Toco y me voy
Otra sobre el otoño
Está bien, lo admito: todos los años escribo algo sobre el otoño. Pero dos cosas les voy a decir, mis chiquitos: la primera es que nunca se caen las mismas hojas. Y la otra cosa, no me acuerdo.

Hay algo de melancólico, de bucólico, de cólico en el otoño. Está toda esa cuestión de las hojas que se caen, de los árboles que se despojan (ípero para aletargar sus latidos y renacer con nuevos bríos en primavera!), de los días lluviosos, nublados, de la luz entre celajes. Pero también es cierto que en los últimos años se han corrido tanto las temperaturas que en pleno otoño hace calor, retoñan los árboles y las hojas se caen más para conformar el espíritu gregario de doña Marcia y las demás doñas del barrio, que para responder a un mandato estacional.

Esta desregulación de temperaturas confunde a los seres vivos: animales que no saben si peregrinar o hibernar (o no); plantas que no saben si tienen que largar flores o tirar sus hojas; gente que no sabe si hay que salir a barrer o no. Un caos.>

El cambio climático genera también un delicado trastorno barrial, pues si doña Marcia no sale con la escoba; y no sale doña Pepa y doña Rosa (o lo que es peor: salen a destiempo, alternativamente) no se produce ese contacto, ese toque mágico que es capaz de actualizar la información al instante, condenar de una sola vez a la vecina nueva, cuestionar la reiterada llegada tardía de don Pocho y otras cuestiones de ineludible resolución.>

El ritmo de la ciudad se apoya en el mango de esas escobas; una elección -y estamos en año electoral- puede resolverse también en la reunión tripartita matutina de las barredoras de hojas reales o supuestas; el mundo entero se mueve al compás de los trazos que las escobas y los escobillones dibujan en las veredas...>

Les decía que sacando los árboles cuyas hojas no se caen nunca ("perenkes", según mi hija), ahora los fresnos no saben cuando descartar sus hojas. Más que nunca, aparece toda la gama de posibilidades, desde el amarillo al ocre, desde el verde hasta las especies que conservan flores.>

Pero supongamos que se caen nomás algunas hojas indispensables para cumplir con el rito del barrido.>

Hay diferentes técnicas y estilos, como se sabe, desde las fóbicas que no pueden soportar que dos hojas se caigan sobre la vereda recién barrida (y en consecuencia hasta desatienden los deberes hogareños para salir una y otra vez a enmendar la "suciedad" provocada por una desatenta hoja tardía) y que pretenden caída programada; hasta las desaprensivas que desparrraman las hojas por cualquier parte, tirándoselas incluso a la vecina; o haciendo una parva aviesa cerca de la vereda contigua y estudiando el viento, para devolverle alguna gentileza (por ejemplo la incorrecta colocación de las bolsitas de basura) a la yegua de al lado, porque esa es una yegua, mirá.>

También tenés los prospectivos que no tienen empacho (bueno, depende de lo que comieran) en modificar la naturaleza; tal el caso de esos vecinos que salen en patota a sacar las hojas y hasta sacuden al pobre árbol y le pegan en las ramas para que más hojas caigan de una buena y única vez en el día. Gente así te apura el otoño, carajo. Después critican la manipulación genética.>

Y así estamos: las hojas se amontonan, la agencia noticiosa barrial funciona a pleno (yo pienso que el otoño es la estación de mayor proliferación de chismes, por lejos), y todo adquiere de a poco esa atmósfera y ese aspecto melancólico, bucólico y cólico (pará de tomar, que estás alchólico) que caracteriza a esta estación. Y entonces yo escribo otra sobre el otoño.>

Texto: Néstor Fenoglio - [email protected]