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Rolando Graña se ha especializado en las formas más visibles de la marginalidad, que pueden enumerarse sin un orden dictado por la razón, como si fueran variaciones de un mismo show: cárceles, villas, droga, prostitución, pibes chorros, bailanta y transexualidad. En la televisión argentina, estas problemáticas se afirmaron como un género en sí mismo desde 2001 cuando, al consolidarse la pobreza estructural, pudieron transformarse en un espectáculo destinado a una clase media que se fascina con las realidades infrahumanas locales, como si fueran documentales de Discovery sobre el hambre en el Africa subsahariana (1). Es la misma atracción que ejercen el rock chabón, la cumbia villera y los barrabravas del fútbol sobre jóvenes de otro status social que, en lugar de modificar la realidad, la disfrutan.
De la dramática ampliación de la brecha que separa a las clases sociales en la Argentina, surgieron una oferta de la industria del entretenimiento y un público que la demanda: se consume miseria humana. Tal vez se trata de un mecanismo de consolación, ya que lo bueno de la desigualdad consiste en que siempre hay otros que están peor, y Graña sabe encontrarlos.>
En la última entrega de "Crónicas extremas" se visitó la llamada Villa del Asma, un asentamiento del Partido de 3 de Febrero donde los niños ya nacen con afecciones respiratorias y los habitantes no se separan del broncodilatador en aerosol sin el cual no pueden sobrevivir. La humedad en sus precarias viviendas, muchas de ellas con agua en su interior, y el humo de la quema de basura de una cava cercana destruyen los pulmones de los pobladores, que, como reconocen, no tienen otra alternativa habitacional. "�Adónde voy a ir? Somos doce y vivimos de dos planes", declara una mujer que ya no sabe cómo sostener el techo de su vivienda.
Los chicos con pies descalzos, en un día frío, sumergidos en el agua podrida de la cava llena de basura, con la musicalización adecuada, son constituidos en "espectáculo", o sea en una manipulación sensiblera que se apropia del ánimo del espectador, que por momentos debe desviar la mirada ante tanta atrocidad. La exacerbación del testimonio anula la posibilidad de una distancia crítica entre las imágenes y la reflexión, ése es el efecto. En cierto momento, Rolando Graña evade el escenario inmediato para comentar que ese basural ilegal existe desde hace años, tantos como los que lleva Hugo Curto en la intendencia de 3 de Febrero, y se asoma fugazmente el rostro patibulario del funcionario que hoy adhiere al nuevo modelo de país, tanto como al anterior.>
Las búsquedas sensacionalistas de Graña, al menos, son de una honesta falta de escrúpulos y no se disfrazan con la poética artificiosa de Gastón Pauls en "Ser humano", que está a punto de volver a la pantalla con sus expediciones a otros mundos.>
La difusión del fenómeno de la marginalidad no provoca, mecánicamente, la indignación del espectador ante la injusticia social. En 1994 el Movimiento Los Sin Techo presentó un panel televisivo en el viejo Canal Familiar, para tratar el problema de la pobreza en Santa Fe. El sano propósito de los organizadores consistía en sensibilizar al público con imágenes de la vida en barrios periféricos, pero la reacción fue inversa: la mayoría de los llamados telefónicos culparon a los pobres de su pobreza, y los consideró "vagos que no querían trabajar".
También sería interesante evocar las corrientes que hacia los '60 y '70 sostenían la idea de un cine comprometido con la realidad social como instrumento de emancipación, en el cual la conciencia se transformaría mágicamente ante imágenes de los postergados. Aquel concepto oscilante entre la ingenuidad y el oportunismo hoy sufre una paradoja: sus consignas se encarnan en los testimonios televisivos de Rolando Graña.>