"El mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas...", así comienza "Animales de los espejos", uno de los textos de "El libro de los seres imaginarios", que Jorge Luis Borges escribió con la colaboración de Margarita Guerrero. Y este texto, que no ocupa más de una página, es en síntesis el argumento y la base de "El azogue", que acaba de publicar Interzona. Su autor, China Miéville, es un inglés nacido en 1972, que cuenta en su bibliografía con títulos que transitan por los géneros del terror, de la anticipación y del fantástico.
La novela (y el texto de Borges) cuentan sobre la invasión de los seres del espejo, sobre las artes mágicas del Emperador Amarillo, de la victoria sobre los invasores y el consecuente castigo de repetir los movimientos y los actos "de este lado".
"No los lazos ni los límites eran estables. Al comienzo, cuando no abundaba el reflejo, cada acontecimiento era un trauma y no teníamos estrategias. Dos o más espejos reunidos nos encadenaban sin fin, trabados en una pantomima idéntica, en túneles recurrentes...", confiesan los esclavos de la imagen.
La contundencia y la iluminación del texto de Borges pertenecen al reino de la poesía y del éxtasis. La novela de Miéville responde más bien a los terrenos del suspenso y de la intriga, la intriga de un universo que vertiginosamente tambalea con la posibilidad de fracturarse en infinitos universos, en infinitas imágenes, en infinitas dimensiones. "Si en Roma una mujer inclinaba un espejo, �el universo imago debía escorarse entero como un barco inestable? Si un hombre se paraba ante treinta ventanas, �era preciso someter a treinta imagos a la impotencia?", es el planteo que se presenta ante el imperialismo del azogue y la especularización de la tierra.