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"Había una vez el átomo"

Es ya un conocimiento y un lugar común; cualquiera sabe que el universo y todo lo que contiene está hecho de átomos: "partículas discretas de materias separadas por vastas distancias en un absoluto vacío". En verdad, ya Lucrecio, en su "De Rerum Natura", unos 60 años a.C. había escrito: "Quizá, sin embargo, te estés tornando desconfiado de mis palabras, porque estos átomos míos no son visibles a los ojos. Considera, entonces, esta evidencia adicional de cuerpos cuya existencia debes reconocer aunque no puedan ser vistos".

Gabriel Gellon en "Había una vez el átomo" (subtitulado "O cómo los científicos imaginan lo invisible"), que publicó la Colección "Ciencia que ladra..." (Siglo XXI), se propone "brindar al alcance de todos esa evidencia que nos hace pensar, con total seguridad, que esa mesa, ese bloque de cemento y ese chorro de agua, a un nivel tremendamente diminuto, son de naturaleza discontinua, corpuscular, y que, en medio de los corpúsculos, no hay otra cosa que el más absoluto de los vacíos". También aclara que no se trata de un libro sobre la energía nuclear ni sobre la estructura interna del átomo. Lo que cuenta este libro, anuncia, "es cómo los científicos llegaron a convencerse de que los átomos realmente existen (no de qué están hechos), es decir, cómo la humanidad llegó a creer (o a establecer) que la materia está hecha de `paquetes' de materia con vacío entre medio". Un recorrido que llega hasta los principios del siglo XX, cuando ya la ciencia no tuvo dudas de la existencia de los átomos y empezó a preguntarse qué existía dentro de ellos. Podríamos decir, hasta 1905, cuando Albert Einstein publicó un texto que terminó por convencer definitivamente a los físicos escépticos de que los átomos realmente existían. Antes de que cualquier instrumento pudiera verificarlo, fueron la observación, la deducción y la fantasía las que llevaron a conocer lo misterioso.>