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Al Sr. Green (Pepe Soriano) y a Ross Gardiner (Jorge Schubert) los separan muchas cosas. El primero es un anciano que vive solo; conservador y rígido en sus convicciones, reniega de la tecnología, del contacto con el mundo, de los demás. El otro es un joven ejecutivo de una importante firma multinacional, simpático, amable, respetuoso. Un hecho fortuito los acerca: Gardiner "casi" atropella al anciano. Por conducir irresponsablemente, la jueza actuante en la causa lo "condena" a visitar a Green durante determinado tiempo, con el objeto de ayudarlo, llevarle provisiones, eventualmente hacerle compañía.
Los separan, también, dos lógicas, dos formas de entender el mundo. El anciano ha desconectado el teléfono, no lee su correspondencia y no sale de su departamento, desde la muerte de su esposa, Sara; el joven, tímidamente al comienzo, vigorosamente después, intenta rescatarlo de su inmovilidad, de su dejadez, e incluso pretende modificar su forma férrea (o necia) de concebir el mundo y las relaciones humanas.>
Algunas otras cosas los acercan: ambos son judíos; los dos sufren la soledad. Aquello, el dato sobre la religión, que es trascendental para Green -es ortodoxo y extremista- para Gardiner es, apenas, una cuestión menor. Con todo, la actitud del anciano, distante y beligerante al comienzo, da un vuelco notable desde ese conocimiento. Se muestra gustoso de las visitas semanales; recibe a Gardiner con cierto afecto impostado, únicamente por la religión que profesa.>
Pero aquello dura poco: para el quinto encuentro entre ambos (Gardiner siempre le lleva comida) el joven informa al viejo que es homosexual, que por eso nunca podrá "buscarse una buena esposa judía", a lo que lo incita el viejo. Allí el autor -Jeff Baron- traza un paralelismo que se expone con solvencia: los dos, finalmente, son (o fueron) perseguidos y discriminados. Lo fue Green por su condición de judío, 30, 40 ó 50 años atrás (pero a la vez él también discrimina a los no-judíos); lo es Gardiner ahora, por su elección sexual. Por suerte, la obra no cae en la moralina lacrimosa ni en la victimización exacerbada de un pueblo: los diálogos entre estos dos "opuestos", aunque con subterráneas coincidencias, están fuertemente marcados por el humor, en particular por los desopilantes intercambios en que a menudo se involucran los personajes, y especialmente por la "colisión" de las dos lógicas mencionadas.>
Lentamente, la ayuda de Gardiner trascenderá la adquisición de alimentos o el ordenamiento del departamento del viejo. A cada conversación el joven irá entendiendo la tristeza inconmensurable de Green por la muerte de su mujer; intentará que él acepte su orientación sexual; sabrá que tiene una hija y que, como ella se casó con un "no judío", él no volvió a hablarle y la considera "muerta". Esa decisión, inspirada en espantosos dogmas ultrarreligiosos, le ha impedido al viejo conocer a sus nietos, disfrutar de su hija, incluso informarle a ella que su madre ha muerto. Gardiner, lógicamente, tratará de convencerlo para que se contacte con ella y derribe las barreras mentales que le han sido impuestas desde siempre.>
La obra tiene un texto muy interesante y es asumida con un sólido trabajo de Schubert, que impecablemente da vida a un joven en busca de su propia identidad, con serios conflictos con su familia por su condición de gay, que encuentra en los diálogos con el anciano la posibilidad de ejecutar una catarsis propia.>
Merece un texto aparte el trabajo de Soriano. Tanto se ha dicho que ser actor es transfigurarse en otro que, bueno, aquí hay un ejemplo acabado de ese destino. Soriano, entonces, asume perfectamente el acento del viejo nacido en Rusia; trabaja impecablemente con su cuerpo (los problemas de desplazamiento, los temblores en las manos); da a su mirada un rictus de perplejidad y sorpresa frente a las ideas de su amigo; se quiebra y llora, y transmite ese dolor, al conocer una carta de su hija. Si el objeto del teatro es conmover al espectador, y ese objeto depende expresamente del texto y las facultades de los actores, en "Visitando al Sr. Green" hay una muestra dignísima y fascinante del alcance del milenario arte de las tablas. Si hasta emociona Soriano cuando, en el final, profiere con voz nerviosa el "íadelante!" con el que convida a su hija a ingresar a su modesto departamento, ése en el que todo sucede, incluso la redención de un viejo que había negado a su propia sangre.>
Estanislao Giménez Corte>