Si tuviéramos que atenernos exclusivamente al estado de desánimo general, y a la caída operada en la rentabilidad ganadera desde el 2005 a la fecha, tendríamos que pronosticar una caída del stock, después de varios años de crecimiento.
Los excelentes precios agrícolas y la política oficial, destinada a recordarles a los ganaderos todos los días que su papel es proveer carne "a los precios que puede pagar la gente", agregado a los desarreglos climáticos, tendrían que ser señales suficientes para inducir una salida de la actividad y una caída del stock.
Pero un porcentaje mayoritario de los "propietarios de ganado" no quiere salir de la actividad, sea porque compensan con incrementos en la productividad la reducción de los precios de la hacienda, o porque sencillamente viven de otra cosa, y hacen ganadería como distracción ("weekend-farmers"), por placer, o usan el ganado como reserva de valor.
Se trata de banqueros o economistas, de cirujanos o contratistas públicos, de abogados o dueños de concesionarios de autos, de políticos, de inversores extranjeros, de contratistas de obras públicas o de dueños de aeropuertos o medios de comunicación, de dueños de frigoríficos, de prepagas médicas, de cadenas de hoteles o transportistas, comerciantes, veterinarios o ejecutivos de multinacionales.
En los últimos 10 o 15 años una parte muy importante del stock ha ido a parar a manos de gente que no vive de las vacas, cuyos ingresos de la ganadería son una fracción menos de sus ingresos totales, y cuya conducta y motivación escapan al análisis tradicional.
Otro factor de peso, a la hora de explicar por qué no cae el stock ganadero ante estímulos tan negativos, es el hecho de que muchos productores agropecuarios son mixtos, y con las ganancias agrícolas (o del tambo) "subsidian" los mediocres ingresos ganaderos.
Hacen todavía ganadería para diversificar riesgos, o por vocación, o por razones impositivas, o porque sencillamente no saben dónde invertir los continuos excedentes agrícolas.
Entre los grandes proyectos ganaderos del norte del país son mayoría los correspondientes a importantes empresas ajenas al sector, o de grandes contratistas agrícolas, o de cadenas de estancias con agricultura en sus campos de la zona pampeana que no quieren salir de la actividad ganadera y están dispuestos a esperar varios años a que esta política ganadera cambie.
En lo que va de la década, el stock ganadero ha crecido sostenidamente, pese a un entorno muy desfavorable (aftosa, caos político, cierre de exportaciones, precios máximos, clima adverso).
Para el próximo recuento de hacienda se pronostica por enésima vez una caída en el stock, pero debe recordarse que una parte muy grande del stock está en manos de gente que no vive de la ganadería o no tiene en esta actividad su principal ingreso.
Hay un desánimo generalizado, pero en muchos persiste la vocación, en otros el resto financiero, y en todos la ilusión de que esta política irracional en algún momento se va a tener que revertir. El negocio, fuera de las erradas políticas oficiales, goza de salud en todas sus variables fundamentales.
Ignacio Iriarte. Analista del mercado ganadero y de carnes