Al margen de la crónica
Solamente un lugar tranquilo

Carmen y Enrique quieren un lugar tranquilo donde vivir. Tranquilo y digno, sin los lujos que desconocen pero con algún mínimo confort. Una casa, para ser más precisos. No un corte de rancho, por si quedan dudas de sus pretensiones. Un lugar donde el frío no se cuele entre las chapas, donde el viento no los mantenga ateridos de noche, donde una estufa sirva para calentar las manos y el cuerpo, y no para sumar un riesgo a una vida ya bastante privada de certezas.

"Es que acá hace frío y no hay estufa ni carbón que pueda calentar esto", dijeron una de estas mañanas de llovizna, encerrados en la estructura que desde hace meses los tiene de involuntarios huéspedes junto a otras diez familias que aún no pudieron retornar a sus hogares, porque -en algunos casos- no hay adónde regresar.>

Los dos vienen de Barranquitas y desde allí trajeron sus escasas pertenencias, ahora transformadas en bultos que se amontonan en un rincón. Eso y un caballo que les servía para alguna changa, pero que desapareció en una de estas noches cerradas de invierno.>

Otra parte de la familia vive al lado: su hija y los seis chicos que se acurrucan en las camas esperando que mejoren las condiciones para salir al aire libre a jugar, con la ruta y su intenso tránsito de fondo.>

Enrique y Carmen tienen 72 y 73 años e integran el grupo que junto a otras diez familias, viven desde la última inundación en uno de los pabellones que todavía se erigen a la vera de la ruta 168.>

Confían en que nadie los va a desalojar porque así lo han dicho las propias autoridades, pero no se conforman con esa suerte. Mientras piden que los ocasionales visitantes -los medios, sobre todo- comprueben que adentro también hace frío, aseguran que no quieren vivir así, que la lona que colocaron en un intento por prolongar las paredes y frenar el viento no es suficiente y que, a esta altura de la vida, ya quieren tomarse un descanso. Y vivir tranquilos en una casa, no en un corte de rancho.>