¿Para qué sirve la cultura?

Los índices que señalan el nivel cultural de la Argentina son paradójicos. Por un lado, se remarca el constante crecimiento en la producción de bienes culturales, mientras por el otro cualquier simple constatación en el campo educativo o de la convivencia cotidiana patentiza que no dejamos de caer en la incivilidad.

Tomemos como ejemplo los índices de una de las industrias más sensibles del sismógrafo cultural de un país: la industria del libro. Según informes presentados en el VI Congreso Iberoamericano de Editores, a partir de 2003 la Argentina comenzó a salir del oscuro pozo en el que la había sumido la crisis de 2001. El año pasado se alcanzó una producción de cerca de 75 millones de ejemplares, la cifra más alta de los últimos veinte años. Los informes no dejan de señalar que, a pesar de este buen ritmo de crecimiento en la producción, los costos han aumentado por encima del alza de los precios, de manera que se ha reducido la rentabilidad. A lo que habría que sumar el resultado de las últimas encuestas, que revelan que el argentino medio no sólo no ha aumentado su "consumo" de libros leídos por año, sino que no ha recuperado el grado de lectura que poseía antes de la crisis.>

Secretarías de Cultura oficiales, fundaciones, asociaciones de artistas y de amigos de instituciones culturales, museos, talleres literarios, conservatorios, orquestas, coros, bibliotecas: la red tradicional de producción y difusión de hechos culturales permanece y resiste a embates no sólo económicos. La evidente degradación intelectual, moral y educativa que ha sufrido la ciudadanía argentina repercute de manera crucial sobre esta red de complejos culturales. Es el resultado, por una parte, de la crisis social y económica que el país viene sufriendo desde hace décadas; y, también, el resultado de una incapacidad de los responsables de la cultura (educadores, funcionarios de áreas culturales, comunicadores, artistas) para responder con nuevos métodos a los recientes procesos sociales. Que la pobreza implique necesariamente degradación cultural es una falacia, la misma falacia mecanicista que establece que la pobreza es la responsable de la violencia y la delincuencia. Desde luego que una pobreza alimentada con dádivas, demagogia, televisión chatarra, malos ejemplos y droga, está destinada a la barbarie. Una pobreza alimentada con principios morales, espirituales y estéticos de alto tenor, no puede elevarse sino sobre sí misma.>

Un sabio difusor de cultura entre los indigentes, anticipándose a las preguntas que oía repetidamente ("¿Para qué sirve aprender a leer y entender lo que se lee, o aprender a apreciar un cuadro de Miguel Ángel, un vals de Chopin, un film de Fellini?"), respondía: "Sirve para crecer en cultura, y la cultura es lo único que ningún hombre puede perder. Pueden quitarle o puede perder todo, pero la cultura que haya adquirido no podrá perderla ni podrán quitársela nunca". A esta sentencia podríamos sumar la de Virginia Woolf: "La cultura es la única arma que los seres humanos tenemos contra la pesadumbre de la muerte".>