La crónica de Ibiza comienza en Santa Fe. Un caluroso mediodía del mes de marzo pasado, husmeando los libros de una mesa de ofertas en búsqueda de uno de los tesoros que suelen encontrarse por allí, tropecé con "Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza: 1932-1933", de Vicente Valero, un ibicenco más poeta que ensayista. El libro es un hallazgo valioso, y un misterio saber qué hacía allí un libro editado en Barcelona, por Ediciones Península, en 2001, en cuya página cuatro consta que se prohíbe la exportación e importación para la venta fuera del ámbito de la Unión Europea; a veces pienso que algunas normas, como las de derechos de propiedad intelectual, no son para cumplirlas sino para saltárselas, puesto que limitan el desarrollo de quienes más necesitan desarrollarse.
Bien documentado y bien escrito, el libro es la crónica de las dos temporadas que Walter Benjamin pasó en Ibiza: primavera de 1932 y primavera y verano de 1933. Ibiza ya se perfilaba como destino de intelectuales, pintores y otros bohemios, y ya se consumía opio como cosa general. Y Walter Benjamin ya era un escritor más o menos conocido en su Alemania natal, pero la vida lo maltrataba y lo maltratarían aún más las autoridades españolas, francesas y alemanas. En Ibiza, escribió textos que hoy son inmortales, algunos los escribió bajo los efectos de las drogas: "Hachís en Marsella" se publicó en 1932, y se inspira en "Historia de una embriaguez de hachís", escrito antes de la época ibicenca; pero la mayoría de sus textos sobre la propia experiencia con el hachís, el opio y la mescalina no se publicarían hasta los años setenta. Las alucinaciones características de estas drogas son evidentes en algunos de sus artículos, en los que describe imágenes y colores como si fueran parte de la realidad, y no eran sino alucinaciones.>
Unos pocos años después, huyendo de la persecución nazi en Alemania y luego en Francia, intentó cruzar la frontera francoespañola, pero tropezó con la intransigencia de los guardianes franquistas, que le impedían la entrada. Incapaz de asumir otra situación extrema, completamente solo, en una habitación de hotel, en la localidad de Portbou, territorio español, se quitó la vida tomando una sobredosis de morfina, la noche del 26 de setiembre de 1940. Diez años después se publicaría por primera vez la versión completa de "Infancia en Berlín hacia 1900", un libro del cual Benjamin había publicado ocho capítulos estando en Ibiza: cinco en un periódico alemán, con un seudónimo; y los tres restantes en otro periódico alemán, uno de ellos bajo otro seudónimo y los dos últimos sin siquiera firmar. Al menos tres de estos ocho capítulos los escribió en Ibiza. Se valora este libro como uno de los mejores de este autor, y como uno de los más hermosos que se hayan escrito jamás sobre la infancia.>
Triste, sin duda, la vida de este intelectual alemán, y sorprendente, como sorprendente fue encontrarlo en una mesa de oferta de libros en Santa Fe, rodeado de otros libros de valor muy inferior. Estoy seguro de que hay más cosas en Santa Fe que esperan, rodeadas de otras de valor muy inferior. Y que hay personas que también esperan una oportunidad, aunque sea a precio de oferta, rodeadas de otras de valor muy inferior.>
Dos meses después, en mayo, estuve en Ibiza. Quizá debería escribir Eivissa, tal como se escribe en la lengua propia de la isla, una variedad del balear, que es un dialecto del catalán; el ibicenco me pareció una lengua áspera pero de sonoridad amplia y musical, parca de palabras pero rica en expresión; una lengua de finales ausentes como de ausentes son muchas eses intermedias y finales en el idioma de los argentinos. Pero el transeúnte que pasea por la ciudad de Ibiza, capital de la isla, no tiene tanta oportunidad de deleitarse escuchando conversaciones en ibicenco como de hacerlo con conversaciones en argentino. Y también, ahora sin tanto deleite, en inglés, en francés, en alemán, en italiano, por una parte; en el árabe del Magreb, por otra. Walter Benjamin no hablaba ibicenco, ni catalán, ni castellano; alguna vez se lamentó por ello. Escribía en alemán. Las dos temporadas que pasó en Ibiza fueron sobre todo de pobreza y soledad, pero hubo momentos felices.>
Me pareció una isla cosmopolita, heterogénea en virtud de sus habitantes pero homogénea en cuanto a lo que ofrece: algo que allí llaman diversión, y casi todo apunta a ese objetivo. Más que familias por las calles se ven parejas, de un sexo único o de dos; algunas se me antojaron desparejas por el color de la piel de sus integrantes, por el contenido del bolsillo o por las intensiones. Crisol de razas, dirían algunos; refugio para todos, dirían otros. Lo que se observa a primer golpe de vista es una gran diversidad: aquí ricos de escándalo, allí buscavidas oportunistas; nostálgicos que llegan tarde a los veinte años y veinteañeros desde hace veinte años; personas dispuestas a recoger las migas que caigan de las mesas y personas dispuestas a tirarlas. Isla de extraordinarias bellezas naturales, pero en avanzado estado de destrucción a causa de la especulación inmobiliaria, que lo destruye todo, que también invade Santa Fe, y le lastra el verdadero crecimiento. Algunas playas son magníficas, otras podrían corresponder a mil lugares. Mientras algunas se ven de un recato victoriano, otras se enorgullecen de un nudismo furioso, nostálgico a veces de unas carnes otrora firmes; otras veces deja sin aliento. De noche, las playas continúan vivas y activas, y aún sorprende ver lo que no ya debería sorprender.>
La ciudad de Ibiza atesora una historia que documentan las murallas que se yerguen sobre un peñón gigante, y se asoman a la mar mientras se estiran hacia el cielo y miran la ciudad desde arriba. Es una ciudad donde el que esnifa cocaína lo hace en público, aunque discreto. Hay rincones que huelen a orines, y bares y calles que huelen a porro, lugares donde la miseria del que duerme en la calle, y se consume, convive con las embarcaciones y los departamentos donde el lujo llega hasta la tontería. Ibiza se vanagloria de tener la discoteca más grande del mundo, y asegura que marca la tendencia universal en las demás; allí todo está permitido pero a la vez todo está previsto y calculado, la clave es llamar la atención, es buscar el límite, llegarse hasta él, y pasarlo. Una ciudad, en definitiva, donde lo más vanguardista se parece tanto a lo más decadente que cuesta entender la diferencia entre ambos, si es que la hay.>