Culmina por estos días la semana de boicot al tomate que organizaron algunos consumidores y entidades que los defienden. Yo no estoy entre ellos (pero cuentan con mi adhesión plena), sencillamente porque empecé bastante antes que una semana a excluir el tomate de la dieta cotidiana. A esos precios, que se metan el tomate en la heladera (incluso en la parte de atrás de la heladera, para su mejor conservación), me dije y suspendí toda relación con esa fruta (o verdura: discutan ustedes).
Por supuesto, el tomate es uno de esos elementos que, de tan presentes, pueden en ausencia cambiar la vida de un hombre. Es como el porrón. Mientras se mantuvo la mítica y popular relación un porrón un peso, todos tranquilos y en paz, todos marchábamos a un porrón diario naturalmente. Incluso los indios porrones estaban contenidos y tranquilos. Cuando se alteró esa relación, todo cambió.
Con el tomate pasa lo mismo: hasta ahora, uno manoteaba tomates peritas o redondos sin mirar el precio, por cuanto se descontaba que -como la papa- eran alimentos baratos. Incluso he escuchado a muchos chef "protestar" por la dependencia tomatera que tenemos y por la falta de audacia para elaborar ensaladas o salsas que no estén determinadas por el tomate.
Ahora, con el tomate arriba de los diez pesos, hay profundas revoluciones -no sólo alimentarias- en marcha. Por ejemplo �con qué argumento comunicaremos a un carnívoro argentino típico las bondades del tomate, si un etéreo kilo está más caro que el asado mismo, carajo?
Antes, cuando te juntabas con los vagos y no sumabas ni tres monedas, pedíamos pizza de tomate, que era como decir: soy muy rasca, no tengo un mango, no me alcanza ni para el queso. El mozo te tiraba arriba de la mesa la pizza más barata de la carta y te descartaba al toque, disculpen el juego o jugo de palabras. Hoy, si pedís una pizza de tomate, el dueño del local en persona te cambia el mantel y te la trae como quien lleva un diamante en bruto.
Y la típica y rendidora ensalada mixta, la que se pedía de memoria para el también menú barato de milanesa y ensalada, hoy está en plena revisión. Antes de pedir fijáte el precio en la carta, por las dudas: podés llevarte una desagradable sorpresa a la hora de pagar.
La chunga, una oportunista con dotes ocasionales de vidente (también se puede decir: con evidentes y oportunas dotes ocasionales), tenía dos plantitas de tomate que mal cuidaba en el largo invierno. Ahora, en plena explosión del precio del tomate, se acordó de las plantas y fue anhelante queriendo cosechar ya los frutos de su previsión. Pero se encontró con que las hormigas, igual de oportunistas, se llevaron las hojas primero y la planta entera después. Informadas, las hormigas.
La chunga y el chungo (su marido más o menos ilegítimo) no se quedaron de brazos cruzados y siguieron el rastro hasta el mismísimo hormiguero, porque hoy hasta un medio tomate vale la pena. Y mientras, en su pequeña huerta, le apuntan a las papas, o al ajo o a algo que faltará en el futuro y que los va a llenar de plata.
Vos tenés a los verduleros dando explicaciones sobre estacionalidad, cambio climático (mah qué, vo me cambiaste el precio trevece en la semana, otra que el clima) y cocina alternativa, mientras no le sacan el ojo al antes despreciado cajón de tomates: el arrebato certero de siquiera dos tomates, puede si no cambiar el curso del mundo, por lo menos alterar la economía del comerciante.
Ya está: en breve, vamos a tener tomates hasta en los helados. Y no tendremos zapallitos o berenjenas o alguna otra cosa. Y eso es todo: nos vamos yendo, sintiendo el valor mismo de esta página, su peso específico: en ella se habla de tomate, están referidos, dibujados, en exposición. Una página así es importante y vale un montón. Mejor, tomátelas...