Un día, Rubén Guarnaschelli decidió partir rumbo a Viena. El objetivo era reencontrarse con su hija Nury, uno de los cornos destacados de la Filarmónica de Berlín y una de las mejores intérpretes de ese instrumento en el mundo.
Y allí partió, junto a su esposa. Con 80 años cumplidos, se llevaba consigo dos tesoros. Por un lado, una vasta trayectoria como director de coros. Por el otro, la secreta y postergada ilusión de despegarse un poco de la música para poder dedicar tiempo a su otra pasión, la pintura.
Pero, una vez allá, no faltó quien encendiera la mecha: "�Por qué no formás un coro, Rubén?", le dijo una amiga de su hija. Y las pinturas quedaron guardadas por un tiempo más en la maleta.
Hoy el Coro Eurolatinoamericano de Viena, con sus incipientes tres años y medio de vida, ya cosecha elogios en distintos lugares del mundo. "Un día, se me cruzó por la cabeza la loca idea de traer al grupo para acá. Quería que conocieran mi país", cuenta el director, que llevaba consigo las experiencias vividas con el coro Centro Ciudad de Rafaela y Polifónico Municipal de San Francisco, con los que había viajado varias veces a Europa.
"Ellos no creían que pudiéramos concretar este sueño", recuerda. Era sólo cuestión de esperar.
Los 40 años del coro de San Francisco y los 25 del grupo rafaelino sirvieron como excusa ineludible. Rubén los había dirigido durante 30 y 20 años, respectivamente. De los 38 integrantes, 22 dijeron sí a la idea de la gira. Setiembre fue el mes elegido.
El coro está formado en su mayoría por austríacos, pero hay también chilenos, uruguayos, venezolanos, mexicanos, ecuatorianos, guatemaltecos, colombianos. Y dos argentinos: uno de Buenos Aires y una chica de Santiago del Estero.
"La mixtura de todos esos acentos provoca algo especial. De todos modos, yo los hago cantar en santafesino -afirma el director-: lluvia es yuvia, murmullo es murmuyo".
El repertorio es heterogéneo. "Es que tengo que darles el gusto a todos: el chileno quiere una cueca; el uruguayo, un candombe. Y yo quisiera interpretar más temas argentinos", sostiene.
Los latinos que llegan al coro son, en general, jóvenes que emigraron por razones laborales. En el caso de los austríacos, la mayoría de ellos asiste porque están interesados en la música latinoamericana, o para reforzar el estudio del español.
La integración entre latinos y europeos "funciona muy bien", según el director.
"Las idiosincrasias son, por supuesto, diferentes. Pero la mayoría de los austríacos que van lo hacen porque están enamorados de nuestro carácter", explica.
La gira se sostuvo con el dinero de cada uno de ellos. "No fue poca plata: son todas personas de trabajo y estudiantes", explica Rubén, quien dirige ad honorem. El promedio de edad es de 34, 35 años. "Yo me excluyo, porque inclinaría demasiado la balanza", se ríe.
La gira comenzó en San Francisco, siguió en Rafaela y Santa Fe y terminó en Montevideo.
"Fue un éxito", no se cansa de repetir Rubén. La alegría de los coreutas por descubrir el río, la riqueza humana de la gente o la respuesta del público en cada concierto, es casi inexplicable. "Se fueron enloquecidos", resume.
En Santa Fe, el concierto culminó con una sorpresa: fuera de programa, la interpretación de "Danubio azul", con arreglos del propio Guarnaschelli, funcionó a modo de broche de oro.
"Fue muy difícil organizar todo. En San Francisco y Rafaela no tuve problemas, porque todos me conocen, pero en Santa Fe hubo que coordinar con la Municipalidad, hablar con funcionarios, etcétera. Fue un poco más dificultoso, porque hubo algunos problemas con la programación, el hotel, las condiciones", afirma.
La gira culminó en Montevideo. "Almorzábamos en una escuela pobrísima, a cinco kilómetros del centro. Los coreutas estaban muy impactados, pero a la vez contentos de poder ayudar. Eran más de 300 chicos: almorzamos con ellos y les cantamos. Fue muy emotivo", recuerda Rubén.
El concierto de Montevideo se hizo a beneficio de esa escuela. La ganancia económica fue de mil dólares. "Esas son las satisfacciones que uno se lleva de vuelta. Allá en Viena también hemos actuado a beneficio de Perú, por ejemplo. Nosotros no cobramos cachet. De hecho, en Santa Fe también ofrecimos hacer algo por el estilo, pero finalmente no se dio", sostiene.
Pocos días antes de partir, el maestro prepara en su cabeza las próximas presentaciones: el 5 de diciembre en la sede de de la Organización de Naciones Unidas y, el 11, en Viena. A mediados del año que viene irán a Italia, a participar de un festival de coros.
El grupo se reúne semanalmente en el Instituto Austríaco para América Latina.
"El primer día éramos cuatro. Pero allí mismo comenzamos a cantar algo", recuerda el director. De todos modos, el envión estuvo dado por una invitación del municipio de Viena, con motivo del Festival Coral de Navidad, que dura un mes y en el que participan 250 coros de todo el mundo.
"Recién llevábamos seis meses de vida. Nos llamaron, por el tipo de repertorio que hacíamos. Y fue muy lindo, porque quedaron enloquecidos. Aquí es común escuchar música de otras latitudes, por las olas inmigratorias del siglo XX. Pero allá esto es absolutamente novedoso", cuenta.
Hoy su preocupación pasa por ser equitativo: cada uno de los integrantes del coro quiere que se interpreten canciones de su país. Rosalinda, la venezolana, no se olvida de la promesa de cantar un "aguinaldo" (villancico de ese país). "Me entusiasma mucho la idea de difundir nuestra música. Así que los pinceles y pinturas deberán seguir esperando" se resigna el director, con una sonrisa.
Natalia Pandolfo