Marginados en la ciudad del Duce
Roma, 1938. Antonio (Picchio) y Gabriel (Fanego) bailan la rumba en la escenografía de un desvencijado edificio de departamentos de la Italia bajo el yugo de Mussolini, el día de la reunión del Duce con Hitler. Foto: MERCEDES PARDO

A no dudar que entre los trabajos más arduos del mundo artístico se encuentra el de reversionar un clásico. Ya en cine, ya en teatro, la recomposición de una obra de fama universal no implica sólo salir a mostrar un guión conocido con otros actores, directores, escenografías.

Esta práctica involucra, además, un riesgo infinitamente más complejo: el de compararse (y, a menudo, sucumbir) ante la versión original; el de someterse a los resortes del imaginario colectivo y a la impiedad del público en esta materia. Éste es el caso de "Un día muy particular", con las actuaciones de Ana María Picchio y Daniel Fanego, dirigidos por Manuel González Gil, en una puesta presentada el sábado en el CCP. Los memoriosos, los nostálgicos, los amantes del cine de autor, recordarán la obra original de Ettore Scola, "Una giornatta particolare" (1977), con memorables actuaciones de Marcello Mastroianni y de una hermosísima Sofía Loren. Se ha visto, sobre las tablas del recinto de calle Junín, una buena obra. Sólo que, indefectiblemente, el ejercicio comparativo se impone y genera unas ciertas lecturas. Aquí van algunas.

DOS SOLEDADES

"Un día..." narra la historia de dos personajes muy disímiles que se encuentran, se acercan, se rechazan, se acercan y se despiden, casualmente lo primero, como consecuencia de su soledad, el resto, el día de 1938 en que, en la Roma mussolineana de preguerra, la llegada de Hitler genera un notable furor popular. Es por ello que, en el complejo de departamentos de clase media baja en el que Antonia sobrevive a su marido y seis hijos, y Gabriel amontona libros, todos -menos los mencionados y la portera- se han marchado al desfile de honor a los dictadores, que es replicado por las radios y anunciado como la reunión cumbre de la historia de la ciudad a la que todos los caminos conducen.

Gabriel (Fanego) es antifascista, "subversivo" y con "conductas depravadas", según se lo ha definido. Ha sido echado de su trabajo de locutor por el régimen y recoge ese día sus cosas en la soledad de su departamento. Antonia (Picchio) es fascista fanática y admira al Duce, pero, aplastada por una existencia de pesadillescos trabajos domésticos, entabla vínculo con el sujeto "raro" del tercer piso.>

El problema de la puesta es, acaso, el trabajo de los matices. Así, por ejemplo, donde hubo un Mastroianni parco, serio, rígido, hay un Fanego amanerado, por demás, innecesariamente. Tal cuestión es esencial, ya que la tensión sexual y el juego de seducción amorosa se desarrollan perfectamente en la película hasta la confesión del hombre, pero justamente porque al momento el espectador no sospecha o no tiene la certeza de que el hombre es homosexual.>

En la obra de teatro, este aspecto central queda en parte anulado, ya que la gestualidad un tanto exagerada de Fanego deja poco lugar a la duda. A la vez, ella vive como una suerte de descanso emocional la partida de los integrantes de su familia y, lentamente, va descubriendo un marcado deseo por ese extraño que la atiende, la escucha (le presta libros, la invita a comer), la halaga. Entre ellos se da, entonces, una progresiva comunión, como consecuencia de las soledades que ambos padecen, y del deslumbramiento de Antonia, en tanto Gabriel es un hombre radicalmente diferente de su marido. Él se lo advierte tempranamente: "No soy el macho viril que esperás". Sin embargo, en esa jornada que él entiende nefasta -además de la visita del Führer, se adivina que él está por partir- su atracción supera las barreras de esa sociedad hiperconservadora, su propia elección sexual, los reparos de la mujer casada.>

"Fue hermoso", le dice ella, después. "Yo no sabía que era así", señala. Él asiente, pero remarca: "Esto no cambia nada". Ella insiste: "Con vos, yo existo". Llegada la noche, se separan. A él le avisan entonces que lo espera, abajo, la policía. Su gesto sombrío confirma que puede presuponerse que nada bueno va a sucederle.>

Estanislao Giménez Corte[email protected]