Anotaciones al margen
Confortablemente adormecido
Por Estanislao Giménez Corte - [email protected]

I

Yo me recuerdo, imberbe y flaquísimo, recostado en un sofá de colores, pasando uno tras otro los discos, extasiado. No podía explicar lo que sentía, en aquel entonces. Ahora lo intentaré. Así.

Infinidad de veces se ha declamado que, de las muchas magias que puede depararnos la música, la esencial es aquella que deviene de un fenómeno vinculado con una simulación de traslación, de viaje, de movilidad, que se experimenta por embrujo de una inspiración sonora, a menudo no explicable. Aunque harto dificultoso de definir, este costado emocional de la música, presente en los más variados registros, no encuentra su causa en los estilos, ni en las formaciones, ni en los instrumentos, sino en una suerte de hallazgo particular, único, por el que la melodía toca cierta fibra en quien la oye y, a razón de la exacerbación de algún costado de la memoria o la sensibilidad, afecta lo anímico.>

II

Aquel fenómeno, que puede situarse como un efecto de de arrastre de la obra artística (o de alteración del contexto), reconoce aristas varias, con hondas divergencias entre unas y otras. Una puede enunciarse como la pretensión de generar una impresión de evasión y escape, que se elabora a razón de una suerte de arte menor, efímero, de impacto. Otra entiende que la creación de un mundo paralelo, virtual, inexistente pero perfectamente imaginable, que es potestad de los grandes artistas, no ofrece un escape sino, más bien, la edificación de otra "realidad" -mejor, peor, más cruda, melancólica, asfixiante, atroz-, que aquella en la que vivimos.

Quizás porque me sumergí en su música a una edad en la que todo lo que nos sucede parece definitivo y todo es exagerado y categórico -la adolescencia-, tengo para mí que el ejemplo máximo de esa magia musical, en la segunda mitad del siglo XX, dentro de ciertos géneros populares, tiene un nombre: Pink Floyd.>

III

Yo me recuerdo, imberbe y fantasioso, dilatando tardes o noches de interminable escucha, proclive a una melancolía iniciática, absorbido por un sonido que generaba, casi literalmente, la internación en un universo rítmico lento, cadencioso, sin urgencias, y que ganaba espacio en uno, en la casa, de forma gradual e incontestable. Un efecto hipnótico, de absoluta entrega, sumía al oyente en un estado especial, hasta en lo físico, en virtud de un arte desgarrado, introspectivo, terrible, pero alucinante.

IV

Recuerdo, de lejos, mis esfuerzos ingentes por tratar de entender, y no poder hacerlo, el karma y la problemática existencial (esa palabra apareció después) del pobre Bob Geldof en la obra "The Wall", sentado inmóvil en su sillón, con la mirada extraviada. Una atmósfera intransferible de opresión y tristeza, seductora, a la vez de denuncia y de ira, ganaba a quien se dejase poseer y veía como ésta desembocaba en bellas melodías, insertadas a momentos decisivos entre climas grises y asfixiantes que, efectivamente, forjaban un mundo o universo floydiano del que no se podía, porque no se quería, escapar. Yo me recuerdo, atravesado por el entresueño al que arrastraba aquella música, dócil a ese embate, confortablemente adormecido, admirando en silencio al genio creador de todo ello, un tal Roger Waters.