El desierto cuaresmal
 La enseñanza moral cristiana habla del pecado social. Bien puede la Cuaresma ahondar con énfasis en la responsabilidad histórica de los hombres con relación a las situaciones de pecado. En la foto: imagen de Jesucristo en la Iglesia de la Natividad, en Belén. Foto: Archivo El Litoral

Por María Teresa Rearte

"Conviértenos, oh Dios salvador nuestro". Esta plegaria de la Cuaresma nos orienta hacia el espíritu de este tiempo litúrgico como tiempo de salvación. En el cual somos llamados a abrir las puertas del corazón y de la vida a una situación nueva. Y a una fuerza que nos libera de los límites de la propia y particular individualidad, tanto como de la autorrealización como exaltación del ego. Y nos conduce a la realidad creyente de la Gracia.

Si Jesús no tuvo una vida privada, sino que la suya fue una obediente escucha de la voz del Espíritu, también para los bautizados la vida es hacerse partícipes de la obediencia del Hijo. No de la tiranía de los propios o ajenos intereses.>

Iniciada la Cuaresma, el Evangelio nos dice que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto (Lc. 4, 1). Otras veces, hemos escuchado hablar del desierto como lugar del silencio y la soledad. Allí donde la tensionada y ardua libertad humana necesita plantearse las cuestiones fundamentales de la vida. Claro que en el itinerario espiritual de los hombres amor y dolor, compañía y soledad, confianza y decepción, Cuaresma y Carnaval, peregrinación y murgas, conviven como un pluralista interrogante acerca de la versátil condición de lo humano y de las formas culturales.>

No obstante, es válido interrogarnos sobre las cosas más altas y nobles de la vida, aquellas que nos fascinan, aunque el querer y las decisiones oscilen entre el quiebre y la firmeza. También acerca de la llama de la fe que, pese a la tentación de volver atrás, al sinsabor de las incomprensiones, o la banalización de las cosas sagradas, perdura si somos capaces de entrar con Jesús en la silenciosa y áspera experiencia del desierto. De abrevar en la soledad y ser sensibles a aquella bienaventurada hambre de justicia predicada por el Señor en el Discurso del Monte (Mt. 5).>

Para percibirla necesitamos la verdad de la pobreza. Sin embargo, en una cultura mercantilista, en sociedades dinamizadas por el consumo, es arduo percibir el resplandor de las cosas pobres. De barro o paja. De madera sin lustre. De lo rústico y sencillo. Y se corre el riesgo de falsificar la vida y los propios juicios, confundiendo lo que somos con lo que tenemos.>

Pío XII decía en su momento que "el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado". La enseñanza moral cristiana habla del pecado social. Bien puede la Cuaresma ahondar con énfasis en la responsabilidad histórica de los hombres con relación a las situaciones de pecado, sin que todo quede limitado a examinarlo como una cuestión privada, que se resuelve con orientaciones individuales de la vida. O sólo referidas al quebrantamiento específico de un precepto. El ahistoricismo religioso y moral resulta, al fin, una venda que impide leer la historia. Y lleva a hacer de la fe un refugio, en medio de un mundo al que no le alcanzaría la salvación.>

Santa Catalina se refería con atinada profundidad a la importancia de "no salir nunca de la celda del conocimiento de Dios y de la celda del conocimiento de sí mismo". Con esta perspectiva, el tiempo cuaresmal nos propone una bendita soledad que haga posible el deseo de Dios.>

"Conviértenos, oh Dios salvador nuestro", decía al principio. Convertirse es ir detrás de Jesús. Hacerlo es descubrir que la vocación cristiana nos pone ante opciones fundamentales y actos de los cuales somos responsables. Esto es: autorrealizarse como dueño absoluto de sí, desde sí y para sí. O decidirse por la fe y el amor, en la seguridad de que la cultura del amor lo es también de la vida: "Quien quiera salvar su vida, la perderá. Y quien pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, �de qué le sirve al hombre ganar el mundo si arruina su vida...?" (Mc. 8, 35-36).>

El nudo de todo esto es estar realmente convencidos de la fe que decimos profesar. Dejar de correr detrás de los posicionamientos, la imagen, el culto de sí que, al final de cuentas, es idolatría.>

El desierto cuaresmal ayuda a comprender que el materialismo consumista del mundo actual no difiere mucho del antiguo politeísmo, aunque se reviste de formas nuevas, con anuncios en las calles de las ciudades, en las rutas del país, en lugares llenos de ídolos sonrientes, de dioses de tal o cual producto, tanto como de líderes del terror y la guerra, de la destrucción y la muerte, exhibiéndose por televisión.>

Los Padres del desierto enseñaban a volver al deseo ardiente de Dios. De modo similar, la oración cuaresmal llama a experimentar ese deseo.>