Señores directores: Muchos somos los que hablamos por todos aquellos que están obligados a callar. Hoy vuelve a ser ayer y, en este emotivo resentimiento que busca culpables, se aúnan miles de lágrimas que siembran la tierra que contiene a todos aquellos que nos dejaron, a aquellos que no vieron venir el infierno y lo vivieron con su propia sangre.
Esa mañana despertó normal, de trabajos, de niños, de desayunos y escuelas y terminó en una descomunal tumba que enterró almas y desenterró vergüenzas, que sepultó ilusiones y desencadenó odios compartidos.>
Una unánime sensación de desasosiego nos invadió, desde muy temprano, a todos los que hemos subido a esos trenes en alguna ocasión, a todos los que hemos estado, alguna vez, en Madrid; porque, en el cimbronazo de la sorpresa vimos, con temerosa perplejidad, que hubiésemos podido ser -los que quedamos atónitos frente al televisor esa mañana del 11 de marzo de 2004- algunos de los que morían, en ese momento, en las vías madrileñas. >
Hubiésemos podido ser todos.>
La ola de indignación e incertidumbre se contagió paralelamente a los hechos, mientras miles de manos solidarias se concentraban en las estaciones afectadas para arrastrar cuerpos fuera de los andenes, lejos de los despojos de los vagones, entre tanta masacre inesperada.>
Nosotros, mientras tanto, ofrecíamos nuestros minutos de emotivo silencio desde los trabajos, en las calles, tomados de las manos, a la misma hora, tratando de unificar sentimientos, asumir responsabilidades y subsanar el dolor con civismo y sincera fraternidad.>
Fue rápido y efectivo, con largas y dolorosas secuelas, y cada año se comparten los recuerdos en actos solemnes, con innumerables flores y cientos de velas encendidas, que poco mitigan tantos corazones dañados.>
Todos los países mastican sus vergüenzas.>
Todos los países esconden sus páginas más atroces y sus historias más escabrosas, sufriendo las consecuencias de sus errores.>
A todos nos toca, en definitiva, en cualquier parte del mundo, temer a la mediocridad, a la imbecilidad, a la cobardía y a la estupidez asesina.>
Ojalá Dios vea, sin embargo, que seguimos luchando. >
Ojalá Dios le dé fuerzas a tantas madres que hoy acarician las mantas de una cama vacía.>
Ojalá se apiade de los padres, de los esposos, de los hijos, de los compañeros, de todos aquellos que hoy abrazan una orfandad que no han elegido y que ha cambiado, impetuosamente, el sentido de sus vidas.>
Ojalá Dios se lleve a los muertos y sepa, con la verdad a gritos de tantas almas en llamas, que queremos seguir vivos.>
María Flavia Catella. Málaga, España.