Es cierto que un debut siempre es un debut. Y eso, por naturaleza, renueva la ilusión y activa el hormigueo de los hinchas por ver a la Selección Argentina. Además: ¿cómo no llenar una cancha con capacidad para 50.000 personas si el partido se juega en el corazón de un anillo con 15 millones de tipos?
Pero el clima de fiesta pareció venir de otro lado. No porque el fútbol no lo genere, pero sí porque el foco de este fin de semana está puesto en otro lado. Veremos el lunes las mediciones de rating de un juego (fútbol) y el otro (rugby) para comprobar con los números las sensaciones.
Pareció que la actuación heroica de Los Pumas empezó a contagiar al fútbol en la parte escénica. Y también eso se vio en la cancha, porque más allá de las cuestiones futbolísticas, no se vio a ningún jugador en estado de levedad o hibridez adentro de la cancha.
Y así como hubo un Contagio Puma en el entorno, también se vivió lo mismo adentro. Porque ganamos con dos tiros a los palos de Riquelme. Como cuando los viejos Pumas se apoyaban, casi siempre, en Hugo Porta: 21 a 12 a Sudáfrica en el "82 con el nombre de Sudamérica XV y 21-21 con All Blacks en la misma generación de rugbiers.
Lo mismo se podría decir de la pegada actual de Juan Martín Hernández, sobrino de Patricio Hernández, aquel "10" exquisito de los "80 en el fútbol argentino. En tiempos de Contagio Puma, alcanzó y sobró con dos patadas de Riquelme a los palos. Demasiado para Chile.