Varios medios de comunicación nacionales rescataron en los últimos días lo que consideran el éxito del denominado "boicot a los tomates". Es probable que el fenómeno de la retracción en el precio del fruto se deba también a cuestiones estacionales y de mercado; sin embargo, el hecho invita a la reflexión sobre el rol de los consumidores en el proceso de inestabilidad de los precios.
Una de las causas elementales de la inflación se verifica cuando la demanda supera a la oferta y presiona por tanto al alza de los precios. El dato distintivo del boicot es haber aportado conductas sociales coordinadas para descomprimir la presión de la demanda, aun cuando la oferta es escasa. Ello evitó la convalidación de un aumento desproporcionado de un producto en particular; pero, en especial, desalentó un elemento que, si se suma a la espiral inflacionaria, potencia una sinergia negativa y de gran poder destructivo.
Una primera observación del hecho permite concluir que esta herramienta social -la organización de la demanda- es efectiva, aunque poco habitual. Es cierto que esto significa resignar un dato de la calidad de vida -en este caso, el acceso a un fruto emblemático de la canasta alimentaria-, pero más cierto aún es que el bien procurado por vía de la acción cívica es muy superior al costo que ha tenido.
Víctima de su propia arquitectura clientelar del poder, el gobierno es poco propenso a convocar a la acción cívica para combatir el problema de los precios. La inflación es un aliado del que reparte a expensas de la necesidad; el gobierno no sólo no pide a la sociedad resignar algunas cuestiones para obtener un bien superior, sino que, además, pretende insistir en mecanismos como el control de precios, que tanto en la historia como en el presente dan resultados negativos.
Sin embargo, la anomia cívica no es responsabilidad exclusiva del gobernante, sino, ante todo, una debilidad cultural de la sociedad argentina. Si el asado barato alimenta excesos que afectan la salud de los argentinos, si las panzas llenas de carne promueven la ilusión de saciedad que tracciona votos a costo de la pérdida de mercados externos y divisas para el país, entonces hay un importante nivel de convalidación social a cierto grado de irracionalidad gubernamental.
La acción cívica implica no sólo una conciencia individual con capacidad de reflexión, sino, además, una conciencia social de la existencia de la "ciudad", que en este caso es la sociedad. La acción de gobierno es relevante en este escenario, pero la República exige conciencias activas y responsables. Y el caso de los tomates es un ejemplo simple y claro del poder de la gente cuando adopta decisiones coherentes y convenientes al conjunto y a los individuos.
No es posible crecer sin invertir; la concesión no es resignación ni pérdida cuando el aporte es inteligente y coordinado para procurar un beneficio superior. La acción cívica es un valor debilitado, pero sirve de mucho, más allá del precio del tomate.