Toco y me voy
íLa señal!
Bueno está bien: ya incorporamos el celular a nuestras orejas y a nuestras vidas. Pero a veces se corta. A veces te quedás hablando solo. A veces no podés comunicarte. Dame pronto una señal.

Tiempo atrás nos hacía sonreír una publicidad sobre la parabólica humana: un usuario de celular que comenzaba a contorsionarse de manera insólita para no perder señal. Hoy la telefonía celular avanzó mucho, multiplicó la cantidad de aparatos y personas que lo usan, se metió con la anuencia de los padres cada vez más adentro de la tierna infancia (antes queríamos la número cinco o una bici, ahora tus pibes quieren el celular enseguida después del chupete) y le ganó la batalla hasta a los más resistentes: Gabi, por ejemplo, no quería celular, le escuchamos argumentaciones de lo más sesudas sobre la independencia y la autonomía y ahora baja ringtones como una experta.

Y hablando de victorias y derrotas, acá hay un clarísimo ejemplo de cómo funciona el consumo: te generaron la necesidad de algo que antes no tenías como necesario. De pronto, eso no sólo es necesario y útil, sino hasta indispensable.>

Uno de los problemas que tenían las empresas (y también los usuarios: después los problemas de las empresas son tus problemas, �sabías?) es el de la consolidación del servicio y la provisión de señales en los lugares más apartados. Todavía mi hermana, guardaparques en Chubut, no tiene señal de celular en el interior de Los Alerces. Pero a unos pocos kilómetros de ahí ya hay señal. Y más adelante, habrá también en medio de la selva, de la isla, debajo del agua o donde quieras o no quieras.>

Pero ahora, por tramos, en la ruta, en el campo, todavía la señal desaparece y te quedás hablándole a un aparatito como un idiota hasta que íhola! íhola! �Me escuchás? No, no te escucho. Vuelta a discar: no hay servicio, o sólo para emergencias o lo que fuera.>

En tu casa, resulta que también tenés lugares en los cuales no se escucha bien y del otro lado te empiezan a hablar un poquito en-tre-cor-ta-do y uno empieza a acomodar el aparato y la oreja, o sale al patio. Comienza entonces una serie de movimientos que nos retrotraen a la feliz época en que tenías uno o tres canales de tevé y una antena a la que había que reubicar hacia tal o cual lado para enganchar de nuevo la señal.>

En algunos pueblos, te dicen por ejemplo: si quiere hablar tiene que ponerse al lado de la tranquera, poste izquierdo y mirando para el este, ahí tiene señal. O al lado del cartel. O al costado del ombú. Son lugares precisos detectados a puro empírico ensayo-error. En esos casos hay señal selectiva, elitista, localizada, una puñalada más que una señal. No es la señal gruesa, homogénea, popular, masiva y democrática de las ciudades, donde la encontrás en cualquier sitio, atravesando paredes y conciencias...>

Cuando viajás, lo mismo: en algún momento, entre pueblo y pueblo, el celular te hace un ruidito de despedida y ya estás despreocupada y felizmente incomunicado. Cuando esa señal va y viene, tu celular te deja el marote abollado con el cuicú de la llegada y partida. Una especie de toco y me voy, los sopapos puestos por la tecnología aquí y allá, las cuchilladas de un loco...>

Así estamos ahora, tecnificados, señalados pero girando hacia ventanas o puertas en la creencia un poco fetichista de que ahí tendremos mejor señal que, por ejemplo, contra la pared. Y te encontrás con gente grande que parece estar en penitencia, contra el rincón, sólo porque ahí, parece, se escucha mejor. Tipos que se instalan en el baño y, en vez de leer o escribir carteles procaces y versitos escatológicos sobre la pintura y el pincel, eligen y exigen que en ese lugar sacrosanto también llegue la señal... Yo, por ejemplo, ahora no te escucho muy bien, pero si me corro un poquito para acá, a lo mejor vuelvo a encontrar la emblemática señal cruzando los cielos. �Ahora me escuchás bien?>

Texto: Néstor Fenoglio[email protected]