La ciudad, la ciudad, la ciudad, un laberinto, una feria, una paleta multiforme de ruidos, de colisiones, de opacos lustres; un escenario tóxico, la ciudad, una deforme expansión de concreto que halla su forma, se desarma y apila, con desmadrada alevosía, coches, edificios, carteles, gente, gente que corre. La gente, la gente, la gente de la ciudad, una asfixiada horda de pasos apurados, raptos alucinados, miradas esquizoides, maldiciones, teléfonos, espera y tristeza; la tristeza, la tristeza, la tristeza de la gente de la ciudad, en las esquinas, en las paradas de micros, en la city, contagia los perfiles de los nativos, por calles de sombra que no asumen, nunca, el sol de mediodía, su diáfano resplandor.
Se arrastra, la ciudad, hacia el río inmóvil, al riacho ennegrecido; va la ciudad, a su propio colapso autoinfligido, se mueve, se hunde, la ciudad, en el cemento recalcitrante, en los pasadizos del subterráneo, en la basura, en el exotismo que encandila a los extranjeros. Implosiona sordamente, por exceso, por sobreabundancia, la ciudad, por la corrosión y las sobras de los expulsados que no la quieren dejar.
Brilla, seduce, maravilla, la ciudad; no tiene límites, no pueden contarse sus barrios; se ensancha, se disuelve, desaparece, entre descampados que continúan en apéndices, en asentamientos, en villas que la prolongan, la desgarran.
Asusta, intimida, coacciona, la ciudad; su contorno de cemento y vidrio no disimula la perturbada oscilación de sus criaturas, atormentadas por el humo y el viento, expuestas a la intemperie de avenidas interminables que no pueden ser cruzadas. Contagia, la ciudad, un sentimiento colectivo de cataclismo inminente y apuro nervioso por llegar y partir, todos los días, todo el tiempo de todos los días de toda la vida. Obliga a correr la ciudad; en pocos metros sus bastiones riquísimos se cortan por rieles putrefactos y desperdicios de descampado. Todas las razas, las clases, las castas, los guettos, yuxtapuestos, se copian una idéntica mirada triste, melancólica, nerviosa, insolente. Una mirada de gentes perdidas que corren, acaso para emular una hipotética huida. En unas esquinas París, en otras Ciudad del Este, la urbe abona el absurdo de lo exagerado y es, simultáneamente, Macondo y Argel, la reina del plata cercada por techos de chapa oxidada.
Todo es extremo en la ciudad: las luces de publicidad quitan el sueño de los vagabundos y recortan la delgadez de los chicos de la fuente. Todos gritan en la ciudad; los micros tapan sus voces, el viento se las lleva, el apuro.
Agota la ciudad, cansa; abarrota los ojos, tanto tiene. Hermosura y espanto, tiene. Al cruzarla, oblicuamente, el turista, de improviso, percibe una paz insólita. Después de escudriñar el semáforo, piensa el hombre de a pie: ésta sólo se debe a que sabe que esta noche se marcha. Todos están exhaustos, en la ciudad. Nadie duerme porque ella no duerme.