Quien suscribe, Dr. Terence Feldman, integrante del equipo de Antropología de la Universidad de Nottingham, presenta las conclusiones sobre la observación de los modos de vida y costumbres de los habitantes del sur de la República Federativa del Brasil, a los 19 días del mes de setiembre de 1949. Se adjunta nota final.
Son exagerados, desmesurados, gritones. El abacaxi (ananá), el limao, la banana y otros frutos de indescriptible coloración se consumen y/o se combinan con cashasa y vodka, dando lugar a infusiones como la batida y la caipirinha. Desde Río Grande do Sul hasta Paraná y Santa Catarina, comen fritos y dulces alevosamente, a todas horas; el frango (pollo) y el arroz ocupan un lugar central en su dieta, lo mismo que la cerveza; no así la carne, que no es buena. Son despreocupados, relajados, desinhibidos. Diríase que las diarias celebraciones casi tribales en las que abundan el alcohol, la promiscuidad y la maconhia (marihuana) no se corresponden con el atroz subdesarrollo, la pobreza y el hacinamiento que los circunda. Pese a su aparente disimulo, afirmo que comprenden su desventura, sólo que han llegado a la conclusión de que, entre el lamento permanente y la celebración para acallar las penas, es conveniente escoger esta última. Así, privilegian el momento y viven cada noche como si no hubiese mañana.
Un vaho como de sal dispersa y perfume de frutos se yuxtapone con tabaco, alcohol y/o algún tipo de combustible, derivación del diésel, quizás, que se utiliza en fábricas e industrias. Durante largos meses, la temperatura apenas se modifica en torno de los 25 grados. Las lluvias aparecen súbitamente, descargan diluvios y se retiran, humedeciendo el oxígeno y dando a los sentidos una sensación de placidez y excitación. Una continuidad interminable de bahías caracteriza todo el entorno de la costa. Allí se forman playas, en todos los casos circundadas por montañas bajas reverdecidas que llaman morros. Éstas van marcando la traza amorfa de un mar azulísimo y cálido que discurre, según el viento y la constitución geográfica, entre fortísimas oleadas y mansos recodos similares a lagunas.
Todo el tiempo, en todos lados, resuenan tambores y troncos huecos. Cualquier forma de la materia es percutida por niños y mayores con destreza inverosímil. Cultivan, también, melancólicas melodías que, apenas audibles, cantan por lo general los mayores. Aun en sus ritmos más alegres o bailables, las letras relatan pérdidas y desgracias, casi como una contradicción. Tienen una palabra para ello: saudade, que nosotros podemos entender como nostalgia.
Estimados colegas: el Brasil no es abordable científicamente; podría decirles que éste es, esencialmente, un ritmo, una cadencia, una fonética; un modo de vida atravesado por la exacerbación de los sentidos. Sepan ahora que no regresaré a la gélida isla. El gigante es interminable: para cuando ustedes lean estos textos, me hallaré en camino del Centro y Norte. Dejo atrás a los "gaúchos", mi propio pasado, mi vida, para sumergirme en este tránsito de ocios y parajes y estallidos, que ustedes juzgarán desquiciado. He sido ganado por el clima, que ha contagiado a este flemático británico una inenarrable euforia. Sé que no extrañaré la ciencia.