La vuelta al mundo
Alfredo Stroessner: la muerte de un canalla
Por Rogelio Alaniz

Alfredo Stroessner gobernó el Paraguay desde 1954 a 1989. Llegó al poder a través de un golpe de Estado y lo derrocaron con otro golpe de Estado. Traicionó a los suyos en 1954 y lo traicionaron a él en 1989; en este tema, el destino de los dictadores parece repetirse. Las bases institucionales de su poder fueron el ejército y el Partido Colorado. El ejército aseguraba el orden y el partido los negociados; la militarización del partido y la politización mafiosa del ejército fueron la consecuencias de este sistema que sobrevivió a su jefe.

Fue una dictadura, pero intentaba disimular su identidad con la existencia de un Parlamento servil y simulacros electorales, en los que el jefe ganaba con más del ochenta por ciento de los votos y, en algunas ocasiones, con el noventa por ciento. Los militares legitimaban con su presencia el fraude y los dirigentes del Partido Colorado se encargaban de perpetrarlo.

En ciertas coyunturas, el régimen promovía algunas tímidas aperturas que nunca llegaban a poner en riesgo su condición. Los convocados eran opositores liberales o febreristas debidamente despojados de sus aristas opositoras. Con los opositores más radicalizados fue impiadoso: la cárcel, la tortura, la muerte o el exilio, fueron sus destinos. Políticos, intelectuales, dirigentes sindicales, religiosos, conocieron los rigores de una de las dictaduras más feroces de América latina.

Stroessner fue corrupto y corruptor. Los ingresos del régimen provinieron de los negociados multimillonarios con las represas hidroeléctricas, el contrabando, el tráfico de drogas, la prostitución, el robo de autos y la compra y venta de bebés. Al morir dejó una fortuna superior a los 300 millones de pesos. Algunos de sus secuaces se enriquecieron mucho más y, tal vez, esa diferencia en los repartos del botín fue lo que en algún momento promovió el golpe de Estado que lo mandó al exilio.

A la sociedad la controlaba con el terror o la corrupción. A veces, al mismo opositor le aplicaba la doble medicina. El empleo público fue el combustible que aseguraba el funcionamiento de la poderosa maquinaria electoral del Partido Colorado. El culto enfermizo a la personalidad fue otro de sus rasgos: las calles, las ciudades, los edificios públicos llevaban su nombre.

Para 1989 el sucesor era su hijo Gustavo. Para que ello fuera posible era necesario pasar a retiro varias cúpulas militares. Esa pudo haber sido una de las causas que provocó la caída de don Alfredo. De todos modos, para 1989 el régimen estaba agotado y el dictador temible y omnipotente era una caricatura de sí mismo.

Stroessner confiaba en su propia guardia armada. Era un grupo selecto de perros guardianes, rubios, altos y decididos a matar. Lino Oviedo se encargó de aniquilarlos a casi todos. Derrocado Stroessner, los dirigentes del Partido Colorado procedieron a reportarse a las nuevas autoridades como si nada hubiera pasado. Algunos hasta se dieron el lujo de posar de nacionales y populares. El peronista Deolindo Felipe Bittel siempre decía que el Partido Colorado era un hermano gemelo del peronismo. Probablemente no se haya equivocado. Algo parecido pensaba Diego Ibáñez quien llegó a decir textualmente: "Aquellos que atacan al general Stroessner atacan al general Perón, porque entre los peronistas y el Partido Colorado no hay ninguna diferencia". Sabrá por qué lo decía.

Carlos Menem fue otro de sus grandes amigos. La "comadreja de Anillaco" pasaba largas temporadas en Paraguay, exhibía sus condiciones de conductor de autos y participaba de las fiestas organizadas por sus compañeros "colorados'. Fue la amistad entre dos tahúres, porque cuando uno de ellos cayó en desgracia el otro empezó a mirar para otro lado.

Como todo dictador latinoamericano, Stroessner practicó cierto populismo castrense, bien adobado con anticomunismo militante y abierta simpatía hacia los regímenes nazifascistas. Durante el reinado de Stroessner, Paraguay fue pista de aterrizaje de cuanto canalla político anduviera perseguido por el mundo: Mengele fue uno de los ilustres exiliados. Somoza fue otro. Licio Gelli también se acogió a estos beneficios.

Siempre se jactó de su ascendencia alemana y de sus cabellos rubios. Su identificación con Alemania no lo conectaba con Kant, Hoederlin o Hesse, sino con Goebbels, Goering y el propio Hitler. En privado siempre manifestó su admiración por el ejército nazi. Las simpatías se hacían extensivas a Mussolini, Franco y Chiang Kai Chek, a quien le levantó estatuas, designando con su nombre calles y avenidas.

El secreto de las relaciones carnales de Stroessner con los Estados Unidos fue el anticomunismo militante, practicado en Paraguay y proyectado hacia todo el Cono Sur. La embajada norteamericana en Asunción siempre fue la más importante de la región. Stroessner fue el autor de semejante hazaña geopolítica. Desde allí se tramaban las campañas desestabilizadoras para Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay y la Argentina.

El principal protagonista del Plan Cóndor, esa internacional negra del terrorismo de Estado organizada en la segunda mitad de la década del setenta, fue Alfredo Stroessner, como lo acaba de denunciar el docente Martín Almada, quien tuvo acceso por casualidad a la documentación secreta. Sicarios paraguayos y chilenos realizaron un operativo conjunto que culminó con la muerte de Orlando Letelier, el ex canciller de Salvador Allende. Los chilenos pusieron los explosivos y los paraguayos los pasaportes.

Para EE.UU no había duda de que Stroessner era un "hijo de p." pero, al igual que Trujillo, era "su hijo de p.". Fue el único presidente que Nixon ponderó en tres discursos oficiales. Ese honor no lo tuvieron ni Somoza ni Batista. En algunas ocasiones viajó a EE.UU, pero sus visitas nunca eran divulgadas porque hasta los halcones más recalcitrantes sabían que Stroessner no era un amigo con quien andar mostrándose en público. Kennedy lo dijo con una sola y elocuente palabra: apesta.

En 1975, los nazifascistas argentinos Navarro y Lacabanne, los mismos que dieron el golpe de Estado en Córdoba, se refugiaron en Paraguay. Personajes sórdidos y viscosos como Osinde e Imbelloni se sentían protegidos por esta dictadura que les recordaba al peronismo.

El propio Perón se refugió en Paraguay en 1955, aunque algunas disidencias con el dictador lo obligaron a irse en noviembre de ese año, un tema que a Perón no le debe haber provocado muchas molestias, porque a la hora de exiliarse contaba con muy buenos amigos. Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez y Franco integraban esa selecta lista de amistades.

La historia de los pistoleros suele repetirse con tanta frecuencia que termina confeccionando un libreto casi monótono. Stroessner, que había sobrevivido a conspiraciones, que había descabezado todo intento de resistencia obrera, campesina e insurreccional, que atravesó la alborotada década del sesenta sin ningún conato de rebelión interna y exhibiendo el orgullo de haber sido el primer mandatario americano que rompió relaciones con Cuba, terminó traicionado por sus colaboradores internos, su consuegro, los jefes militares que ascendió, los dirigentes colorados que prohijó, y su amo externo, Estados Unidos, que lo usó mientras le fue necesario y cuando perdió utilidad se lo sacó de encima de un tincazo. Nadie lloró su ausencia. Su presunta popularidad concluyó cuando perdió el poder.