"Imperio", de David Linch
En los límites
Foto: AFP. 

Tras "Terciopelo azul" y "Twin Peaks", Lynch construye en "Imperio" una narración en la que muestra a una actriz que asume distintas personificaciones en un drama con aristas existenciales en el que priman el adulterio y la muerte. Eso es sólo el principio de una historia desbocada, en la que el director experimenta con el cine electrónico. Actúan Laura Dern -su actriz fetiche-, Justin Theroux y Jeremy Irons.

David Lynch es un realizador que ha inventado un estilo propio extremadamente original, pero que al repetirlo insistentemente en cada filme, y por sus características, se está volviendo prácticamente un cliché de sí mismo. Y no sería raro, tratándose de Lynch, que esto mismo fuera ex profeso.

Es legítimo pensar así si se observa que si bien en un principio parecía estar interesado en los mecanismos propios de la mente, casi a la manera surrealista, sin las censuras de la razón, sin la lógica de la objetividad, indagando en el inconsciente y en el mundo onírico, ahora todo eso está cada vez más imbricado en un planteo que tiene que ver con el mundo de la imagen y del sonido. El cine, la fotografía, la música y la gente que se mueve en esos escenarios. �Qué ha quedado de la psiquis humana tal como la conocíamos antes de toda esta invasión?, parece insinuar.

A Lynch le gusta, aparentemente, por sobre todas las cosas, experimentar. En esta última película, traducida como "Imperio" -pero que en realidad su título original refiere al imperio interior (Inland Empire), a la tierra adentro-, para acceder a ese territorio lábil, confuso y sin reglas que se encuentra en lo profundo de la psiquis, necesita exasperar las manifestaciones formales al alcance de los sentidos. Los soportes a través de los cuales aquel mundo interior profundo y desconocido se puede hacer de alguna manera inteligible, si cabe la expresión.

A Lynch le gusta llevar esta experiencia al extremo, en eso se parece a los surrealistas, que pretendían abolir el corsé de la razón y llegar a la libre expresión del inconsciente tal como es.

En esta ocasión, hilvana un par de anécdotas: una actriz (Laura Dern) está por filmar una nueva película cuyo director (Jeremy Irons), a poco de comenzar a rodar, le confiesa que el guión es una remake de una película polaca que debió suspenderse por el asesinato de sus protagonistas en circunstancias sumamente confusas, lo que lo hace portador de una suerte de maldición (maldición gitana). Supuestamente la pareja que debía interpretar a los personajes del filme polaco vivía un romance en la vida real y el marido de ella, celoso, provocó el desastre.

Se trata de un juego de ficción dentro de la ficción.

A partir de esta revelación, la actriz que está por filmar la remake en Hollywood empieza a deslizarse también por un terreno de confusión en el que todos los niveles de �realidad? se entremezclan permanentemente.

La película tiene además otros personajes ubicados en otras circunstancias y escenarios, y cada uno vive su propia historia, también a la manera lynchiana, por supuesto: sin lógica aparente. Y todas las historias se entrecruzan de algún modo, confluyen en algún punto, como si se tratara de universos paralelos que a veces, vaya a saber por qué, se rozan.

�Cuestionamientos a la industria devoradora de pensamientos y de emociones? �A la sexualidad y la violencia como espectáculo y como negocio? �Al sinsentido de la vida y de la muerte en un mundo altamente mediatizado? �A la falta de límites?

�O solamente un juego, un divertimento?

No queda claro. No es la intención tampoco buscar claridad en ningún aspecto.

El filme abunda, eso sí, en guiños y ticks autorreferenciales, que a los adeptos al cine de Lynch les fascina descifrar.

Pero tres horas para decir siempre lo mismo de manera tan retorcida parece ya demasiado.

Laura Osti