En noviembre de 2004, tuve la fortuna de cubrir para este diario el III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se llevó a cabo en Rosario, en dos sedes: una, el remodelado teatro El Círculo; la otra, el Centro Cultural Parque de España, a orillas del río. Fue un suceso extraordinario que nos permitió, a los periodistas de habla hispana de muy diversos sitios del planeta, asistir a debates, conferencias, ponencias y exposiciones de altos gramáticos e integrantes de diversas asociaciones e institutos dedicados al estudio y a la defensa de la lengua; además, pudimos disfrutar (y tratar de aprender) de la presencia de grandes hombres y mujeres de las letras en español, como Tomás Eloy Martínez, Carlos Fuentes (que hizo un gran discurso de apertura), Mempo Giardinelli, Jorge Edwards, Abelardo Castillo, Ernesto Cardenal, Angélica Gorodischer, Héctor Tizón y tantos otros. Hubo dos momentos, empero, que todavía resuenan en la memoria colectiva de presentes y ausentes, y que especialmente tengo presentes al momento exacto de escribir esto.
El primero de ellos: el homenaje a Ernesto Sábato, en ese entonces de 93 años, llevado adelante nada menos que por el Nobel portugués 1998, José Saramago ("... el puñal Sábato, después de clavado, no se retiraba de la herida", dijo). Pero más especialmente, recuerdo el mediodía de apertura del Congreso, el 17 de noviembre. Ese día, Sábato llegó al teatro caminando dificultosamente por el empedrado rosarino, acompañado de su colaboradora Elvira González Fraga, portando un bastón. Pronto, una nube de fotógrafos y periodistas se le acercó, raudamente, no sin entender los hombres de prensa que se encontraban (que nos encontrábamos) ante una ardua tarea: en principio, disputarse un lugar en la puja desataba por acercarse al autor internacionalmente reconocido de "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador"; simultáneamente, el intento por no afectar la humanidad del consagrado novelista y ensayista, que se hallaba pasando un momento de salud que no era el mejor y, acaso por eso mismo, se mostraba reticente al diálogo. Con todo, sucedió algo extraño y bellísimo: a medida que la pequeña muchedumbre avanzaba, las preguntas de los periodistas y curiosos viraron a unos tímidos ígrande maestro! o ígracias maestro! que los mismos hombres de prensa ofrendaban al autor y que luego se transformaron en unos ígenio! o directamente ívamos maestro! y a los que se plegaron curiosos, viejos y jóvenes, empleados de los comercios que salían de sus negocios. La sorpresa de este cronista fue mayúscula cuando, acto seguido, la gente comenzó a arrimarse a diferentes balcones y, junto a otros que rodeaban la nube de fotógrafos que a su vez rodeaba a Sábado y su asistente, comenzaron a aplaudir espontáneamente y a gritar `vivas' al autor, como si se tratase de un famoso deportista o de un político encumbrado por las masas. Pequeño, delgadísimo, con sus clásicos lentes ahumados, el ex científico, que inició su carrera con "Uno y el universo" (1945) y "El túnel" (1948) apenas saludó, antes de ingresar en el Teatro.>
El segundo momento tuvo lugar días después, en la penúltima jornada, antes del cierre del mencionado congreso. Roberto Fontanarrosa era, en su carácter de crédito local y consagrado cuentista, el último de una larga lista de oradores entre los cuales descollaban Juan Luis Cebrián, del diario El País de Madrid y el narrador peruano Alfredo Bryce Etchenique. Sobre el final, el popular Negro tomó el micrófono y anunció, imperturbable, su tema de exposición: "Las malas palabras", dijo. Sin texto de soporte, ni siquiera con la ayuda de un árbol de ideas o apuntes, Fontanarrosa casi hace descomponer a todo el auditorio con su irónica y antiacadémica pero sagaz y más que interesante serie de observaciones sobre el uso y la "necesidad" de las malas palabras, exhortando a una "amnistía (hacia ellas). "Son irremplazables -dijo- .... no es lo mismo decir sonso que decir pelotudo", sostuvo el fanático "canalla" con su rostro inconmovible, ante la carcajada sostenida de todo el teatro y de la sala de periodistas, muchos de los cuales dejaron de escribir o dar sus reportes vía oral para seguir esa propuesta insólita. Ganaron fama en todo el mundo las fotografías de esa mesa, en las que se ve a sus compañeros de exposición colorados y con el rostro desencajado, mientras el popular "Negro", autor de "El mundo ha vivido equivocado", versaba sobre los efectos de la pronunciación caribeña de otras malas palabras y explicaba las consecuencias irremediables de ello. Amén de que no cumplía con los requisitos académicos, no se puede soslayar que aquella reflexión sobre el lenguaje no debe ser siempre, indefectiblemente, una severa y grave elocución que es potestad de unos y está vedada a otros.>