ANOTACIONES AL MARGEN
Principio de asfixia

Noche primera

Digamos que el personaje despierta una mañana y se siente enfermo, agobiado, con rastros de una suerte de terror nocturno que no alcanza a definir ni a comprender. Digamos que pasa largos minutos inmóvil, quitándose de encima el peso pegajoso del cansancio, enormes lagañas de los ojos, y que perezosamente vuelve en sí, a la vigilia, tratando de recordar, a medida que se le aleja la nocturnidad, lo que sucedió en su descanso, que persiste nebuloso. Algo pasó. Intuye que es grave. Ansía que lo ocurrido se limitara a los territorios del dormir y que se le apareciera diáfano en su conciencia. No sucede. Digamos que le duelen el cuerpo, las extremidades; que se siente resacoso y golpeado como por mil puños, como si mil manos, mil años, le hubiesen caído encima. Digamos que lamenta que lo que fuere que vivió anoche -y vivió algo importante, y vivió algo atroz, en un sueño excepcionalmente real-, se le haya escurrido apenas él ha despertado.

Noche segunda

Digamos que la noche siguiente sucede algo similar, cuando no idéntico, y que el amanecer es similar, cuando no idéntico. Digamos que es igual su búsqueda por tratar de acordarse; la misma la imposibilidad por escrutar qué deviene desde el tortuoso entresueño; parecido el dolor en su pecho, en la garganta; copiada su desesperación, su afán de memoria, doblado de agotamiento.

Noche tercera

Digamos que, en el sueño de la tercera noche, el personaje comprende -con una nitidez extraordinaria y terrorífica- lo que ayer mismo se avecinaba como una amenaza y se difuminaba, indefinidamente, detrás de la madrugada. Digamos que él sabe que está soñando y que, en su sueño, lo están golpeando -pero ignora quiénes y por qué-; de modo que, aún con un enorme cansancio y una obscena sensación de asfixia, trata de despertar, porque desconoce qué sucedería en la vigilia si, como intuye que sucederá, lo matasen en el sueño. Hace, entonces, ingentes esfuerzos por escapar del sueño, de sus agresores, por huir, pero no le bastan sus fuerzas. Digamos que en ese momento, desesperado, se pregunta cómo es posible en él ese perfecto entendimiento de que está soñando y que lo están hiriendo y que el querría despertar pero desfallece. La mañana siguiente es otro. Entiende entonces que en su cuerpo se ha encarnado, quién sabrá por qué, una suerte de mediotiempo o frontera grisácea de lucidez y amnesia; que ha accedido a ella casi inmolándose, alterándose restos del sueño entre la vigilia y viceversa, en una confusión de temporalidades y estados de conciencia. Digamos que se pregunta cómo es posible que las magulladuras perduren en su espalda, permanezcan en su pecho, la mañana siguiente, y de dónde sacó fuerzas para huir de los matadores de su pesadilla -si es que huyó-, y si no será ahora, en sus sueños, un cadáver.

Estanislao Giménez Corte[email protected]