El desafío de la justicia social

La imagen de las mujeres misioneras aguardando en largas colas desde desde la madrugada por un módico aporte, o el festival de subsidios con que el gobernador Carlos Rovira coronó el cierre de la campaña electoral, pusieron el marco escenográfico para las denuncias de -entre otras cosas- clientelismo y manejo interesado de los fondos sociales que caracteriza al poder político.

Con algún matiz propio del estilo de cada mandatario, la escena es habitual en la mayor parte de los distritos del país, y así lo ha sido históricamente. Porque, más allá del momento que atraviese la economía argentina -en esa montaña rusa de ciclos positivos y negativos que los especialistas han dado en llamar stop and go, los pobres son muchos y están en todos lados.>

Pruebas al canto: pese al crecimiento récord de los números macroeconómicos, asistidos por buenos pronósticos bastante generalizados, no hay correlación entre esa recuperación y los niveles de pobreza e indigencia. De hecho, por más que el gobierno nacional exhiba con orgullo algunos indicadores, el cambio es muy inferior al que acusan otros países (por ejemplo, países fuertemente pauperizados como China e India) e incluso arroja términos peores en la relación entre ricos y pobres que la existente durante la década menemista.>

Mientras el gobierno sigue hablando de "salir del infierno" antes de arribar a una más eficaz distribución del ingreso -expresión equivalente al siempre postergado "derrame" que se prometía en los '90-, los economistas más críticos advierten que la crisis de 2001 fue una oportunidad histórica perdida para replantear la estructura tendiente a eso, y no ven en el actual gobierno una voluntad real de actuar al respecto.>

La mejor cara del capitalismo, que con tanto énfasis denuestan el presidente y su entorno -aunque su actuación no siempre se condiga con los hechos- es la que resulta de estimular al esfuerzo individual como vía de superación personal y a la conjunción de esos esfuerzos como motor del progreso de la comunidad. En tanto, la peor cara de un modelo que contempla a la intervención del Estado como garantía frente al avance de los más poderosos, es una fuerte estratificación social, contenida y congelada a través del asistencialismo y explotada con prácticas clientelares.>

También es cierto que buena parte de la sociedad argentina, por diversos motivos -algunos de cuño más reciente y otros no tanto- está acostumbrada a esperar la solución externa de sus problemas y se siente cómoda en ese esquema, aunque el mismo la condene a una subsistencia básica, apenas sustentada en la expectativa de una dádiva un poco mayor que la de costumbre. Pero corresponde a quienes ejercen el poder proveer las herramientas para romper esa lógica viciada y abrir el juego a una progresiva concientización, un juego que recupere los valores del trabajo y el esfuerzo propio de nuestra raigambre idiosincrática y habilite su desarrollo en un marco de igualdad de oportunidades. Que de eso, y no de lo otro, se trata en realidad la justicia social.>

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