La insustituible lectura

Días atrás la Subsecretaría de Industrias Culturales porteña organizó la primera edición de "La noche de las librerías", que al estilo de las exitosas -también entre nosotros- recorridas de museos, proponía una manera distinta y atractiva de conseguir la atención del gran público. Más allá de que en este caso puntual se buscó promover al sector librero, es decir que se trató de un fenómeno con un objetivo explícitamente comercial, las actividades paralelas que formaron parte de la propuesta -exposiciones, narraciones orales, representaciones- y el libro como personaje principal de "la movida" hicieron de la propuesta un hecho de neta y legítima divulgación cultural.

Recursos similares, como las ferias de libros, las lecturas públicas o los talleres literarios abiertos son algunas de las formas que los nuevos tiempos encontraron para manifestar la vigencia del hecho literario. Aunque los intelectuales más lúcidos vengan repitiendo y demostrando desde hace ya décadas el valor insustituible de la lectura en el mundo contemporáneo, una degradación general de las pautas pedagógicas y el deterioro de las condiciones económico-sociales de la Argentina han coadyuvado en una lamentable pérdida de los niveles de afición a la lectura, en un país que alguna vez se caracterizó por una clase media orgullosa de contar en cada casa con una biblioteca.>

El auge de los medios de comunicación electrónicos, con su más fácil y pasiva fruición, indudablemente han incidido en la desaprensión con que las generaciones más jóvenes abordaron al hecho literario. Inexplicablemente, la escuela -con las nobles excepciones del caso- se plegó, por demagogia o por ignorancia, a esta apatía. El resultado lo sufrimos hoy en escolares prácticamente ágrafos, en adolescentes ineptos para la comprensión de textos, en universitarios incapaces de razonar, incluso en dirigentes desprovistos de esa sensibilidad, dignidad y altura moral que -aunque no las garanticen- son el sustrato de los grandes libros que nos han legado los siglos.>

Según informa la Cámara del Libro, la industria editorial argentina elevó su producción en por lo menos un 10 por ciento en el número de ejemplares respecto de 2005, aumento que también se manifestó en una sustancial mejora de la calidad de las impresiones y de las exportaciones. Sin embargo, estas circunstancias propicias no se reflejan en una consecuente difusión masiva de los libros, cuyos costos resultan inaccesibles para el ingreso medio de un ciudadano argentino. Es verdad que hay otras maneras de conseguir material de lectura, pero es verdad también que esos otros medios, las bibliotecas públicas, por ejemplo, sufren también por su desactualización, su lejanía de los barrios más necesitados y de su obsoleta estructura de funcionamiento, con horarios y sedes a menudo en abierta discordia con la realidad actual. La compraventa de libros usados es una alternativa válida, aunque parcial, porque desde luego el material a disposición no siempre es el que se requiere. En cuestiones tan cruciales como éstas, donde está en juego "la educación del soberano", el Estado debe asumir su responsabilidad.>