Una preocupación para el gobierno
Juan Carlos Blumberg, el político
Desde aquella primera concentración contra la inseguridad posterior al asesinato de su hijo Axel hasta la que este jueves protagonizó en Plaza de Mayo, Juan Carlos Blumberg viró de padre desesperado a referente político con pretensiones electorales. Su discurso lo revela tal cual es, y preocupa al gobierno.

Julia Izumi

Era previsible. Desde aquel 1° de abril de 2004 en que logró movilizar masivamente a la "ciudadanía independiente" detrás de su reclamo de mayor seguridad, tras el secuestro y asesinato de su hijo Axel, Juan Carlos Blumberg evolucionó hacia una figura apetecible para un sector de la política ávido por encontrar un contrapeso a la fuerte personalidad presidencial. Las consecuencias de su coqueteo con la idea de convertirse en candidato a gobernador bonaerense todavía no se visualizan, aunque está claro que quienes respondieron a su nueva convocatoria no fueron ya decenas de miles de ciudadanos conmovidos por su desgracia y preocupados por la seguridad colectiva, sino un número importante de seguidores identificados no sólo con su desgracia y sus propuestas destinadas a atender el problema desde las consecuencias, sino también con su potencial proyecto político.

La categoría de "fenómeno social" que sigue manteniendo el ingeniero textil es la principal preocupación del gobierno, aún cuando está claro que su decisión de debutar en la política -más tarde o más temprano- terminará acotando su rango de aceptación social, en lugar de ensancharlo. El divorcio entre ambos resulta, dos años después de aquella primera marcha, más que evidente: Blumberg pasó de cuasi asesor en temas de Justicia Penal y políticas de seguridad a adversario político al que, ni siquiera, le fue aceptada la entrega de un petitorio con sus nueve propuestas.

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Con intención política

El ingeniero no es inocente en este juego. Su discurso del jueves tuvo intencionalidad política y poca ingenuidad. Criticó abiertamente al presidente Kirchner y sugirió que en la provincia de Buenos Aires -el territorio de su posible desembarco electoral- hay que "saber votar".

Pero además rodeó de simbolismos a la convocatoria: desde la elección del lugar, la Plaza de Mayo, hasta la fecha, un jueves, día reservado a las Madres de Plaza de Mayo, pasando por una visita previa a la parroquia de San Ramón Nonato, el patrono de las embarazadas, justo en momentos en que dos casos dramáticos instalaron en la sociedad el debate sobre la despenalización del aborto.

Blumberg no es iluso ni tampoco inexperto. Ambas calificaciones podían caberle al principio de su "cruzada por la vida", pero no ahora que marcha junto a algunos íconos del centro derecha, y se deja ver junto a Cecilia Pando, Luis Patti y compañía.

Sectores que en aquellas primeras horas decidieron acompañarlo en el dolor por la trágica pérdida de Axel se abstuvieron esta vez de ir a la Plaza de Mayo. La madre de Sebastián Bordón fue una de ellas. Habrá recordado la infeliz defensa que hizo Blumberg de los policías mendocinos que asesinaron a su hijo al sostener que "el chico se drogaba, hizo una mala actuación, agredió a la policía. Después bueno, la policía actuó mal, hizo cosas que no debía".

Frases como esa parecen posicionar al ingeniero como el representante de los sectores que consideran que el garantismo y la defensa de los Derechos Humanos equivalen a la defensa de los delincuentes, y lo colocan, en el extremo opuesto, como la voz de las víctimas de esos criminales. La que sospecha de las víctimas de la represión policial, pero se resiste a reflexionar sobre la responsabilidad de las clases hegemónicas en la generación de esa violencia.

Lo que Blumberg dice espontáneamente es lo que lo desnuda tal como es. Aquel empresario de clase media acomodada, sin proyecto político y padre dedicado cuyas expectativas de trascendencia personal depositaba en su único hijo, Axel. El mismo a quien inculcaba que los valores de la capacitación, disciplina, y superación de los propios límites serían los que lo llevarían con éxito por la vida. Un señor de la zona norte bonaerense, con grandes dosis de sentido común, capaz de decir, suelto de cuerpo y sin sonrojarse sobre el Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, el hombre que convocó a un acto para rechazar la concentración en Plaza de Mayo: "Yo respeto que le hayan dado un premio a él, pero que me haya tildado de fascista, no sé de dónde lo sacó".