Luciano Homero Lauría (*) - Especial para El Litoral
Resulta una tarea nada sencilla para quien no está acostumbrado a estas cuestiones, intentar reflejar en algunos párrafos las vivencias recogidas durante estos primeros días en París, donde la VI Rugby World Cup nos convocó al igual que miles de fanáticos del deporte que tanto amamos, por lo que pienso resultaría más que conveniente ordenar este relato de acuerdo con la cronología de los hechos.
Junto a mi hermano Diego Francisco Lauría, mi tío Alejandro Paz y mi cuñado Jorge Bruno, el sábado a la noche nos dirigimos a la zona de la Tour Eiffel para ver el match de cuartos de final entre Nueva Zelanda y Francia, que obviamente concitó el interés de los franceses en forma prioritaria.
Les cuento que la "Ciudad Luz" se encuentra más iluminada que nunca, con el turismo a pleno y en especial, el del ámbito rugbístico, por razones más que obvias.
La que es mi segunda visita a la urbe del emperador Napoleón y de los impresionistas, me impactó aún más el movimiento de gente y la estructura organizativa montada en derredor del Mundial.
El sitio preparado para la ocasión fue frente a la torre, en el Trocadero, donde se instaló una carpa con todo el merchandasing de la RWC (remeras con cuello desde 40 euros, corbatas desde 35 y camisetas desde 45, por ejemplo); unas pantallas gigantes y mucha cerveza y comida.
Y por supuesto, gente de distintos lugares del planeta, convocados racionalmente por una misma pasión: el rugby. Lamentablemente, cuando llegamos, el sitio ya estaba colmado, por lo que nos dirigimos a un típico bar en una esquina parisina, donde fue dable observar el interés que la competición despierta, aun para quienes conocen poco de este deporte.
Antes, durante y en especial después de la proeza de Les Bleus ante los All Blacks, fuimos testigos de la pasión francesa; que bien puede considerarse como absolutamente lógica, viniendo de un pueblo que como la historia lo indica, mantiene intacta su dignidad.
Ejemplos sobran: desde la época del imperio con Luis XIV y la caída de Luis XVI a manos de la Revolución Francesa; los tiempos de hambruna, muerte y las guerras civiles, hasta el resurgimiento con Napoleón, su caída y el resurgir nuevamente tras el sometimiento provocado por el nazismo, hasta las épocas de Charles de Gaulle...
El rugby se aferró a ello y demostró lo que bien puede considerarse como algo similar, ya que cuando todo indicaba que los Coqs estaban "despedidos de su Mundial", resurgieron con un triunfo sensacional.
Fue realmente emocionante percibir desde los momentos posteriores al match, el nacionalismo bien entendido y el amor verdadero por su país que tienen todos los habitantes de esta emblemática ciudad, quienes tienen como ídolos a Sebastien Chabal y Frederic Michalac.
El domingo fuimos al Stade de France de Saint Denis bien temprano, ya que salimos después de ver por televisión el partido en el que Sudáfrica venció a Fiji, también por cuartos de final.
El Metro nos permitió arribar en apenas unos 10 minutos del centro de París...; movimientos que no hicieron más que ratificar que estábamos en el primer mundo. Todo luce impecable: la organización; la puesta en escena con un entorno espectacular en las adyacencias del estadio; el ingreso y el impactante escenario; lo que se suma al trato amable y servicial de los franceses.
Cómo no referirnos a los escoceses, que con sus típicas kills tomaban cerveza a más no poder, para luego saludarte, desearte suerte para el partido que venía, e invitarte a tomar con ellos.
Las primeras emociones fuertes llegaron cuando Los Pumas salieron al campo de juego para calentar. Inmediatamente me acordé de mis maestros en este deporte; del sacrificio que hacemos todos los que estamos en cada una de las instituciones del rugby argentino, para que esto progrese, eduque y salga adelante...
Para que el rugby argentino sea reconocido mundialmente... En resumidas cuentas, como dice la propaganda: "A la cancha salimos todos".
Pero claro, los jugadores del Seleccionado Argentino nos representan mucho más que bien y entienden mejor que nosotros y el público lo que deben hacer y no hacer. Su conducta dentro y fuera de la cancha es ejemplar; será quizás por su entrenador Marcelo Loffreda, que tiene la escuela de la obediencia y el respeto heredada del inolvidable Carlos Veco Villegas en el San Isidro Club.
Creo que vale contarles muy especialmente que al Himno Nacional lo cantamos con tanto orgullo, que fue imposible contener las lágrimas que quizás, imaginariamente, nos transmitían nuestros representantes formados allí abajo, en la tensa espera de la gran batalla.
Entonces no tuve más que agradecer a Dios porque me haya dado lo que considero una bendición de permitirme concurrir a este evento incomparable, que se coronó con una victoria tan merecida como sufrida ante el bravío equipo europeo.
Por último, como reflejo de lo que es el espíritu y comportamiento de lo que felizmente pudimos compartir, les cuento que vimos el partido junto a dos escoceses, quienes al verme llegar con la camiseta de CRAI, que repite los colores nacionales, me saludaron cordialmente y al terminar el match, me felicitaron.
(*) Ex rugbier y actual integrante del staff de coaches de CRAI