas por las propias necesidades de su imaginario sonoro. El Cuarteto para Cuerdas N° 1 de 1958 fue recepcionado por la crítica como una obra con un sello propio, "en el que los conflictos temáticos se expresan con una resolución vigorosa, donde estallan de alguna manera los circuitos tonales tradicionales" (Napoleón Cabrera, Diario Clarín). Verdadero punto de inflexión, el Cuarteto revela un manejo interválico que desplaza a la tonalidad como centro de gravitación y gana nuevos espacios para una expresividad que busca expandirse.

Con una beca concedida por el gobierno italiano, Virtú Maragno marcha a Roma para estudiar Composición en el Conservatorio Santa Cecilia con Goffredo Petrassi, al mismo tiempo que concurre a las clases de Santo Zanon, en Dirección Coral, y a las de Franco Capuana en Dirección Orquestal. Su permanencia en Italia le permite contactarse con el Estudio de Fonología Musical de la RAI de Milán, orientado por Bruno Maderna, formador de músicos tan relevantes como Lucianno Berio y Luigi Nono. La renovación lingüística que en ese entonces adquiere Maragno no significa la pérdida de sus raíces, antes bien implicará una potenciación de las cualidades expresivas ya contenidas en sus obras anteriores.

Las décadas del 60 y del 70 muestran una sostenida y rica producción, repartida en música sinfónica, de cámara y para el Teatro y el Cine, que evidencia al creador en la plena posesión de sus recursos.

A modo de ejemplos significativos pueden citarse las sinfonías Ecce Homo (1969-70) y Amo (1978), ambas para orquesta a doble coro. En estas composiciones, a través de un deslumbrante manejo de la materia sonora, se filtran viejas raíces y se revela un tiempo presente, cuyo dramático acontecer no es ajeno al compositor. Estas composiciones, a través de una polifonía intertextual, logran una síntesis de lenguajes y una estatura artística que, superando emergentes localistas, las proyectan a niveles universales.

Tercer período creativo

Esta tercera etapa puede ser delimitada entre la década del 80 y el fallecimiento del compositor, acaecido en 2004. En este período, la sabiduría formal del Maestro maneja en su más alto grado de perfección una materia siempre rica en hallazgos tímbricos y texturales. En las décadas del 80 y del 90, el dominio de un oficio obtenido a través de un compromiso vocacional de muchos años de ejercicio, le permite abordar los géneros más complejos de la composición musical, como la Cantata o la Ópera, donde la monumentalidad de las proporciones requiere un hacedor plenamente experimentado y un artista cuyo instinto estético le impida caer en retóricas superficiales. Estas cualidades pueden apreciarse en la Cantata Aniversario de 1980, donde se celebran los 75 años del Teatro Municipal de Santa Fe, en la Cantata Santa Fe, la Vieja, de 1991, y en Viaje a la Memoria y Encuentro del Nuevo Mundo (1992). Finalmente, su ópera Fuego en Casabindo, sobre la novela homónima de Tizón, cierra en 2004 una trayectoria que fue aportando obras fundamentales para la Música Argentina. En esta contribución póstuma, la partitura de Maragno sostiene con gran calidad el interés dramático de una puesta austera, que rescata la denuncia de tantas muertes injustas que han jalonado la historia de nuestro país.

La música de cámara, cuyos intimismo y concentración han evidenciado la ductilidad y sutileza de los recursos expresivos de Maragno, ha tenido una presencia significativa en su última producción. Así lo demuestran el Trío Latinoamericano, para clarinete, violoncello y piano de 1984; la Fantasía sobre las notas GFFEDAS, para oboe, arpa, viola y violoncello de 1985; las Tres Fantasías para Arcos de 1989, y el Trío para Flauta, Oboe y Clarinete de 1990, entre otras obras.