Muchos podrán decir con cierta autoridad que Santa Fe es una ciudad anfibia porque comparte el territorio con el agua. Mitad tierra firme, mitad agua, fenómeno evidente en épocas de creciente de uno de los tantos ríos que la rodean. Pues bien, está lejos de ser la única que presenta estas características en el mundo. Un caso fue el de Tenochtitlán, la remota capital azteca precolombina, cuyos habitantes inventaron las "chinampas" que son isletas artificiales construidas sobre un lago pantanoso (1).
En estos lugares no sólo construyeron viviendas sino que también cultivaron hortalizas y legumbres, que luego trasladaban a los mercados mediante canoas que navegaban por el laberinto de canales que rodeaban las "chinampas".
Como las ringleras de árboles, que originalmente fueron simples estacas que limitaban los vértices de las "chinampas" y que con el tiempo se transformaron en doseles vegetales, podemos imaginar la singular belleza del paisaje de los canales bajo el majestuoso túnel verde.
Con el tiempo, este ingenioso procedimiento fue olvidado cuando, por otras razones -como la guerra- se destruyera la delicada trama de canales diminutos típicos de Vietnam reemplazándolos, en el primer caso, por un relleno indiscriminado que creó no pocos conflictos hídricos en México y, en el segundo, por un nuevo sistema de comunicaciones terrestres que nada tenían que ver con las tradicionales formas de trasladarse.
En la actualidad, muchas ciudades, aun las más importantes, son las que permanecen con el incierto contacto del agua a la que, al contrario de los ejemplos anteriores, no le negaron ni destruyeron sus cauces, sino que lo fueron "domesticando", usando la imaginación y la tecnología.
Holanda, Netherlands, es un ejemplo de lo que decimos: buena parte de su territorio tiene cotas inferiores a las del fondo del mar; resulta un ejemplo de obras de drenaje y polderización, que existe merced a complejísimos sistemas de canales que tienen una extensión de 4.242 kilómetros y 1.000 de ríos navegables: el Rhin, el Mosa, el Escalda, el Maas, el Ijssel y el Amstel. Rotterdam, el principal puerto de Europa, es un prodigio de supervivencia en el delta peligroso del Rhin y el Mosa.
Pero esta manera de vivir no carece de riesgos: para conjurarlos se han construido formidables ingenios móviles que cierran el paso ante cualquier desborde hídrico. Por ejemplo, el brazo que mueve una de las partes de una esclusa, ha exigido el doble de la cantidad de acero que tiene la Torre Eiffel. Sin embargo, las ciudades holandesas como Estrasburgo o Brujas han logrado una bellísima asociación entre los infinitos canales, poblados de cisnes, patos, ansares y ramblas con árboles y gente observando el lento desplazamiento de las embarcaciones hacia los muelles.
Pero el espectáculo único y diferente es el de Venecia, la más famosa de las ciudades anfibias. Construida sobre una laguna que linda con el mar Adriático, los primeros habitantes se encontraron con unos pocos promontorios que sobresalían del espejo de agua.
Inmediatamente surge la comparación con los bajíos del oeste donde, en períodos de sequía, cuando no se amontona el agua pluvial que baja de la ciudad, aparecen algunos altozanos próximos a los reservorios, como los que debe haber visto el Exarca de Ravena en el tiempo remoto.
Y aquí es cuando comienza a volar la imaginación.
1) La zona oeste de la ciudad de Santa Fe es, en realidad, una laguna (una porción de lecho ganado al río Salado). Antiguamente era un chilcal.
2) A esa laguna convergen, por pendiente, las aguas pluviales de un gran sector de la ciudad. Se trata de un inmenso reservorio natural.
3) El confinamiento a que fuera sometida una porción de ese bajío o laguna ganado al río, merced a un terraplén -denominado "defensa"- resolvió un tema pero creó paralelamente otro tan apremiante como el anterior, pues confinó los caudales pluviales que confluyen en torrente.
4) En este caso, el último recurso posible es expulsar los excedentes de agua mediante bombas (del tipo aspirante - impelente). Es decir, la posible habitabilidad depende de medios mecánicos. Como se dijera antes, muchos países apelan a estos sistemas, pero lo hacen una vez que el fenómeno superó las soluciones naturales -cuando las cotas de nivel superan a las de épocas normales, etc.- y cuando ya no quedan alternativas. En todos los casos, primero se estudian las formas naturales de resolver el problema y, llegado el caso y superadas esas instancias, recién apelan a los recursos mecánicos.
Un antiguo aforismo chino dice: "Todo lo que le quitas al río, el agua te lo devolverá en inundaciones".
A diferencia de Venecia, Santa Fe despojó al río de una importante zona natural, porque los altozanos -elevaciones del fondo de la laguna- que en Venecia eran naturales aquí ni siquiera existían: todo era un plano inclinado propio del lecho de un río. La primera solución a la que se atina cuando se intentan habilitar lugares muy deprimidos topográficamente es producir un refulado hasta alcanzar las cotas no inundables.
La experiencia muestra que estos recursos son, más allá de su aparente sencillez, de inciertos resultados, sobre todo en el caso de Santa Fe en que el agua acomete desde distintos puntos al área en cuestión. Me refiero aquí a los desbordes del río, desde el este y, por el oeste, al alud hidráulico pluvial. Desde luego, este procedimiento debe ir acompañado por cañerías subterráneas de secciones considerables hasta los reservorios de equilibrio.
Quizá el sentido común indique una solución más sencilla y probablemente menos costosa. Si se tuviera que definir podría decirse que es salomónica, porque establece entre la tierra y el agua una equilibrada convivencia. Se respeta, dentro de lo posible, la estructura primaria del río y, al mismo tiempo, se permite una razonable localización urbana.
Los gráficos muestran la idea. Se trata de elevar por tramos (lo que nuestros isleños llaman "lomadas") sectores hasta alcanzar alturas no inundables. Normales a la traza de la defensa, estas "lomadas" artificiales se harán con material refulado del Salado y, en parte, profundizando algunos canales que desembocarán en los reservorios.
Desde luego el término "canales" resulta impropio, pues estas depresiones no serán otra cosa que suaves ondulaciones topográficas con pendientes no mayores del 15 por ciento.
Las partes más deprimidas de estas ondulaciones permitirán la evacuación del torrente pluvial en épocas de lluvias pero también, cuando esto no ocurra, serán lugares de esparcimiento.
Entre las ventajas se tiene que nunca estarán obturadas, dada la dimensión de su lecho. Las inundaciones no afectarán las viviendas. Pero será necesario tener algunas precauciones para evitar lo que sucediera el 2 de mayo de 2003 cuando, por imperio de las circunstancias, y cuando "... la cota de inundación dentro del recinto era de 16,80 a 16,90 metros mientras que fuera del recinto del río Salado tenía un nivel de 14,65 metros, o sea, desniveles superiores a los 2 metros..." se tuvo que abrir una brecha "para disminuir los niveles de agua dentro del recinto".
Una de estas precauciones será abrir pasos dotados de esclusas en las defensas y mar Argentino sin excluir, desde luego, los sistemas mecánicos -electrobombas- desde los reservorios hacia el Salado.
En síntesis, Venecia contaba con altozanos naturales, que la inmensa imaginación de los italianos convirtieron en una maravilla del mundo moderno. El costo de la "tierra" de Venecia es uno de los más altos del mundo, sino el más alto. Eso se logró transformando un grave problema hídrico, una laguna, un defecto geológico, en lo que es hoy.
Eso nos autoriza a volver al título, voluntariamente vago, de este artículo: ¿por qué no?
(*) Profesor honorario vitalicio de la Universidad Nacional del Litoral.
(1) Carli, César Luis, "Nuevos instrumentos para imaginar la arquitectura", Santa Fe, F. Yardin, 2004 (pág. 30 a 32).
Arq. César Carli (*)