La vuelta al mundo
Sudán y el fascismo islámico

Rogelio Alaniz

Sudán es el país más grande de África, su extensión territorial es de 2.500.000 de kilómetros cuadrados. La independencia se produjo en 1956 y desde entonces, salvo durante cuatro años, lo que predominaron fueron las guerras civiles. La guerra en Sudán lleva casi cuarenta años. Las víctimas son los negros y cristianos del sur; los victimarios los musulmanes del norte. El número de muertos supera el millón de personas y los desplazados llegan a los cuatro millones.

La figura que tipifica la tragedia de Sudán es la de genocidio, es decir exterminio étnico y religioso de la mitad de la población que no está dispuesta a someterse a la Sharia, la ley islámica que impone el gobierno central liderado por el presidente Omar al-Bashir, un militar que llegó al poder en 1989 a través de un golpe de Estado.

En los últimos años se ha sumado el conflicto de Darfur, una región ubicado en el oeste y en donde las milicias musulmanas conocidos con el nombre de Jawjaweed, se encargan de ajustar cuentas contra los pobladores negros. Desde el 2003 a la fecha los muertos suman unas 200.000 personas. Las denuncias de los organismos de derechos humanos sobre los asesinatos cometidos por las milicas musulmanas, toleradas y abastecidas por el gobierno nacional, no han podido hasta el momento poner límites a lo que se considera la masacre más grande del siglo XXI.

Sudán ha sido en los últimos años el santuario de los principales jefes del terrorismo islámico. Ben Laden estuvo viviendo allí, preparando cuadros militares e invirtiendo en comunicaciones. Las relaciones de Sudán con el régimen teocrático de Irán podrían calificarse de carnales, si es que esa calificación no está condenada por el Corán.

El gobierno de Bashir es el responsable de lo que está pasando, pero para evitar sanciones pretende hacerle creer a la comunidad internacional que no tiene nada que ver con las milicias terroristas y que la masacre de cientos de miles de cristianos y negros es la consecuencia de una guerra civil entre dos ejércitos regulares.

La verdad circula muy lejos del discurso del déspota de Sudán. Puede que Bashir no tenga una relación directa con las bandas y tribus musulmanas que asesinan negros, pero se sabe que el trabajo sucio está a cargo del vicepresidente de Sudán y el titular del Frente Nacional Islámico. Las excursiones sobre aldeas, el incendio de poblaciones, la muerte de pobladores es la constante y esta faena se puede realizar con relativa impunidad porque cuenta con el aval de las autoridades nacionales.

La expresión armada de los pobladores del sur es el Ejército Popular de Liberación de Sudán, liderado por John Garang. En algún momento el EPLS logró arribar a un acuerdo con los musulmanes, gracias a la presión internacional, pero no bien esta presión disminuyó se reinició la guerra.

En la actualidad, las Naciones Unidas ha elevado al Tribunal Penal Internacional los informes sobre el genocidio de Sudán con los nombres y apellidos de los principales jefes militares responsables. El gobierno de Sudán ya declaró oficialmente que no acepta ese informe y que, por supuesto, no está dispuesto a entregar a los jefes militares para que sean juzgados como criminales de guerra.

La guerra no se explica sólo por motivos religiosos. Las diferencias entre el norte y el sur son económicas y lo que se disputan con las armas en la mano son las fuentes de recursos agrícolas y, desde hace unos años, las reservas de petróleo, níquel y uranio. La confirmación de que en Sudán podrían existir importantes reservas de petróleo ha intensificado el conflicto bélico y ha involucrado en la guerra a otras potencias regionales interesadas en beneficiarse con la explotación de los pozos de oro negro.

De todos modos, el elemento religioso unifica a las facciones en pugna y, muy en particular, a las tribus musulmanas que hallan en la religión un extraordinario factor de unidad y disciplinamiento. La teocracia es una concepción del poder y sus consecuencias tienen más que ver con lo que sucede en este mundo que con lo que podría suceder en el Paraíso prometido por los seguidores de Alá.

La verdad religiosa transformada en verdad política es el rasgo distintivo de las teocracias musulmanas. La religión en estos casos es capturada por el poder y se transforma en un factor de resignación social y movilización guerrera contra los enemigos de Alá. La teocracia no es patrimonio exclusivo de una determinada religión, aunque en los últimos años los únicos gobiernos teocráticos son los de origen musulmán, del mismo modo que el terrorismo que actualmente se practica en el mundo pertenece a este sector religioso.

En Sudán, ni Israel ni Estados Unidos tienen injerencia. Allí los enemigos no son el sionismo internacional o el imperialismo yanqui; los enemigos son los negros y cristianos. Las masacres que se cometen diariamente contra niños, ancianos y mujeres se hacen en nombre de Alá y esta vez el argumento de la guerra contra los explotadores de Occidente carece de asidero.

Lo que allí está ocurriendo debería hacer reflexionar a los dirigentes de las Naciones Unidas, a militantes de derechos humanos, a intelectuales de izquierda y, por supuesto, a musulmanes que no tienen nada que ver con el terrorismo islámico. En Sudán los responsables del genocidio están a la luz del día, los responsables internos y los responsables externos, es decir, las naciones musulmanas que los apoyan con dinero, armas y fundamentos religiosos.

El fascismo islámico existe, opera en el mundo, dispone de recursos económicos multimillonarios y si por algo se distingue es por la claridad con que define a sus enemigos. Hitler nunca ocultó sus objetivos: la guerra, la expansión territorial, el exterminio de judíos y disidentes y la dictadura política. Sólo los ingenuos, los torpes y los necios no se percataron de la naturaleza criminal del régimen nazi.

Algo parecido está ocurriendo con el fascismo islámico. Por especulaciones menores, por el afán de obtener ventajas económicas, por complicidad ideológica, quienes deberían enfrentarlo antes de que se tarde se niegan a hacerse cargo del peligro o lo subestiman.

La lección de Chamberlain, es decir, la ilusión de creer que a Hitler se lo controla con concesiones, o especulando con que su enemigo era la URSS y no Occidente, o era Inglaterra y no Francia, se pagó con sangre, sudor y lágrimas. El mismo precio parecería que está decidido a pagar Occidente ante la barbarie musulmana. Ojalá el millón de muertos en Sudán les permita abrir los ojos.