Rogelio Alaniz
La condena del cura Von Wernich no me provoca alegría. No creo que la palabra "alegría" sea la más adecuada para expresar la satisfacción por un acto de justicia. Los delitos imputados a Von Wernich son muy graves, provocaron mucho dolor y mucha muerte como para festejar su condena como quien festeja un gol.
Además, nunca la condena de un hombre, incluso la de un asesino o un psicópata, puede provocarme un sentimiento de felicidad. No creo en la venganza, creo en la justicia. No creo, como seguramente creía Von Wernich, en la redención a través de la sangre. Todo me separa del cura que acaba de ser condenado, menos el reconocimiento de que los dos pertenecemos a la condición humana. Que él haya olvidado estas nociones básicas del Evangelio no justifica que yo también las olvide.
El tribunal que juzgó al sacerdote confesor de Camps dictó su veredicto después de escuchar a unos cincuenta testigos durante veinte audiencias. El acusado dispuso de un defensor y él mismo tuvo la oportunidad de hablarle a la audiencia y dar a conocer su punto de vista. Digamos que Von Wernich dispuso de las garantías y los derechos que él les negó a sus víctimas.
Está bien que así sea. No creo en la lógica de quien cree que está justificado torturar al torturador. Tampoco en la sinceridad de quienes festejan la condena a un verdugo de derecha, pero callan o defienden los atropellos que en otras latitudes practican los verdugos de izquierda con sus víctimas. La ética de los derechos humanos enseña que no hay torturadores buenos y torturadores malos; asesinos justos y asesinos injustos. Mi verdad está despojada de adjetivos: sólo hay torturadores y asesinos.
Entre la democracia y la dictadura las diferencias éticas son absolutas. La dictadura militar buscaba su verdad en los centros de detención clandestina; la democracia la busca en los tribunales. El fundamento moral de la dictadura es la muerte; el de la democracia, la vida. Un demócrata supone que los hombres son iguales en dignidad; un dictador cree -como lo cree Von Wernich- que es lícito torturar a un negrito, pero hay que pensarlo dos veces antes de torturar a un periodista.
Von Wernich responde por sus delitos como persona. El derecho penal moderno no condena profesiones, ni razas, ni identidades religiosas. El no va a la cárcel por su condición de sacerdote, sino por su condición de asesino. No está juzgado por su fe, sino por algo mucho más concreto y palpable: 6 homicidios, 31 casos de torturas y 42 privaciones ilegítimas de la libertad. Por esos crímenes deberá responder, en primer lugar, ante la justicia de los hombres. Y si la justicia de Dios es la que se desprende del Evangelio, allí también deberá rendir cuentas.
El abogado de Von Wernich admitió que en la Argentina existió el terrorismo de Estado y los apremios legales. Es un buen punto de partida para empezar a razonar juntos. Después dijo que el juicio estaba viciado como lo estuvo en su momento el de Nüremberg. Interesante argumento, aunque desde el punto de vista jurídico no sé a quién le puede interesar que la estrategia de la defensa intente probar la inocencia del defendido colocándolo al lado de Goering y Goebbels.
Cuando Eichmann fue juzgado en Israel, su principal argumento defensivo fue el de la obediencia debida. Para el capo nazi, la muerte de millones de judíos estaba justificada porque él sólo se había limitado a cumplir órdenes. No era la primera vez que se recurría al principio de obediencia debida como coartada moral. Los argentinos sabemos que tampoco fue la última.
A favor de Von Wernich habría que decir que no intentó aferrarse a ese argumento. Sus palabras en el tribunal fueron muy claras por lo que dijo y por lo que omitió. Inútil hallar en su discurso una señal de arrepentimiento o de culpa. Sus convicciones son tan íntegras -tan integristas diría- que tampoco se dignó a discutir la condena con los jueces. Como en el poema de Borges, para Von Wernich los jueces no son el Juez. La ley de los hombres para este cura no existe o no vale; importa otra ley a la cual él rinde cuentas o, para ser más preciso, a la cual él acata y en su nombre hizo lo que hizo.
Católicos integristas le reprochan a la Iglesia dejar solo a su pastor. La verdad es que lo han dejado solo. La fe auténtica y algunas cuotas de oportunismo se han dado la mano para alentar una soledad que desconoce de los calvarios, de las culpas y los remordimientos. Yo también creo que está solo, pero su soledad no es la del místico, es la del psicópata.
No todos los sacerdotes piensan como este cura; pero seríamos injustos con él si desconociéramos su identidad religiosa. Von Wernich paga por sus delitos como persona y no como religioso, pero no podemos perder de vista que a sus crímenes los cometió ejerciendo su profesión de capellán. �Se apartó del Evangelio y las verdades de la Iglesia al decidir ser el confesor de Camps?, �se apartó del Evangelio al ponerse del lado de los verdugos y en algún momento cambiar la sotana por el uniforme?
Conozco a muchos católicos que consideran que Von Wernich debe ser condenado por la Iglesia e, incluso, excomulgado. Pero también conozco a más de un católico que considera que este sacerdote cumplió con su deber y que si algún error cometió fue porque no le dejaron alternativa. �Es así? Sin duda que existe una teología que justifica los actos de Von Wernich y que encuentra en la alianza de la cruz y la espada su razón de ser evangélica; también es cierto que hubo obispos como Bonamín, Plaza, Tortolo, Ogneñovich, que no sólo justificaron la guerra sucia, sino que arengaron a los militares para que cumplieran con tan singular deber cristiano.
Von Wernich no es toda la Iglesia Católica, pero tampoco fue un llanero solitario. El eligió ser lo que fue, pero esa elección la hizo en el interior de la Iglesia en la que creía y seguramente sigue creyendo. Hace rato que en la Iglesia se discuten los riesgos de las relaciones con el poder. Desde un tiempo a esta parte hay interesantes debates acerca de la utilidad, para la misión de la Iglesia, de las capellanías castrenses. Habría sido deseable que este debate se hubiese planteado hace treinta años, cuando era más que evidente que el rol de los capellanes no era asistir a las víctimas sino darle apoyo espiritual a los verdugos. �Hubo alguna excepción? Es probable, pero yo no la conozco.
Sé de muchos sacerdotes y obispos que han tenido ante la dictadura militar un comportamiento digno, evangélico. He hablado con Jaime de Nevares, y he recibido la asistencia de Zazpe que nos visitaba a los presos políticos no para delatarnos ni para condenarnos, sino para acompañarnos, darnos consuelo y esperanza, incluso sabiendo que muchos no éramos creyentes.
Entre la iglesia de Zazpe y la de Von Wernich hay un abismo. En principio, la Iglesia Católica ha tomado distancia de este hombre. �Alcanza? La pregunta en todo caso habría que formularla en otros términos: �A Von Wernich lo juzga la Iglesia como expresión del Espíritu Santo o lo juzga la institución comprometida con el poder?
No me compete a mí contestar a este interrogante, pero el mes pasado la revista católica Criterio, refiriéndose a Von Wernich, se preguntaba en su editorial qué decisión tomaría la jerarquía eclesiástica si supiera que en una clínica clandestina dedicada a practicar abortos un sacerdote asistiera espiritualmente a los médicos aborteros?