María Flavia Catella (Desde Málaga)
-Nosotros tenemos mucho que contar... ¿Verdad, Domínguez?
Domínguez se acomoda en el respaldo de su silla, echando la espalda hacia atrás, sonríe y continúa con la atención fija en mí y en este acento argentino que tanto engalana con elogios y disfruta, mientras invertimos a sabiendas, en sus aventuras, minutos que robamos a nuestro trabajo.>
Malagueño de nacimiento, Domínguez tuvo que emigrar, como tantos otros, de la España de los '60 hacia otros países de una Europa joven que se forjaba con el sudor y el sacrificio de las iniciaciones.>
El pueblo español de entonces se quedaba sin una de las personas más maravillosas que he sido destinada a conocer en la vida.>
Eran épocas difíciles, ésas que nosotros sabemos bien que pueden existir.>
Sus padres se llevaron su juventud, para edificar un futuro distinto y fructífero para sus hijos y para sus propias vidas, a una sociedad alemana totalmente diferente a la que estaban acostumbrados. Lucharon con la sangre, con la esperanza y con las diferencias que, hoy, nos acercan en igualdad de condiciones.>
Cuando el camino se cerró en Alemania se abrió en Francia y una nueva vida se arriesgaron a emprender, con el miedo de las cosas que se hacen con el corazón ardiendo de inseguridades y de ilusiones, con la responsabilidad de cumplir con las vidas de todos y con la valentía inconciente que provoca la honestidad en los hombres buenos.>
Una audaz adolescencia, con giros de rebeldía y sueños, trajo a Domínguez de vuelta a su tierra y a su hermano, que, en sólo un año de infortunio, se quedó en el tiempo y que él, todavía hoy, llora en eternas preguntas sin respuestas.>
Ha arriesgado, ha sufrido, ha gritado, ha ganado y ha perdido, pero sabe que ha hecho lo que creía que estaba bien hacer, lo que era mejor, lo que le dictó su corazón. Como casi todos.>
Hoy camina orgulloso porque dedicó su vida para que sus hijos no tengan la de él. Se enorgullece de los sueños y del deber cumplido pero cierra las manos en un puño, impotente, cuando el corazón lo traiciona con los recuerdos de su madre que, al poco tiempo de pisar tierra española, se desvaneció en los andares del día y se fue en unas horas, sin soles ni pájaros, dejando, después de haber hecho tanto, tantas cosas por hacer. >
Hoy lo veo a Domínguez y un pellizco se me cierra en el corazón preguntándome si, tal vez, algún día, nuestro hijo decidirá, como él, regresar a la tierra que dejamos.>
Todo debe tener su explicación, en algún rincón, lejos de las razones lógicas del entendimiento y creo saberlo, porque el hecho de que él haya decidido volver es un regalo para nosotros, cada día.>
Sin duda, en un tiempo muy cercano, una jubilación temprana lo alejará de nuestro lado y se irá a casa, con nuestros abrazos, anécdotas y lágrimas. Se volcará a sus hobbies, a su familia y a sus recuerdos que, hoy, promediando las Fiestas, se convierten en suspiros ácidos de tristeza y resignación.>
Sólo me queda escucharlo, compartir sus nostalgias y a veces, como si realmente supiera cómo hacerlo, escribir algo.>
-La vida no siempre es justa pero hacemos lo que podemos. ¿Verdad, Domínguez? >
Y los ojos de mi jefe vuelven a llenarse de lágrimas.>