Al margen de la crónica
El honorable título de señor

Antes que ingeniero se es señor; como se es docto, antes que doctor. Lecciones como ésta debería dejar el comentado título impostado del... del... del..., de Juan Carlos Blumberg. Para colmo, todo lo que este señor ha podido argumentar en su favor es que se acostumbró a que se le diga "inyenieri" en las obras y que aceptó el trato porque ha completado unos cursos de capacitación.

Hoy, en términos políticos la pregunta es: perdido el título falso, ¿podrá sostener el de señor?>

Por donde se lo mire, el engaño es lamentable. Se ha desacreditado sola una figura pública que -más allá de sus posiciones muchas veces polémicas- encarnaba una queja social genuina por la inseguridad. En torno de su nombre y su terrible pérdida, no de su título, se reunieron miles de personas para expresar un reclamo más que justificado. Y hasta se cambiaron leyes citando al "ingeniero Blumberg" como fuente de justificación jurídica.>

Otra lectura posible -acaso una de las pocas que ofrece algún provecho por fuera del oficialismo que celebra- es que el triste episodio recuerda que existe en nuestra cultura cierta debilidad para con los títulos. En Argentina (se dice que en todo el mundo latino) el diploma se exhibe cual escudo nobiliario.>

"El Señor está en el cielo. A mí se me dice doctor", corregía con ínfulas a sus alumnos de Anatomía I, un médico y profesor universitario, que en realidad no tenía ningún doctorado.>

Otro ejemplo, pero de la TV: "- Dígame, licenciado...", decía Chespirito en su personaje de Napoleón y de inmediato el también loco Lucas lo interrumpía, y con vos dulce, cual piropo, le replicaba: "- Licenciado". "- íGracias!, ímuchas gracias!", se sonrojaba el genial Bolaños.>

"Mi hijo, el doctor", de Florencio Sánchez resumió ese orgullo, generalmente asociado al país que permitía una constante movilidad social, sobre la base del trabajo y la educación gratuita. Pero por cierto, aquel doctor era hijo de un verdadero señor.>